La consolidación de ARTBO evidencia el centralismo del arte en Colombia

El retorno de la principal feria de arte del país después del parón por la pandemia ubica a Bogotá en el circuito artístico latinoamericano de élite, mientras el resto del país lucha por desarrollar su propio mercado

Visitantes recorren la Feria Internacional de Arte de Bogotá, (ARTBO), en Bogotá, el 26 de octubre de 2022.
Visitantes recorren la Feria Internacional de Arte de Bogotá, (ARTBO), en Bogotá, el 26 de octubre de 2022.Carlos Ortega (EFE)

Coleccionistas, galeristas, curadores y curiosos llegan desde toda América Latina -y más allá- a Corferias, el recinto ferial de la capital colombiana. Por primera vez desde 2019, y hasta este domingo, allí se celebra la feria internacional de arte de la ciudad, ARTBO. Los que acuden señalan que, entre las obras de más de 300 artistas, confluyen sensaciones de alegría por el retorno físico del evento tras un par de ediciones virtuales que, aunque exitosas, no se pueden comparar. Pero sobre todo reiteran que, por la calidad y variedad de la muestra, así como el perfil de los visitantes, Bogotá es una parada obligada en el mapa artístico de élite en la región, como São Paulo, Buenos Aires o Ciudad de México. Sin embargo, a la par que la capital cementa ese lugar entre las tradicionales mecas del arte latinoamericano, la escena en el resto del país lucha por crecer.

Desde afuera llueven los elogios. Fernanda Resstom, directora de Central Galería en São Paulo, no dudó en acudir a ARTBO, que empezó en 2004, en esta edición. “Comparado con Brasil, donde este año tuvimos cinco ferias importantes, pero prácticamente por completo brasileñas en cuanto a las galerías y a los coleccionistas, y además eran mucho más costosas, estoy más satisfecha participando en Bogotá. Es una de las ferias más importantes del continente, por los coleccionistas y museos que atraen y por lo bien que tratan a las galerías. Apuesto a que cada año seguirá creciendo”, señala la galerista brasileña, que tras un prometedor comienzo de ventas, tiene fe en que volverá a casa con todas las obras vendidas. Sus compatriotas también ven la feria como un importante escaparate internacional. De las 51 galerías participantes, 9 vienen de Brasil, el segundo país más representado después de Colombia.

En este regreso a la feria presencial, por primera vez las galerías colombianas sobrepasan en número a las extranjeras. Varios factores que ayudan a explicarlo, como la situación económica global y el hecho de que este año la feria es más pequeña que en 2019, cuando hubo 67 galerías de 17 países, o de lo que fue en años anteriores. También evidencia el crecimiento del mercado artístico nacional, un desarrollo que se ha dado, en gran medida, en paralelo a ARTBO. Prueba de ello es que la mayoría de las galerías son relativamente jóvenes -de este siglo- y que solo dos galerías colombianas no son de Bogotá: Gris Galería, de Cali, y Policroma, de Medellín. Otras son bogotanas con sedes en la capital antioqueña, como La Balsa o La Cometa.

Esa escasa representación de otras ciudades en Colombia deja claro el centralismo del mercado del arte en el país. “Es una situación lógica y natural”, advierte Nelly Peñaranda, crítica y curadora de arte colombiana y directora de la revista Arteria. “De pronto aquí en Bogotá hay más apoyo institucional de varias organizaciones y además la Cámara de Comercio de Bogotá es la gran promotora de ARTBO, entonces por supuesto su principal lugar de interés es la ciudad”, ahonda. Además, como puede ser el caso en tantos otros países, en la capital la infraestructura está más desarrollada, hay una mayor educación e interés por el arte y también, crucialmente, hay más dinero.

ARTBO reabrió sus puertas este miércoles tras tres años en los que tuvo que apelar a formatos alternativos por cuenta de la covid-19.
ARTBO reabrió sus puertas este miércoles tras tres años en los que tuvo que apelar a formatos alternativos por cuenta de la covid-19.Carlos Ortega (EFE)

Por todas estas razones Paula Builes, directora de la galería Policroma de Medellín, asume la situación con naturalidad. “Nosotros somos todavía jóvenes, apenas tenemos cuatro años. Pero hemos crecido bien porque hemos establecido buena relación con colegas en Bogotá y a nivel internacional; y obviamente la razón por la cual yo decido participar en ARTBO es porque estoy buscando otro mercado que no me proporciona Medellín, donde el mercado es más tímido y más pequeño”. La feria bogotana, entonces, es una vitrina imprescindible para una galería que quiera crecer, tanto en ventas como en reconocimiento; pero llegar hasta ahí requiere una inversión importante.

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Esta es la clave del asunto, asegura el artista, crítico y curador Lucas Ospina, que insiste en la necesidad de diferenciar claramente entre el arte y el mercado del arte, que a su juicio es una industria millonaria y, en muchas instancias, opaca. “¿Por qué la entrada cuesta 35.000 pesos, mientras que la de la feria del libro cuesta 10.000? Yo a eso solamente lo puedo adjudicar a una idea de exclusividad. Se quiere que venga gente, pero no tanta y de cierto perfil. Es porque es una feria comercial. Y eso está bien, el dinero le hace más bien que daño al artista, pero lo que está mal es que se venda como una feria que determina el estado del arte… Lo molesto es cómo un esquema comercial está pervirtiendo una idea de arte que tiene que ser más amplia”, opina Ospina.

El resultado, en gran medida, es que en Colombia existen dos realidades artísticas en paralelo. Una insertada en los circuitos y mercados internacionales, que mueve miles de dólares y es, en el fondo, exclusiva; y otra independiente donde la obra es el centro. Alejandra Sarria, curadora colombiana con amplia experiencia, reivindica que el circuito independiente es el que ha sostenido el crecimiento de la primera y sigue marcando tendencias en el arte nacional. “Hubo una época al principio de los 2000 en que las instituciones estaban atravesando un momento muy débil y las galerías también, y los artistas crearon sus propios espacios como una alternativa para mostrar lo que hacían. Eso generó toda una red de trabajo y una forma del arte que es distinta a la de muchos otros países, que no nació ni creció vinculada al mercado, sino a lo que los artistas querían hacer. Creo que esa influencia, que permanece en muchos espacios independientes importantes, sigue determinando que el arte colombiano sea distinto y más autónomo”.

ARTBO tiene secciones no-comerciales como la ya tradicional Artecámara, un espacio diseñado para la circulación de los proyectos de artistas emergentes; así como salas itinerantes por la ciudad, que buscan acercar este mundo del arte a sectores de la población menos privilegiados. Sin embargo, eso no significa que el mercado colombiano del arte que mueve mucho dinero de verdad, más allá de la opacidad de las transacciones, no esté limitado a un puñado de galerías bogotanas, mientras que muchos artistas del país luchan por generar espacios y mercados propios para su trabajo.

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