fútbol femenino
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Casi gol

Partido a partido, en medio de los pulsos de este país que sigue debatiéndose entre una cultura de la pacificación y una cultura de la paz, fue ganándose el corazón de una afición acostumbrada a que se lo rompan

Hinchas de la Selección Colombia femenina sub-17 se reúnen para apoyar el equipo en la final frente a España de la Copa Mundial en India, en Medellín.
Hinchas de la Selección Colombia femenina sub-17 se reúnen para apoyar el equipo en la final frente a España de la Copa Mundial en India, en Medellín.Luis Eduardo Noriega A. (EFE)

El fútbol recuerda la vida. Si esta mañana nos parábamos junto a los televisores, a pedir, a un Dios que se aparece en los últimos minutos de cada partido, por el talento nuevo e incansable de nuestra número 11, nuestra capitana, nuestra goleadora Linda Caicedo, era porque la Selección Colombia nos había revivido cierto suspenso, ciertas ganas de vivir que sólo se dan en los dos tiempos del juego. Si en este barrio de edificios a espaldas de edificios no hubo letargo de domingo, sino gritos de barras felices, “¡vamos!”, “¡anulado!”, “¡no!”, fue porque nuestro equipo estuvo a punto de ganar el mundial Sub-17 de fútbol femenino. Pocas frases tan bellas y tan tristes como esta: “Casi gol”. Pero esta vez no se dijo como diciendo “es que Colombia es su sino” o “es que Colombia ocurre en la cabeza”, sino como señalando un hecho.

Hubo una primera selección femenina de las nuestras a finales de los años noventa. Hubo un segundo equipo de pioneras que hizo un esfuerzo sobrehumano, típico de una sociedad con vocación de complot, para abrirse paso a principios de este siglo. Pero ha sido en estos últimos años, de ganar el Sudamericano Sub-17 de 2008, de pelear la segunda ronda del Mundial de Canadá de 2015, de llevarse la medalla de oro de los Juegos Panamericanos de 2019, de perder por muy poco la final de la Copa América de 2022, que ha sido clarísimo que si nuestras futbolistas no se han dejado someter ni frustrar por la aberrante desigualdad de género, ni por el cinismo de una dirigencia con mañas de funcionarios de repúblicas bananeras, ni por el desprecio, que es ley, de las condiciones laborales de los deportistas, es porque son fuerzas de la naturaleza: porque han tenido de su lado el amor por el fútbol.

Es mi amigo Carlos González Puche, el director de Acolfutpro, quien me hace caer en cuenta del estado de la redención: a esta hora de este drama nacional, que con frecuencia va de los héroes a los chivos expiatorios, hay niñas y hay niños que no sólo quieren tener los talentos y los brillos, sino los corajes a prueba de Colombia de goleadoras como Usme o Ariza o Rincón.

La Selección Colombia Sub-17 sólo perdió el primer partido y la final de la Copa Mundial Femenina de la India que terminó esta mañana. Supo ganarle a China, a México, a Tanzania y a Nigeria en el camino sin excusas al subcampeonato. Partido a partido, en medio de los pulsos de este país que sigue debatiéndose entre una cultura de la pacificación y una cultura de la paz, fue ganándose el corazón de una afición acostumbrada a que se lo rompan. Colombia ha sido tierra de violencias machistas. Y, sin embargo, ya que en las canchas suele ocurrir lo que está sucediendo en las sociedades, y las mujeres han estado liderando el paso de nuestra democracia de la teoría a la práctica, en las dos semanas que pasaron fue lo común que las pantallas de los transeúntes, de las tiendas, de los restaurantes, de las recepciones de los edificios y de los taxis sintonizaran cada una de las jugadas.

Hace un par de semanas nomás el CIES Football Observatory concluyó que la liga colombiana –el valle al que van a morir las ilusiones de tantos hinchas– es una de las más aburridas del mundo: quedó 67 entre 74. Y fue la prueba de la mezquindad de una dirigencia condenada por las reventas, cuestionada hasta la náusea por los defensores del juego, perdonada en el último minuto, sin falta, por personajes oscuros del Estado, que jamás ha tenido que enmendarse ni devolverles el brillo a los torneos nacionales porque las hinchadas crecen y crecen aunque los equipos pierdan una y mil veces, y porque, como esto es todo, como no hay más, pierde uno el tiempo cuando nota –por ejemplo– que a ciertos genios de la conmovedora Selección Colombia masculina que puso en marcha el Mundial de Brasil de 2014 se los fue tragando el negocio poco a poco.

Hace un par de años, conscientes de que en los mundos con dueños las denuncias cierran puertas, las futbolistas colombianas tuvieron el valor de señalar en voz alta los acosos, los maltratos psicológicos, las explotaciones, las discriminaciones, las podredumbres que tuvieron que lidiar por atreverse a pisar el campo de juego que pisaban los hombres: no sólo resulta increíble, de las extraordinarias jugadoras de la Selección Colombia Sub-17, que no las hayan malogrado las pequeñas tiranías de ese negocio de unos cuantos encorbatados, sino que, en hombros de gigantas, hayan salido a la cancha del Estadio DY Patil de la Nueva Bombay a recordarnos la gracia de aquel deporte que nos devuelve a la infancia. Si esta mañana nos vimos la final de pie, mientras Rodríguez cobraba aquel tiro libre, Agudelo atajaba un balón inatajable y Hernández remataba –”¡Casi gol!”, gritó nuestro hijo– en el momento preciso, fue porque gracias a ellas el fútbol había vuelto a ser una alegría y un derecho.

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