Gustavo Petro
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

100 días de Petro, un cambio en un país que vuelve a tener rumbo

Con mucho pragmatismo político, el Gobierno de izquierda ha dado pasos claros para aterrizar sus promesas de transformaciones. La economía es su gran desafío

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, en el palacio del Elíseo, en París, el 11 de noviembre.
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, en el palacio del Elíseo, en París, el 11 de noviembre.TERESA SUAREZ (EFE)

El Gobierno de Gustavo Petro es el primero netamente de izquierda en 200 años de vida independiente de Colombia. Y como tal, apuesta con decisión por el cambio social. “La sociedad entera clama por un cambio. Y ese cambio, por qué no, puede ser pronto el de todos nosotros”, se lee en el cierre de la autobiografía del presidente, Una vida, muchas vidas, publicada en septiembre de 2021, al iniciar la exitosa campaña que lo llevó al poder. “Cambio por la vida” era el eslogan. “Llegó la hora de cambiar”, la primera oración de su programa de gobierno. Ese leit motiv es un reto mayor al ganar las elecciones en segunda vuelta y sin mayorías propias en el Congreso. En sus primeros 100 días, que se cumplen este martes y que fuerzas afines esperan celebrar con marchas multitudinarias, Petro ha iniciado ese desafío a paso firme, mezclando sus propuestas con una gran dosis de pragmatismo pero, sobre todo, marcando un norte a un país que estuvo varios años sin rumbo claro.

En los cuatro años anteriores, bajo el gobierno de Iván Duque, Colombia vivió una profunda transformación social que no lideró el Gobierno. La encabezaron unos jóvenes urbanos que no compartían la lectura del país de muchos de sus padres, ni la de Duque, que avanzaron sin una bandera clara y además debieron enfrentar la crisis por la pandemia del coronavirus. Petro, por su parte, llega con una bandera tan clara que su reto en el mediano plazo es no frustrar las expectativas creadas. Para eso es fundamental mostrar victorias, pruebas de que el cambio prometido empezó desde el primer momento.

Lo ha hecho. Según escribe en este periódico Alberto Casas, con ello ha logrado un “éxito descomunal”. Los avances son algo que le reconocen incluso sus críticos. “El Gobierno políticamente ha sido exitoso”, dice Luis Guillermo Vélez, quien fue secretario de presidencia de Juan Manuel Santos y desde sus columnas en La Silla Vacía y La República ha mostrado ser un detractor permanente del actual mandatario. Vélez se refiere a que Petro priorizó de forma efectiva entre una enorme batería de propuestas de cambio. “En eso fueron organizados y metódicos”, señala. Eligió dos grandes temas: una reforma fiscal con una alta meta de recaudo que cargara sobre todo a los más adinerados, para lograr mayor equidad y recursos para financiar programas sociales; y una ambiciosa política de paz, la llamada paz total, que consiste en negociar de forma simultánea con diferentes grupos armados, desde guerrillas hasta bandas criminales locales organizadas. Otras reformas que dieron mucho de que hablar en campaña, como la pensional o la de salud, quedaron aplazadas para más adelante. Mientras tanto, hay avances que marcan el cambio, como reconoce Vélez. Esos ya son conocidos: una reforma tributaria que se calcula recogerá más del 1% del PIB y se tramitó en tiempo récord; el acuerdo histórico con los ganaderos para repartir la tierra; la normalización de las relaciones con Venezuela; la reapertura del diálogo con el ELN; y una ley de paz total, menos transformadora que la fiscal pero más simbólica por su carga emocional.

Para lograr todo ello, Petro hizo gala de pragmatismo. Llevó a cargos claves a políticos profesionales que por años estuvieron en orillas diferentes a la suya y se acercaron en la campaña o durante los meses previos, cuando el malestar social y la impopularidad del presidente Duque iban perfilando a Petro como favorito en las elecciones presidenciales. Los más relevantes son su secretario de presidencia, Mauricio Lizcano; el presidente del Senado, Roy Barreras; y su ministro de Interior, Alfonso Prada. Todos excongresistas de partidos en los que no ha militado Petro y los dos primeros antiguos alfiles de Álvaro Uribe, el presidente de derecha de quien Petro fue permanente y firme opositor. Haber entregado el manejo político a antiguos rivales ha ayudado a que el Gobierno tienda puentes con bancadas de todo el espectro político y tenga una coalición mayoritaria que ya demostró su valía.

Hay más muestras del pragmatismo del presidente. Entrega cuotas de poder, como la del sector transporte que dio a los conservadores. Cede a sus críticos, como al aceptar que la tributaria no lleve impuestos a las actividades comerciales de las iglesias o al retirar dos artículos de la ley de paz total que buscaban excarcelar a jóvenes detenidos por hechos ocurridos en las protestas de 2021. Se reúne e incluso negocia con rivales políticos por fuera del Congreso, como mostró en su encuentro con Uribe o en su acuerdo con José Félix Lafaurie para comprar tierras de los ganaderos. Mantiene un grupo de altos funcionarios que vienen de la tecnocracia y hacen contrapeso a los más activistas, encabezados por su ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, que venía de ser el coordinador programático del candidato presidencial de centro Sergio Fajardo.

Pero estos 100 días no solo han estado marcados por esos logros. La paz total, su puesta por lograr acuerdos simultáneos con diferentes grupos armados, no ha aterrizado y produce dudas incluso entre los arquitectos del Acuerdo con las FARC, y la política de seguridad humana no ha pasado de ser un anuncio. Han resonado los choques internos en el Gobierno, como los que ha tenido Ocampo con la ministra de Minas, Irene Vélez, por el futuro de la industria petrolera; o la de Agricultura, Cecilia López, por la forma de financiar la compra de tierras. La apuesta por contribuir a frenar el cambio climático se ha convertido en un debate abierto sobre la transición energética que la ministra Vélez ha presentado como inmediata, al igual que Petro. Las comunicaciones gubernamentales, que pasan por el Twitter de Petro y por declaraciones espontáneas de ministros que aparentemente no reflejan una postura definida en el Gobierno, han dejado una sensación de desorden tal que el mismo presidente, a punto de cumplir tres meses en el poder, designó a Prada como portavoz oficial.

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Quizás el lunar más notorio ha sido la economía. La encuesta de Invamer del pasado viernes muestra que es la principal preocupación de los consultados: el 37,7% dice que es el principal problema por resolver, muy por encima de la corrupción o la inseguridad. En esa misma línea el tracking de Gad3 para RCN muestra que el 59,3% opina que su situación económica ha empeorado en los últimos 3 meses, y la Invamer Poll de mediados de octubre señalaba que el 41% encontraba a la economía como el principal problema, una cifra que no registraba desde 2010. Esa percepción es el reflejo de unos datos fríos, como que la inflación hasta octubre (12,2%) es la más alta del siglo; que el peso se ha devaluado frente al dólar y rompió la barrera psicológica de los 5.000 pesos –aunque se ha recuperado–; o que la recuperación económica tras la crisis esté perdiendo tanto fuelle que el Banco de la República calcula que en 2023 la economía solo aumentará un 0,7%.

Por eso, el gran reto en el corto plazo es evitar una recesión que golpee a los colombianos, aumente el hambre y la desigualdad y le quite gobernabilidad a Petro para seguir adelante con sus reformas. Allí Vélez vaticina problemas: “Las medidas económicas no van a solucionar esos problemas, los van a ahondar”, afirma. Recuerda la caída en el valor de las acciones de Ecopetrol, el factor Petro en la devaluación y los cálculos de los gremios de que la reforma tributaria va a aumentar la tasa efectiva del impuesto de renta a las empresas hasta un punto que reducirá la inversión y afectará la economía en un contexto de dificultades globales.

Incluso si el golpe es menos fuerte de lo esperado, las expectativas de cambio pueden impactar la popularidad del presidente y reducir su gobernabilidad. El mismo Barreras, desde el Congreso, ha pedido al gabinete que busque acelerar las reformas, demostrar que el cambio avanza, y en todo caso no es claro cuál será el resultado de esas reformas. Pero quizás hay algo más allá, que muestra que el cambio no es solo el que impulsa Petro sino el de la sociedad: Colombia lleva 100 días gobernada por un exguerrillero sin que haya habido ningún tipo de ruptura institucional, ni de parte del Gobierno, como temen algunos en la derecha, ni de los militares, como temen algunos en la izquierda. Es el cambio de una sociedad que acepta que se puede intentar, justamente, un cambio mayor a los usuales.

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