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Más se perdió en La Habana
Por Mauricio Vicent

Crisis, éxodos y oráculos en la calle Amargura de La Habana

En Cuba crece el ansia por emigrar y algunos vecinos de la isla no le ven final a las penurias provocadas por la crisis

Una pareja inmigrante de Cuba espera intentar cruzar el Río Grande desde Ciudad Acuña, México, hacia Del Río, Texas, el domingo 19 de septiembre de 2021.
Una pareja inmigrante de Cuba espera intentar cruzar el Río Grande desde Ciudad Acuña, México, hacia Del Río, Texas, el domingo 19 de septiembre de 2021.FELIX MARQUEZ (AP)

Me encuentro a Lázaro en la calle Amargura, cerca de la plaza de San Francisco, en La Habana Vieja, y me dice a la oreja en plan oráculo: “Se verán cosas”.

Lázaro es un filósofo de la calle, un viejo amigo, y como su propio nombre indica es devoto del santo milagrero de las llagas y los perros, el Babalú Ayé de la Regla de Ochá, o santería, al que piden favores y pagan promesas hasta los cubanos más ateos y comunistas, que no es su caso. Me anima a que subamos hacia la Plaza del Cristo y, de camino, escuchemos a la gente hablar. Lo hacemos. “Fíjate que todo el mundo anda en lo mismo, quejándose de lo mal que está la cosa”, comenta. Y otra vez, bajito, se pone enigmático: “Abre bien los ojos, que las decadencias son bellas”.

Dice que ahora que en Cuba crece el ansia por emigrar, y que a las penurias provocadas por la crisis no se les ve final, y que “después de que pasaron las protestas del 11 de julio vino el 15-N y no pasó nada”, y que ni con dos salarios alcanza para llegar a fin de mes, y que “a tres semanas de Año Nuevo el kilo de carne de puerco cuesta ya la cuarta parte del salario mínimo”, y que “ni si siquiera fumando se puede lidiar con la ansiedad pues han puesto los cigarros en MLC [Moneda Libremente Convertible]”, su pronóstico es que pronto en Cuba “vamos a quedar muy pocos”.

Le digo que exagera. Pero me rebate. Nicaragua, explica, acaba de eliminar el visado de entrada al país para los cubanos. Cada día cientos de personas se arremolinan en el centro de negocios de La Habana ante las oficinas de las aerolíneas que vuelan a Managua tratando de adquirir un pasaje, “que puede costar la friolera de 1.800 dólares, o más”, asegura. Pese a todo, insiste, la gente hace cola hasta de madrugada “con la esperanza de coger un turno y largarse, aunque sea a Nicaragua, imagínate tú”.

En este punto de la conversación a Lázaro le entra el orgullo y asegura que tiene “un master en éxodos diversos y crisis nacionales. “Vale la pena escuchar mi experiencia y darme voz”, demanda.

Y vale, accedo. Lo primero que hace es pasar revista... Recuerda diásporas como la de Camarioca (1965), que dio lugar a un puente aéreo entre Cuba y EEUU que duró hasta 1973, intervalo en el que 260.00 personas abandonaron el país en los llamados Vuelos de la Libertad. En 1980 llegó el éxodo del Mariel, luego de la toma de la embajada del Perú en La Habana por 10.000 cubanos que querían salir de la isla, “uno de los cuales hasta se comió al loro del embajador”, cuenta Lázaro. Entonces 125.00 personas —los famosos marielitos— llegaron a Estados Unidos.

Tras la desaparición de la Unión Soviética y del campo socialista, en el verano de 1994 llegó la crisis de las balsas, estampida producida en medio de las miserias del Periodo Especial y luego de las protestas del maleconazo, tras las cuales Fidel Castro permitió a los balseros partir hacia el norte sin restricciones. “Hasta ese momento, la ‘salida ilegal del país’ era un delito penado de uno y cuatro años cárcel”, puntualiza, y señala que durante aquella crisis fueron 35.000 los cubanos que se lanzaron al mar en frágiles embarcaciones y balsas hechas de poliespuma o neumáticos.

Sea por lo que sea, en la esquina de la calle Aguacate, Lázaro se inspira: “Aquella era la época del hambre, los apagones eran de 12 horas diarias, en las noticias se recomendaba comer flores y se proponían recetas como picadillo de cáscara de plátano, y como no había desodorante la gente se ponía leche de magnesia en el alerón para no apestar…”. Un vecino suyo, recuerda, fabricó la proa de su balsa con la madera del techo de la casa. Otro secuestró una lancha de pasajeros en la bahía simulando una boda, “y en el pastel de cumpleaños llevaba la pistola”. Y un conocido hizo un buen negocio “vendiendo pan con queso, bengalas y chalecos salvavidas” a los que se iban por el poblado marinero de Cojimar. No es que hoy la situación sea igual que entonces, aclara. “Pero esta crisis aprieta cada vez más y la gente no ve la luz por ninguna parte”.

Nos sentamos en la plaza del Cristo. Lázaro, que además de ser un médium del pulso popular de La Habana es una enciclopedia de sus calles, cuenta la historia de la de Amargura, por donde hemos caminado. Resulta que se trata de una de las más antiguas de la ciudad y era una especie de vía sacra que actuaba como vía crucis en las procesiones del Corpus Christi y en Semana Santa, además de ser “recorrida por los navegantes que, salvados de los peligros del mar, llevaban sus ofrendas al Santo Cristo del Buen Viaje”. Lo explica, y aventura socarrón: “como sigan así las cosas, esta calle de nuevo se va poner de moda”.

Más que hablar del presente y el futuro, Lázaro prefiere referir una anécdota del pasado “y que luego cada cual saque sus conclusiones de hasta adonde podemos llegar”. Lo que cuenta sucedió a comienzos de los años noventa, al empezar el Periodo Especial, y su protagonista es un joven llamado Danielito que había tratado de irse del país en balsa en varias ocasiones. “Fueron varias intentonas frustradas, hasta que por fin, con un amigó, logro fabricar una artefacto flotante con dos neumáticos de camión comprados en el mercado negro”. Con una brújula, un garrafón para guardar 20 litros de agua y algunas conservas, ambos se echaron al mar una madrugada desde la costa de Cojimar.

Todo fue bien hasta al cuarto día de travesía, cuando apareció una embarcación del servicio de Guardafronteras de Cuba y los detuvo. Como su amigo era recluta del ejército, fueron juzgados por el Tribunal Militar de Quiebrahacha, que les condenó a un año de cárcel. “Sin embargo, cumplir la condena no le resultó fácil. Le dijeron en el Tribunal que por la escasez de combustible no podían llevarle a la cárcel, y que debía presentarse por sus propios medios en el plazo de 10 días”. La granja-prisión estaba en Quivican, un pueblo situado a unos 40 kilómetros de La Habana. “Aunque era cerca, tardó varias horas en llegar, pues ya por entonces las guaguas eran una trampa mortal. Cuando por fin estuvo delante de uno de los jefes del presidio, el hombre le preguntó que dónde estaba la carta. ‘¿Qué carta?’, respondió Danielito, y el guardián se encogió de hombros: “Sin la carta del Tribunal no te puedo meter preso. Ven cuando la tengas”. Danielito se fue resignado a casa a esperar por el famoso documento, pero los papeles tardaron tanto que en el interín construyó una nueva balsa. Y le volvieron a capturar. “La condena esa vez fue de dos años y entonces sí apareció el combustible para encerrarlo”. Pero Danielito no ocultó sus planes en la prisión: “se puso a estudiar inglés. Y después vino la crisis de las balsas”.

Han pasado 20 años desde entonces. Y mientras vemos a la gente hacer cola y pasar atribulada por la plaza del Cristo, Lázaro vuelve al mismo punto de cuando nos encontramos en Amargura: “ten los ojos bien abiertos, que se verán cosas”.

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