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Columna
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Chéjov en un día de lluvia

En su ‘Cuaderno de notas’, el escritor nos permite ver de cerca la sencillez, la humanidad y el verdadero nihilismo que conviene a los seres humanos

Retrato de Antón Chéjov por su hermano Nikolai, en 1889, cuando tenía 29 años.
Retrato de Antón Chéjov por su hermano Nikolai, en 1889, cuando tenía 29 años.

Me encontré en medio de un abrasador mediodía de este pasado verano con un antiguo conocido. Desparramado sobre un banco, más que respirar, anadeaba. Fue un editor curioso y valiente, algo esnob, desde luego, y ahora no sé en qué anda. Le hice la pregunta ritual en estas circunstancias: “¿Qué vas a hacer este verano?”. Me miró de arriba abajo y la energía regresó a sus ojos inapetentes. “Pues leer a los rusos...”. Y ahí lo dejó flotando, con los patos del estanque como fondo ambiental. Cuando alguien dice algo así, siempre resulta jactancioso. “Pelotudo”, pensé. “¿Pero tú sabes ruso?”, le pregunté un poco irritada. “Hombre, con la biblioteca que hay en la casa de mamá; mi abuelo tenía de todo, y claro…”. Vamos, que sí, que él leía ruso. “¿Bunin, Turgueniev, Akhmatova, Chéjov?”, aventuré. “¡No, no, los grandes, los leones!”.

“Requetepelotudo”, mascullé. Y, de pronto, al regresar a casa y dejarle allí con sus imponentes planes estivales, recordé aquella conversación entre Herbert Spencer y Aldous Huxley. Busqué el libro y allí estaba, reluciente, como un rubí vivísimo. Spencer le decía a Huxley que “la única esperanza posible era dejar una pequeña impronta antes de morir”. A lo que respondió Huxley: “Mira, déjate de improntas siempre que puedas dar un buen empujón”.

Antón Chéjov murió a los 44 años, y vivió entre 1860 y 1904. Sabía que no le sobraba el tiempo, porque era doctor y podía reconocer una enfermedad incurable en la época: la tuberculosis. Muchos lectores, me imagino, conocen alguna de sus obras de teatro; La dama del perrito, por ejemplo, que se llevó al cine. Pero no todos habíamos leído estos apuntes, sin énfasis ni fáusticos alardes, en su Cuaderno de notas, que nos permiten ver de cerca la sencillez, la humanidad y el verdadero nihilismo que conviene a los seres humanos.

Lo publicó en castellano La Compañía, editorial de Buenos Aires, junto con la madrileña Páginas de Espuma. Eso fue en 2010. Le ampara un prólogo de la estupenda Vlady Kociancich —de la que si tengo sitio hablaré—, y una traducción esmerada del francés, además de un notable posfacio de Leopoldo Brizuela. Ambos figuran en la portada del libro, en tipografía bien visible, lo que nos indica ya qué clase de editores son estos, y con que atención y placer han envuelto las notas, muchas de ellas apenas pausas de trabajo de Chejóv. Auténticos signos que, desde la muerte, nos hablan a los vivos (¿?). El libro no está, afortunadamente, descatalogado y puede encontrarse en una de esas librerías cuyos dueños son amigos y se toman el trabajo de rastrearlo.

Es, en efecto, un cuaderno en el que, sin dar muchas pistas directas, el escritor saltaba de pensamientos a observaciones; de auténticos bocetos de personajes de sus obras teatrales hasta sueños o quejas amargas. También se permitía una especie de lirismo íntimo, de alguien que necesita poco para soñar. “En el dormitorio, la luna brilla tras las celosías, y brilla tanto que pueden verse los pequeños botones de nácar de su camisón”, escribe. Sensualidad y delicadeza campesinas de primera mano, diría yo. En cada uno de estos bocetos hay que detenerse, subrayar con lápiz, incluso marcar ferozmente la página, para no olvidarle jamás. A Herbert y a Aldous les hubiera convenido hojear este librito que no se acaba nunca, porque mientras lo lees vives intensamente y de verdad.

A propósito de un rico de pueblo muy religioso, a quien le rodeaba una banda llorosa de codiciosos familiares y amigos, aconseja, por ejemplo, calma ante el prohombre moribundo, porque, a pesar de sus lamentos heroicos y sus húmedos y banales consejos, “todo se estrellaba contra un muro de autoadmiración”. Sí, esa autoadmiración que seca el corazón de los poderosos. Y acabo ya ahora, con una chispa de su humor pagano: “El perro del sobrino del diácono se llamaba Sintaxis”. O justiciera: “los campesinos que trabajan más que los demás jamás usan la palabra trabajo”.

Nota Bene. De Vlady, que ya va para los 80, hablaré otro día, porque hay mucha tela que cortar.

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