¿Qué fue de la novela ‘grunge’?

Durante los noventa, se escribió sobre los noventa. Cuando la década acabó también lo hizo ese subgénero. Novelas como ‘Arena’, de Miguel Ángel Oeste, evidencian la existencia de una clase social sin voz literaria en España

'Historias del Kronen', de Montxo Armendáriz (1995), adaptaba la novela homónima de José Ángel Mañas.
'Historias del Kronen', de Montxo Armendáriz (1995), adaptaba la novela homónima de José Ángel Mañas.

Literariamente, en España, los noventa estuvieron de moda durante los noventa. Al menos tres escritores de los que por entonces se consideraban ‘generacionales’ dieron la cara casi de forma instantánea por una época que era aún de alguna manera pasado presente. La muerte de Kurt Cobain en 1994 acabó con el grunge y la propia idea de la Generación X inesperada y súbitamente antes de tiempo. Pero al menos el inicio de las carreras de Ray Loriga (Madrid, 53 años), José Ángel Mañas (Madrid, 49 años) y Lucía Etxebarria (Valencia, 54 años) la capturaron de una peculiar manera y casi en marcha.

Historias del Kronen, Ciudad Rayada y Mundo burbuja de Mañas salieron a las calles y buscaron el ambiente subterráneo, y también parte de la desesperanza. Beatriz y los cuerpos celestes de Etxebarria exprimió un desajuste íntimo retratando excelentemente el angst de una adolescencia femenina al margen de un sistema adulto caduco. Lo peor de todo, Caídos del cielo y Tokio ya no nos quiere, de Loriga, abrieron el foco e hicieron literatura norteamericana desde, también, las calles, pero unas calles por una vez romantizadas por la figura de un perdedor que se jactaba de serlo. Lo mismo podría decirse de las primeras novelas de Francisco Casavella y Daniel Múgica.

Belén Gopegui también irrumpió en el panorama literario español en la década de los noventa —concretamente, en 1993—con La escala de los mapas, y Benjamín Prado se marcó su propio Polaroids, de Douglas Coupland, esto es, un puñado de historias con aspecto de potentes imágenes de trasfondo inevitablemente grunge, Raro. Como epítome del desorden narrativo, y la estructura fragmentaria, la influencia de lo norteamericano y del fin de lo analógico, y por lo tanto, la década que anticipó el siglo XXI, podría citarse el clásico instantáneo de Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream. Pero ¿se ha contado lo suficiente la década de lo noventa? ¿O la dejó el cambio de siglo y de paradigma tecnológico huérfana de narradores?

“Lo habitual es que una época sea contada siempre con unos años de retraso, que sea diseccionada por una legión de creadores que son una mezcla de la generación en cuestión y la inmediatamente posterior. Con los noventa ocurre la anomalía de que la siguiente generación, la de los 2000, en la que me encuentro, vio el cambio de siglo como un despegue hacia otros lugares más heterogéneos y hacia una literatura que fuera transversal y postcolonial, una superación de la última fase del posmodernismo y entonces, de algún modo, se olvidó de la década de los noventa, que se percibía a principios del siglo XXI como de pronto antigua, el último coletazo de un siglo aún no digitalizado”, dice el propio Fernández Mallo (A Coruña, 53 años).

Para el escritor “se trata de una situación en cierto modo injusta que tarde o temprano se reparará”. Es cierto que fuera, la década está presente en narrativas tan dispares como la de la fantástica Kelly Link, y la debutante Alexandra Kleeman, que a principios de este año publicaba Tú también puedes tener un cuerpo como el mío, novela de mallrats, muy cercana al cine de Kevin Smith o los cómics de Peter Bagge —su serie Odio es, junto al imaginario también de Daniel Clowes, casi el mejor reflejo de la llamada Generación X que ha existido— o la mítica Amor de monstruo, de Katherine Dunn, rescatada el año pasado por Blackie Books. Pero en general lo que parece es que después del impacto inicial, la década aparece y desaparece en obras de todo tipo.

Care Santos (Barcelona, 50 año), que publicó en los noventa una novela titulada La muerte de Kurt Cobain, considera que en España la cosa arrancó con El triunfo, de Francisco Casavella, y coincide con Fernández Mallo en que el fenómeno “quedó interrumpido con la llegada del 2000 y una especie de urgencia por pasar página. Puede que esa urgencia sea la causa de que los noventa hayan sido poco contados por sus auténticos protagonistas, quienes éramos jóvenes en esa década y quienes tuvimos que adaptarnos a la transformación de la sociedad. Y sí, en comparación con los tan visitados 80, los noventa no tienen quién les escriba. No lo suficiente”, añade, aunque también se pregunta si lo grunge “entendido como desengaño generacional, culto a lo urbano, referencia a las drogas, a la violencia, a la crudeza del entorno” en cierto modo “sigue siendo un tema clásico de las primeras novelas”. En cualquier caso, cree que la distancia es “necesaria”.

Distancia ha tenido Miguel Ángel Oeste. Oeste (Málaga, 47 años) acaba de publicar Arena (Tusquets), una novela que hubiera encajado perfectamente en ese contexto de pasado aún presente en el que brillaron las de Mañas, Loriga y Etxebarria. Su realismo sucio y a la vez onírico, dolorosamente sensorial, en el que el desamparo y la desorientación, la, como dice Oeste, “confusión” de una década en la que quizá “presentíamos que algo iba a acabarse”, está por todas partes. Bruno, su protagonista, es un chaval que nunca ha tenido padres. En realidad, los ha tenido, pero no han parecido padres en absoluto.

Desconexión generacional

Su padre, un tipo violento que trafica con todo tipo de sustancias, revienta las puertas de casa, todas cerradas con candados, y grita y golpea a su madre, una mujer con el aspecto de Natalie Wood que se marchita poco a poco en un matrimonio feroz. Ambos pasan colocados buena parte del día, y Bruno sobrevive sin saber lo que es que alguien se preocupe por él. Recuerda en una escena demoledora la única vez que salieron juntos a comer. Fueron a un restaurante chino, él tenía cinco años, su madre no podía dejar de llorar. “Sin el amor de sus padres, un niño está por completo desprotegido”, dice Oeste.

Hay desconsuelo en Arena, y comparte década y transpiración nihilista con Muertos o algo mejor, de Violeta Hernando, otro clásico de los noventa escrito en los noventa —y por una autora de, entonces, 14 años—, y sobre todo, Un buen chico, de Javier Gutiérrez, quizá la más cercana en el tiempo —se publicó en 2012, aunque habla de la época en la que en todas partes sonaba Nirvana—. Pero sobre todo hay un punto de vista sin asidero hasta entonces en la literatura española, el de alguien que ha vivido en el autodestructivo y fatal mundo del que habla, una clase social sin una voz literaria real en España.

“Yo siempre me he sentido mucho más identificado con los relatos de Raymond Carver o Charles Bukowski que con la literatura española que leía. Porque hablaban de cosas que pasaban en casa. La literatura española que leía no tenía nada que ver conmigo”, asegura Oeste que, sin embargo, ha perfilado un estilo único con la intención de que el lector “experimente” lo que vive Bruno, porque para él “todo libro, toda película, todo cómic, toda pieza artística, debe ser una experiencia”. Y una que “debe poder vivir por igual una panadera que un intelectual”, añade.

Puede percibirse en Arena, como podía percibirse en la primera obra de Loriga, y en la de Etxebarria, la desconexión intergeneracional, la isla, a la deriva, que constituía cada joven desorientado de la década, aquí y en todas partes. Pensemos en el clásico de Douglas Coupland, Generación X, y en la menos amable Menos que cero, de Bret Easton Ellis, y nos situaremos ante la versión asimilada del rabioso no future punk, una rendición en España acrecentada por la incomprensión que generó la distancia cultural entre la generación de los padres, que crecieron a oscuras, durante el franquismo, y la de los hijos, que lo hicieron expuestos por primera vez sin filtros a algo que brillaba más que la vida: el arte.

Una España “muy hipócrita”

Un arte hecho producto de consumo que, de la misma forma que había salvado a Charles Bukowski o Raymond Carver en Estados Unidos, salvó a Miguel Ángel Oeste de algo aún peor que un infierno en casa. No esconde Oeste que todo lo que cuenta es, de alguna forma, cierto. Lo único que ha hecho es darle forma. Elevarlo a punzante coming of age con aspecto de iceberg que crece y se vuelve monstruoso, como monstruosas son las novelas de Hubert Selby Jr., en lo que el narrador no cuenta. En lo silencios y en ese yo incómodo y desencajado que es también propio de la aún exigua literatura de la década.

Otra cosa que comparte es la visión de la juventud como “un tenebroso abismo”. “Toda esa luminosidad y las ganas de comerse el mundo que se le presuponen a un adolescente contrastan, para mí, con una realidad en la que sobre todo se pasa miedo, y en la que sientes angustia, porque no sabes quién eres, ni lo que quieres, en la que por dentro es todo oscuridad, y todo te parece gris porque apenas pintas aún nada”, dice Oeste, que también carga, desde el lugar que ocupó en su momento, el de una clase social que, decíamos, no tiene reflejo en lo que se escribe, contra la España de los noventa.

La España de los noventa era muy hipócrita. Por un lado proclamaba el Estado del Bienestar, y ofrecía todo lo contrario. Era una España de antros, decadente, peligrosa. Una España de doble moral, muy poco permeable a nivel emocional. La España de la Ley Corcuera, que yo viví en primera persona, la de la violencia policial”, relata. Una España que se entrevé en esta cara B, aterciopeladamente sucia, maldita, de tanta historia sobre padres e hijos, sobre todo, hijos, como se ha escrito, y que si, como toda la literatura grunge española recuerda ligeramente a algo no hecho aquí no es por casualidad.

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