Wallace Stevens: el triunfo de la contemplación viva

‘Notas para una ficción suprema’ es un largo poema donde la abstracción y el hermetismo abren paso a experiencias y visiones de casi perfecta transparencia

El poeta Wallace Stevens, en 1950.
El poeta Wallace Stevens, en 1950.Walter Sanders (GETTY IMAGES)

El poeta estadounidense Wallace Stevens (1879-1955) publicó el largo poema Notas para una ficción suprema en 1942 y después lo incluyó como final de Transport to Summer (1947), su cuarto y muy aclamado libro. Se trata de un poema dividido en tres secciones —'Debe ser abstracto’, ‘Debe cambiar’ y ‘Debe dar placer’— que a su vez se dividen en 10 partes cada una. ‘Debe dar placer’, la última sección, termina con una especie de colofón que es un resumen perfecto del poema en su totalidad. Diríamos que ahí está lo esencial de todo el complejo mecanismo que es este poema y que tiene una de cal, sumamente abstracta, hermética, casi inaccesible —y por ello, antipática—, y otra de arena, llena de intensas concreciones, donde la abstracción y el hermetismo abren paso a experiencias y visiones de casi perfecta transparencia, donde la contemplación de lo que existe provoca plenitud y arrebatadora exaltación. El miedo confesional a estas hogueras provoca esas extravagantes cautelas, pero lo cierto es que Stevens era un neorromántico de los pies a la cabeza.

La trama de Notas para una ficción suprema es más o menos esta. La poesía surge de un inevitable descontento con la realidad y con la vida “porque vivimos en un lugar / que no es el nuestro… / y es duro pese a los días gloriosos”. Además, el hombre está dotado de razón y pensamiento, pero también de sentimiento, y esta forma de experimentar la realidad también tiene mucho que decir a la hora de comprender en su totalidad la naturaleza humana. Stevens plantea una especie de ir y venir constante entre los dos —¿cómo va a entender la razón los descubrimientos esencialmente irracionales del sentimiento?—, y aunque duda aquí y allá, y apuesta en ocasiones por una armonización de los dos —”la acumuladora armonía”—, al final quien triunfa absolutamente es el sentimiento generador de experiencias contemplativas sublimes que abren paso a “un ser más tenue”, “de mayor capacidad de comprensión” y “más cálido” porque “es más puro en el corazón”. Las llamaradas que se abren paso en este libro cuando se asoman esas experiencias son lo mejor con diferencia de este poema y las que le dan pleno sentido (si no, no tendría el más mínimo interés para mí). Solo este ejemplo: “Tal vez… / la verdad depende de un paseo alrededor de un lago… / un descanso en los vaivenes de los pinos… / … como en una elevación” (subrayo esta última palabra).

Y esa es exactamente la suprema ficción, no nos engañemos, no le demos más vueltas. La suprema ficción es la experiencia que abre paso en el hombre su capacidad de sentir la realidad (feeling, palabra omnipresente) y transformarla así para que parezca una ficción aunque, sin embargo, no lo sea (¡es real!). El héroe de esa empresa es el poeta, cuyo alimento nos ayuda a vivir a todos con esos “sonidos que se clavan / … en la sangre” y que son el sustento que proporciona “el habla fiel” (de un poema). Hasta a morir con alegría nos ayuda: “Qué alegremente con las palabras justas [de un poema] muere el soldado” (el soldado, es decir, el hombre radicalmente pragmático y razonador, iluminado también por la poesía en la hora de su muerte). Buena y rigurosa la traducción de Javier Marías —arriesgados esos neologismos que surgen de la pura fidelidad—, muy útiles sus notas e interesante el prólogo de José Carlos Llop.

Notas para una ficción suprema

Wallace Stevens
Traducción de Javier Marías
Reino de Redonda, 2020
144 páginas. 17 euros



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