Hay otros mundos y todos están en este

Una nueva oleada de relatos breves de autores latinoamericanos transita por la delgada línea entre realidad y ficción

La instalación 'Quebrantos', de la artista Doris Salcedo, en la plaza de Bolívar de Bogotá, en junio de 2019. JUANCHO TORRES /
La instalación 'Quebrantos', de la artista Doris Salcedo, en la plaza de Bolívar de Bogotá, en junio de 2019. JUANCHO TORRES /Anadolu Agency (Getty Images)

“No soy tarada. Los tarados son ustedes”, asegura la actriz que protagoniza La vida inventada, el primer relato del libro de cuentos del argentino Nicolás Teté, que se inserta con Photoshop en fotografías de back­stages, entregas de premios y material promocional para relanzar su carrera. “El teléfono volvió a sonar como antes, cuando protagonizaba la serie juvenil del momento, cuando era la huérfana más famosa de la televisión”, cuenta. No importa que la descubran: por unas horas su vida falsa es verdadera.

A más tardar desde la expansión del ámbito de lo virtual, sin embargo, algo de la vida “verdadera” ha devenido falso, al tiempo que la vida “falsa” se volvía más y más “verdadera” gracias a las redes sociales y a los foros, a los comentarios en páginas web, la difusión y el consumo de bulos y la popularización de las tecnologías que hacen posibles la falsificación de imágenes y el deepfake. No es necesario recordar que el relato de Teté (San Luis, Argentina, 1989) está inspirado en la historia real de Anna Allen, la actriz española que fingió haber estado en los Oscar en 2015. Los personajes de su libro son actores infantiles prematuramente fracasados, chicas que intentan llamar la atención de Woody Allen en una fiesta para obtener un papel en su nueva película, jóvenes que destruyen basureros por la noche y se convierten en fenómeno de internet, presidentes de clubes de fans que se disuelven.

Todos anhelan la fama —incluso el escarnio, si los pone en la mente de alguien— y a veces la consiguen solo para descubrir que lo que necesitaban era otra cosa. Y en eso se diferencian de los de la argentina Mariana Sández (Buenos Aires, 1973), para los que la fama no es un problema. Un adolescente que tiene que compartir las vacaciones con la nueva novia de su padre, una joven actriz que sabe que sólo obtendrá papeles secundarios (“relleno, madrastra, novia”) y quiere un hijo; un divorciado que sigue enamorado de su mujer y fuma demasiado; una pareja de enanos que les enseñan que no todas las familias felices son iguales: ‘Para que no sobre tanto cielo’, el primer cuento de Algunas familias normales, ya presenta la clase de personajes y situaciones (urbanas, realistas, contemporáneas) que caracterizará todo el libro. Una cierta comicidad y la oralidad de unos relatos que, como los de Teté, están narrados casi invariablemente en primera persona son las bazas de su autora, cuya literatura para el proverbial lector común funciona solo si este se identifica con los personajes.

El realismo de estos relatos (a veces enrarecido y grotesco, pero nunca muy distante de “la realidad”), a los que podrían sumarse los de Balneario, el debut del activista medioambiental y restaurador José Fliman (Santiago de Chile, 1950), tiene su reverso necesario en la realidad que postulan Tierra fresca de su tumba, el nuevo libro de la boliviana Giovanna Rivero (Montero, 1972); Señales distantes, del mexicano Antonio Vásquez (Tucson, Estados Unidos, 1988); Tefra, de la colombiana Viviana Troya (Pasto, 1992), y Diecinueve garras y un pájaro oscuro, de la argentina Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 1974), quienes continúan el repertorio de formas del cuento fantástico latinoamericano más tradicional y sus temas: la sordidez, la violencia, la enfermedad, el desarraigo, el cuerpo.

Hay un énfasis en lo cinematográfico y en el recurso visual y descriptivo, que caracterizan el estado del cuento en español

Rivero y Vásquez sitúan sus relatos en el tipo de escenario rural en el que la religiosidad cristiana y un paganismo que se resiste a desaparecer otorgan a los personajes la certeza de que los acontecimientos extraordinarios que viven tienen o pueden tener sentido. Bazterrica, por su parte, recurre a la ocultación de las causas incluso a ojos de los propios personajes, que a menudo acceden a ellas en un final “sorpresa” no siempre logrado, y además incorpora el humor y un mayor repertorio de formas narrativas. Troya reúne en Volcán cuentos muy breves, abiertos, que comparten el hecho de que sus personajes viven todos, como el cónsul famoso, bajo el volcán, en casas en las que “no llega el aire” y tiemblan, con paredes recorridas por grietas y tejados cubiertos de ceniza. Todo en su libro es frágil: la sintaxis, la unidad del relato, su adscripción a un género u otro, y esa fragilidad es su principal fortaleza.

Vásquez parece conocer muy bien la tradición en la que se inscribe. Y Rivero es una de las mejores autoras del extensísimo y muy irregular “nuevo realismo gótico latinoamericano” de los últimos años. Que sus cuentos hablen del peso de una religiosidad incomprensible, de la violencia contra las mujeres y los niños, y de la corrupción y la desaparición forzosa que tan recurrentes son en América Latina, y que en ellos escaseen las referencias temporales, hace que parezcan transcurrir en un tiempo fuera del tiempo, pero también, dada su relativa falta de novedad, que el lector tenga la impresión de que podrían haber sido escritos en 1970 o el último año. En los mejores (Señales distantes, de Vásquez; La mansedumbre, de Rivero) se pone de manifiesto la posibilidad de una realidad “otra”, situada a un costado de la que llamamos, por convención, “la” realidad. Pero no hay mucho en ellos que nos haga pensar que separar lo que es real de lo que no lo es resulta más complejo ahora que hace 50 años. Y tal vez la literatura fantástica actual debería abordar este problema, ya que desde hace algún tiempo parece evidente que hay otros mundos, sí, pero que están todos en este.

Naturalmente, sería magnífico que también lo hiciera el realismo: en él, tanto como en el fantástico, no todos los autores consiguen ampliar el repertorio de posibilidades con personajes distintos a los habituales, nuevas aproximaciones y tonos diferentes. Hay mucho de déjà vu en estos cuentos que, a menudo con un lenguaje sencillamente funcional, cinematográfico en su énfasis en el recurso visual y en la descripción, parecen caracterizar el estado del relato breve contemporáneo en español y el agotamiento de algunas de sus fórmulas. Pero también hay muy buenos cuentos en los libros pertenecientes a esta corriente (Literatura, de Sández; Amanecer en Buenos Aires, de Teté; Miedo a los fosfenos, de Troya; Tierra, de Bazterrica; Balneario y Estambul, de Fliman), y el lector disfrutará de ellos sin más si consigue no hacerse ciertas preguntas acerca de cómo se están narrando en este momento lo real y sus múltiples reversos.

Lecturas

‘Tierra fresca de su tumba’

Giovanna Rivero.

Candaya, 2021.

176 páginas. 15,20 euros.

 

‘Algunas familias normales’

Mariana Sández .

Compañía Naviera Ilimitada, 2021.

130 páginas. 8,25 euros.

 

'Nada nos puede pasar'

Nicolás Teté

Blatt & Ríos, 2021.

100 páginas. 6,99 euros (e-book).

 

'Tefra'

Viviana Troya.

Laguna, 2021.

92 páginas. 5,99 euros (e-book).

 

'Señales distantes'

Antonio Vásquez.

Almadia, 2021.

129 páginas. 17,99 euros.

 

'Diecinueve garras y un pájaro oscuro'

Agustina Bazterrica.

Alfaguara, 2020.

192 páginas. 7,99 euros (e-book).

 

'Balneario'

José Fliman.

Cuneta, 2020.

89 páginas. 12,30 euros.

 

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