tribuna libre
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Despatriada: una memoria personal del exilio

La primera vez que me exilié, en 1975, tenía 25 años. Hoy tengo 72. Por años me he opuesto a la entronización de este régimen que, paulatinamente, ha venido concentrando el poder y desmantelando la institucionalidad democrática

Una joven llora al escuchar el himno nacional de Nicaragua durante una protesta en abril de 2018, en Managua.
Una joven llora al escuchar el himno nacional de Nicaragua durante una protesta en abril de 2018, en Managua.Carlos Herrera

¿Me atraparán o no me atraparán? Esa es la amarga margarita que me tocó deshojar. Jamás pensé que volvería a tener que optar por el exilio luego de haber sido partícipe de una revolución que derrotó la tiranía de Anastasio Somoza en Nicaragua en 1979. A 42 años de aquello, heme aquí forzada de nuevo a dejar mi patria, ahora regida por un dictador de la peor especie: el que lucha contra una tiranía para imponer la propia. Eso es lo que ha hecho Daniel Ortega, secundado por su esposa. Ambos forman un binomio sui generis que ocupa, a pesar de las restricciones constitucionales sobre el nepotismo, los más altos cargos del Estado: presidente y vicepresidenta.

La primera vez que me exilié, en 1975, tenía 25 años. Hoy tengo 72. Por años me he opuesto a la entronización de este régimen que paulatinamente, desde 2007, cuando Ortega retornó a la presidencia del país, ha venido concentrando el poder y desmantelando la institucionalidad democrática. Esta labor de zapa se agudizó después de un alzamiento popular en 2018. La rebelión espontánea de una población cansada de abusos de poder fue aplastada a sangre y fuego, con la violencia de las armas. A pesar, sin embargo, de su costo ­—más de 328 personas asesinadas—, la población siguió manifestándose aun cuando se prohibieron las marchas o incluso desplegar la bandera del país con el escudo invertido. La resistencia se pagó con cárcel. El país se militarizó.

Las elecciones que debían realizarse en 2021, y la posibilidad de sacar a Ortega a través de los votos, animó a la oposición a entregarse a la organización electoral. Varias figuras destacadas, hombres y mujeres, surgieron como posibles candidatos. Había entusiasmo de acudir unidos a la contienda electoral. La pareja se asustó y decidió defender su poder a toda costa. Desde junio de este año, y asistida por leyes pasadas a la carrera por una Asamblea dominada por Ortega, se inició una redada que condujo a prisión a todos los aspirantes a candidaturas presidenciales, a las principales figuras de oposición y a los escritores y formadores de opinión pública, incluyendo icónicos líderes del sandinismo revolucionario, excompañeros de Ortega en la lucha contra el somocismo. Contra todos ellos se han levantado cargos falsos, ya sea de lavado de dinero por dirigir ONG, ya sea por una ley de diciembre de 2020: la Ley de Defensa de los Derechos del Pueblo a la Independencia, la Soberanía y Autodeterminación para la Paz. Esta ley amplia y ambigua faculta a las autoridades al servicio del régimen a declarar “traidores a la patria” a cualquiera que, a su juicio, atente contra la nación, entendida ésta como el coto privado del presidente y su esposa. El Estado son ellos, y quien esté en contra de ellos y su poder omnímodo puede ser acusado de traición a la patria y condenado a largas sentencias.

De acuerdo a esa ley y su manera de interpretarla, yo sería acusada de traición a la patria por lo que escribo y denuncio y por haber sido presidenta de PEN y luchado por los derechos de los periodistas y la libre expresión desde 2013, cuando fui elegida para ese cargo. Me atraparían, sin duda. Pasaría a engrosar el número de la reciente redada de 36 opositores y de otros 140 prisioneros políticos. A los más recientes les han impuesto una modalidad carcelaria violatoria de sus derechos humanos en extremo: llevan más de 100 días incomunicados en celdas, con luces que no se apagan por la noche, con escaso alimento e interrogatorios intempestivos a diario. No les han permitido un libro, ni un papel, ni un lápiz. La mayoría lucen famélicos. Han perdido entre 10 y 30 libras. Solo una vez, por media hora, han podido ver a sus familiares y abogados, todo el tiempo vigilados, filmados y acosados por sus carceleros.

Mi opción por el exilio es también una condena. Igual que mi compañero de letras Sergio Ramírez, mi situación es precaria, pero mientras tenga manos para escribir y aliento para hablar, mientras la comunidad de naciones oiga y decida no dejar sola a Nicaragua y su gente, ni Ortega ni su esposa se librarán de mí. Escogí las palabras, como digo en este poema.

No tengo dónde vivir

No tengo dónde vivir.

Escogí las palabras.

Allá quedan mis libros

Mi casa. El jardín, sus colibríes

Las palmeras enormes

Las apodadas Bismarck

Por su aspecto imponente.

No tengo dónde vivir.

Escogí las palabras.

Hablar por los que callan

Entender esas rabias

Que no tienen remedio.

Se cerraron las puertas

Dejé los muebles blancos

La terraza donde bailan volcanes a lo lejos

El lago con su piel fosforescente

La noche afuera y sus colorines trastocados.

Me fui con las palabras bajo el brazo

Ellas son mi delito, mi pecado

Ni Dios me haría tragármelas de nuevo.

Allí quedan mis perros Macondo y Caramelo

Sus perfiles tan dulces

Su amor desde las patas hasta el pelo.

Mi cama con el mosquitero

Ese lugar donde cerrar los ojos

E imaginar que el mundo cambia

Y obedece mis deseos.

No fue así. No fue así.

Mi futuro en la boca es lo que quiero

Decir, decir el corazón, vomitar el asco y la ranura.

Queda mi ropa yerta en el ropero

Mis zapatos, mis paisajes del día y de la noche

El sofá donde escribo

Las ventanas.

Me fui con mis palabras a la calle

Las abrazo, las escojo

Soy libre

Aunque no tenga nada.


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