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Columna
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El buqué de la muerte

En un ‘tomazo’ de 800 páginas investigo por puro morbo los malos olores: de las axilas, de los pies, de los ‘genitalia’, hasta la cadaverina y demás olores de la descomposición

El escritor Andrea Camilleri (1925 - 2019), fotografiado en Roma en el año 2000.
El escritor Andrea Camilleri (1925 - 2019), fotografiado en Roma en el año 2000.Leonardo Cendamo (Getty Images)

1. Cadáveres

Mientras paso de asistir al Liber con mariachis de este año (tranquilos, allí nadie me echa de menos), leo con una mezcla de fascinación y vomitiva repulsión el capítulo dedicado a los olores de los cadáveres en el documentadísimo manual Aromas del mundo (Debate), de Harold McGee, el científico especializado en nutrición y gastronomía del que la misma editorial publicó (en 2017) La cocina y los alimentos, un libro imprescindible para saber de verdad qué es lo que comemos. En el nuevo, un tomazo de 800 páginas en el que consignan todos los aromas que en el mundo existen (desde los más exquisitos a los más repugnantes, incluidos los que produce nuestro cuerpo), investigo por puro morbo los malos olores: de las axilas, de los pies, de los genitalia, hasta la cadaverina y demás olores de la muerte y de la descomposición. De cadáveres de todo tipo, con o sin olores, se nutren los thrillers, una de las lecturas que frecuento para olvidarme de mi destino inevitable y final (y, ya puestos, también del de ustedes, mis improbables lectores). Entre los últimos leídos destaco dos que me han hecho pasar buenos ratos durante el largo puente pilarino. En El método Catalanotti (Salamandra), de Andrea Camilleri, publicado originalmente el año antes de la muerte de su autor (2019), Salvo Montalbano y su equipo habitual (de Augello a Catarella) tienen que resolver el enigma de un cuerpo sin identificar y el asesinato del director de teatro Catalanotti. Una historia entretenida en la que, sin embargo, abundan las reflexiones sobre el paso del tiempo; y con una novedad: Montalbano, ya un poco mayor, se enamora de verdad, nada de los ingenuos flirteos a los que nos tiene acostumbrados. Por su parte, ¿Quién es Maud Dixon? (Alianza de Novelas), de Alexandra Andrews, es un thriller tan perverso como entretenido cuya trama, que transcurre entre Nueva York, los Catskills y Marraquech, recuerda (mucho) en algunos aspectos a la de El talento de Mr. Ripley (1955), de Patricia Highsmith, con cambios de personalidad incluidos.

2. Antropocenos

El Holoceno, la última de las épocas en que, basándose en las pruebas estratigráficas, se han dividido oficialmente los 4.600 millones de años de historia geológica de la Tierra, es la última fase del cuaternario. Se trata de un periodo interglaciar que comenzó hace apenas 12.000 años, y en el que se extendió el dominio del Homo sapiens, es decir, de nuestros más directos antepasados. Pero, como se sabe, son ya muchos los científicos que creen que se han multiplicado exponencialmente los indicios (también estratigráficos) que dan a entender que esa época en la que ha florecido nuestra civilización ya ha dado paso a otra a la que llaman Antropoceno y que quizás pronto será reconocida oficialmente por la comisión correspondiente de la International Union of Geological Sciences, la instancia que confiere validez oficial a los descubrimientos geológicos. Leo en el último número (septiembre de 2021) de la Monthly Review, la prestigiosa revista marxista fundada en 1949 por Paul Sweezy y Leo Huberman, un interesante artículo que preconiza que, del mismo modo que cada época geológica se subdivide en edades atendiendo a sus características comunes (el Holoceno, por ejemplo, se divide en tres: Groenlandiense, Norgripiense y Megalayense, que es la última), la primera era geológica del Antropoceno debería denominarse Capitaliniana (Capitalinian) porque en ella, al tiempo que la primera explosión nuclear (1945) demostró que la humanidad ya se había dotado de un poder capaz de afectar a la Tierra a escala geológica, surgió y se afianzó la última y más depredadora fase del desarrollo económico: el capitalismo monopolista global. Tengo que reconocer que casi produce ternura el empeño de ciertos pensadores marxistas (en este caso de John Bellamy Foster y Brett Clark) por construir taxonomías para cuadricular y mapear el mundo y todo lo que contiene. Y la cosa no queda ahí: incluso aventuran que la segunda era del Antropoceno podría ser la Communian, en la que la actual crisis civilizatoria daría paso (no queda muy claro cómo, si con un bang medioambiental o con uno revolucionario) a una civilización enraizada en el uso comunitario de las cosas. Yo, pesimista por naturaleza y que siempre consideré a los socialistas utópicos como maestros de la ciencia ficción, pienso que nuestra planetaria “crisis existencial” tiene mal arreglo. Pero, bueno, “pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad”: esa debería ser la consigna de, nosotros, los últimos terrícolas.

3. Rafa

Leo compulsivamente el primer volumen de los Diarios de Rafael Chirbes (1949-2015) y vuelvo a verlo tal como era en carne y alma, algo que ninguna novela, ni siquiera las suyas, en las que no ahorró motivos autobiográficos, puede lograr. Lo veo tal como era, con su voraz pasión por la literatura y el cine (él me descubrió a Galdós —con Lo prohibido— y Balzac, cuando yo solo tenía ojos para Carson McCullers, Faulkner y Godard). Autor de algunas de las novelas más brillantes y significativas de la primera década del siglo XXI, Chirbes no paró nunca de escribir: sobre lo que le sucedía, sobre lo que le hacía sufrir, sobre lo que leía, sobre cómo escribía; vistos desde el presente, estos Diarios que nunca pensó en publicar y que, quizás por eso, son tan desarmadamente valientes, constituyen el verdadero descensus ad inferos literario que estuvo intentando toda su vida, y del que su novela póstuma, París-Austerlitz (2016), que empezó a escribir 20 años antes de que se publicara, constituye una (parcial) plasmación novelesca. Como toda su obra, los Diarios están publicados por Anagrama (Chirbes sentía verdadera adoración por Jorge Herralde). Si desean conocer mejor al autor de Crematorio (2007) y En la orilla (2013), no se los pierdan.

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