Fray Luis de Granada, superventas del siglo XVI, da gracias a la vida

El religioso dejó constancia de su incansable asombro por las maravillas del mundo en ‘Introducción al símbolo de la fe’

Fray Luis de Granada, por Francisco Pacheco (1564-1644).
Fray Luis de Granada, por Francisco Pacheco (1564-1644).Album / Oronoz

Los turistas atraviesan la plaza emboscados tras sus cámaras. Los comensales conversan apenas, atentos a una luz de sus dispositivos. Los transeúntes ni levantan la cabeza. Andamos enredados en una maraña de redes y pantallas, viviendo tan atropelladamente que no atendemos a lo que nos rodea. Pero vivir también implica reparar en el mundo. Es lo que hizo Fray Luis de Granada cuando, tras mucho estudiar y cerca ya de los 80 años, levantó los ojos de sus libros para contemplar el gran libro de la naturaleza. El fruto de esa visión fue la Introducción del símbolo de la fe, impresa en 1583, donde dejó constancia de su estupor ante tanta maravilla. De ese asombro le vino el gozo de contemplar y la gratitud por poder disfrutar de una creación que él atribuía a la divinidad.

Esa idea de la contemplación, que empezaba en el mundo y terminaba en Dios, le trajo algunos dolores de cabeza. Sus obras fueron incluidas en el Índice de libros prohibidos con un arbitrario parecer de otro gran teólogo contemporáneo, Melchor Cano, que para más inri era su compañero en la orden de Santo Domingo. Pero al enemigo hay que buscarlo en casa. La causa de esa inquina pudo estar en el éxito descomunal del que Fray Luis disfrutó en vida, primero como pre­dicador y luego como escritor. Porque el superventas de la época —que nadie se engañe— no fue Cervantes ni Lope, ni el Lazarillo ni La Celestina; fue Fray Luis de Granada, que contó sus ediciones por cientos, que se tradujo de inmediato al inglés, francés, italiano e incluso al japonés, y que encontró lectores entre reyes y villanos, entre grandes prelados y mozas de cántaro.

Por más que tratara de Dios y de su existencia, la Introducción no era —ni es— un infumable ladrillo teológico. De hecho, se leyó como un libro de entretenimiento honesto y devoto, no muy distinto a nuestras mejores series. Sus lectores lo encontraban ameno, su lengua se les hacía franca y directa, contagiaba alegría de vivir, se mostraba erudito sin pedantería y rebosaba de gustosas curiosidades. Valga como botón de muestra el caso con que ilustra la industria de unas aves rapaces que lanzan a los galápagos contra las peñas para romper la concha y aprovechar la carne. Fray Luis ejemplificó ese ingenio animal con un águila que vio resplandecer lo que creía una roca y resultó ser la calvorota de un excelso vate: “Por esta ocasión murió el insigne poeta Esquines; porque, siendo él calvo y teniendo la cabeza descubierta, un águila, creyendo que era alguna piedra, dejó caer el galápago sobre ella, y de esta herida murió”. Cosas que pasaban en la antigua Grecia.

Esa condición de clásico indiscutible para sus contemporáneos es la razón por la cual Fray Luis ocupa un lugar señalado en la Biblioteca Clásica de la Real Academia, como parte de ese pequeño e imprescindible canon hispánico que Francisco Rico viene trazando con sus 111 títulos. Fidel Sebastián Mediavilla ha sido el encargado de editar y recuperar la Introducción al símbolo de la fe para los lectores del siglo XXI. Lo ha hecho con pulcritud y sencillez, partiendo de los últimos textos revisados por el autor para establecer el suyo y acompañándolo de unas notas que ayudan puntualmente en la lectura sin llegar a entorpecerla. Y es que Fray Luis, como buen predicador, apenas precisa de mediación, ya que supo dirigirse por igual a gentes de toda ciencia y pelaje.

Ahora que pasamos por el mundo sin mirarlo, se hace imprescindible esta extraordinaria guía para disfrutar de la realidad. Fray Luis de Granada recorrió la obra divina con ojos limpios y sin el más mínimo rastro de cinismo. Bajo la noche estrellada se pregunta: “¿Quién pudo criar tan gran número de lumbreras y lámparas para dar luz al mundo?”. Observó con espíritu moderno a los animales, admiró la perfecta máquina del cuerpo humano, se embelesó ante lo mínimo y no tuvo empacho en detenerse en cosas que a otros pudieran parecer baladíes y hasta sórdidas. Por eso quiso llamar la atención sobre nuestras posaderas, “cojines naturales para estar asentados sin trabajo”; se sorprendía de que las heces se “despidan por su desaguadero, el cual está en la más escondida parte del cuerpo”; y hasta se acordó del palo de Indias, que curaba la sífilis, por más que tal dolencia tuviera su razón en el fornicio desordenado. Pero la bondad de Dios resultaba infinita, y Fray Luis siempre encontró ocasión para dar las gracias.

Perdidos, como andamos, en el laberinto virtual de la posmoder­nidad, la Introducción al símbolo de la fe nos invita a contemplar el mundo con una curiosidad inocente y atenta. Y, por encima de las miserias diarias, nos lleva desde las cosas tangibles hasta nosotros mismos con la confianza y la alegría sencilla, pero real, con la que el fraile granadino supo explicar el mundo. El suyo y el nuestro.

portada 'Introducción del símbolo de la fe', FRAY LUIS GRANADA. REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Introducción al símbolo de la fe 

Fray Luis de Granada. 
Edición de Fidel Sebastián Mediavilla.
Real Academia Española, 2021.
504 páginas. 26,90 euros

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