Ragnar Kjartansson, un artista en el corazón podrido de América

Las celebradas e hipnóticas instalaciones de vídeo del creador islandés, expuestas en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, inspeccionan el lado oscuro de los mitos estadounidenses

El artista Ragnar Kjartansson, retratado en el Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid) a finales de febrero, frente a algunas de sus acuarelas de temática americana.
El artista Ragnar Kjartansson, retratado en el Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid) a finales de febrero, frente a algunas de sus acuarelas de temática americana.INMA FLORES (EL PAIS)

El concierto tiene lugar dentro de una vieja mansión situada junto al río Hudson, que a tantos artistas estadounidenses inspiró hace un par de siglos. Entre molduras doradas y bustos neoclásicos, nueve músicos islandeses —entre ellos, miembros de Múm y Sigur Rós— interpretan una canción folk en habitaciones distintas. Alguien toca el banjo en la biblioteca. El pianista sorbe un whisky en el salón y el batería marca el ritmo desde la cocina. La violoncelista aúlla desde la planta de arriba, mientras el guitarrista acaricia sus cuerdas en una cama deshecha, con una mujer durmiendo a su lado. Metido en la bañera, Ragnar Kjartansson interpreta una triste cantinela que repite hasta la saciedad una misma frase: “Una y otra vez, vuelvo a caer en lo femenino”.

Esta hipnótica instalación de vídeo, repartida en nueve pantallas gigantes, es el plato fuerte de Paisajes emocionales, la exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza dedica al artista islandés, la primera de esta envergadura en España. Dura 64 minutos, pero se hace corta. Su significado es un tanto opaco, pero se diría que Kjartansson ejerce de portavoz de una mujer ausente, que se sometió a los deseos de su compañero en detrimento de los suyos propios. Más tarde, descubriremos que la letra fue escrita por su ex, la artista Ásdís Sif, que dejó constancia del fracaso de su matrimonio con esta canción pensada como “un coro góspel nihilista”, que describe cómo las estrellas explotan en el cielo sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo. No es casualidad que el vídeo en cuestión se titule The Visitors, como el último disco de Abba, con la doble separación de sus miembros como telón de fondo. Poco después de su ruptura, Kjartansson grabó este réquiem por su relación, en el que la parte entonada por cada músico se escucha con mayor nitidez cuando el visitante se acerca a cada pantalla. Este impecable ejercicio de sincronización requirió una semana de ensayos. Después se rodó en una sola toma al atardecer, en esa paradójica hora dorada que suele llegar cuando se marcha el sol.

'The Visitors' (2012), en la exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).
'The Visitors' (2012), en la exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).Roberto Ruiz

Hace un par de años, The Guardian la escogió —en una lista extremadamente discutible, como lo son todas— como la obra de arte más importante de lo que llevamos de siglo. Desde 2012, no ha dejado de ganar adeptos a su paso por los grandes museos del mundo, maravillando con su elegía por un amor que fenece cuando la juventud acaba, en la fase terminal de la treintena. De repente, Kjartansson dejó de ser un nombre pujante para convertirse en estrella de un videoarte convertido, por fin, en un invento apto para las masas. “No fue deliberado. No quise convertirme en el Ed Sheeran del arte”, sonreía Kjartansson, enfundado en un impecable traje de raya diplomática de terciopelo, durante su paso por Madrid para inaugurar la muestra. Impulsada por TBA21, la fundación de arte contemporáneo que preside Francesca Thyssen, la exposición propone un diálogo apasionante entre cuatro instalaciones de Kjartansson, todas ellas de temática estadounidense, y la colección de arte americano del museo madrileño. Los vídeos del artista islandés aparecen rodeados de idílicos cuadros pintados por Thomas Cole, Frederic Church, Winslow Homer o George Catlin, que desprenden una fascinación beata por el paisaje, pilar del patriotismo estadounidense.

Su mayor influencia es el arte feminista, “lo mejor que le ha pasado al siglo XX después de Duchamp y Malévich”

Kjartansson, en cambio, se esfuerza en examinar el corazón oscuro que late bajo esos cuadros, otro clásico del repertorio cultural de EE UU. “Me parecen un poco perversas. Son estampas bellísimas, pero esconden algo. Pueden ser entendidas como pinturas de guerra que reclaman una tierra e incluso justifican la masacre de los nativos americanos”, asegura. El carácter ilusorio de ese imaginario reaparece en el resto de sus obras. Sobre todo, en The End (2009), evocación del mito de la frontera con la que representó a su país en Venecia. Al descubrir sus paisajes nevados, se dio por seguro que la había rodado en Islandia. En realidad, la filmó en Canadá, invirtiendo el pastiche de aquellos artistas decimonónicos que pintaron las Montañas Rocosas como si fueran los Alpes.

'The End' (2009), con la que Kjartansson representó a Islandia en la Bienal de Venecia, se acercaba al imaginario estadounidense de la frontera.
'The End' (2009), con la que Kjartansson representó a Islandia en la Bienal de Venecia, se acercaba al imaginario estadounidense de la frontera.

La dilatación temporal y la repetición ad nauseam de una misma frase son elementos recurrentes en su obra, como vuelve a demostrar God (2007), donde satiriza el imaginario de los crooners como Frank Sinatra o Tony Bennett. Una posible influencia de la liturgia religiosa en el artista adolescente, que iba para cura antes de perder la fe. “Me sentía ridículamente superior frente a quienes no creían en la existencia del niño Jesús”, se carcajea. Otra constante: en casi todas sus obras, Kjartansson tiene un papel protagonista ante la cámara, tal vez por un gusto casi innato por la interpretación, al ser hijo de actores. Él encuentra otra explicación más convincente: cuando era estudiante en Reikiavik, cursó un seminario sobre arte feminista que le cambió la vida. En él descubrió la obra de artistas como Marina Abramovic o Carolee Schneemann, su futura mentora. Les bastaban sus cuerpos, un puñado de ideas radicales y una cámara de vídeo para hacer arte. “Me pareció brutal respecto a los tibios artistas hombres de la época. Es lo mejor que le ha pasado al arte del siglo XX después de Duchamp y Malévich”, dice. Le dejó también una profunda marca personal: “Entendí que mi identidad era el problema. Aún estoy lleno de masculinidad tóxica. Aspiro a desprenderme de ella, y eso se refleja en mi trabajo”.

Rusófilo declarado y residente en San Petersburgo en su juventud, vive con perplejidad los últimos acontecimientos. Hace unos días suspendió su nuevo proyecto en el centro de arte GEC-2 de Moscú: una reconstitución, capítulo a capítulo, de Santa Barbara, la primera serie estadounidense que se emitió tras la caída de la URSS, recreada en directo “con un 30% de actores ucranios”. “Mi obra hablaba de la Rusia que emergió tras la Unión Soviética. Esa Rusia ha terminado. Ahora ya es un Estado fascista en toda regla”.

‘Paisajes emocionales’. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 26 de junio.

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Sobre la firma

Álex Vicente

Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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