Convivencia fatal: el caso de la mujer que mató a sus vecinos por el ruido de sus mascotas

La escritora Susana Martín Gijón repasa en primera persona la brutal muerte de un hombre y una mujer a manos de su vecina en Dos Hermanas. Un caso que conmovió a la sociedad sevillana en 2020. Escenarios y temas coinciden con sus novelas, pero esto es real

El coche con el que Joyce Greyce atropelló a dos vecinos en una finca de Dos Hermanas (Sevilla), remolcado por una grúa en julio de 2020.
El coche con el que Joyce Greyce atropelló a dos vecinos en una finca de Dos Hermanas (Sevilla), remolcado por una grúa en julio de 2020.PEPO HERRERA (EFE)
Susana Martín Gijón
15 ago 2022 - 03:30

En julio de 2020, un doble asesinato en Dos Hermanas conmocionó a la sociedad sevillana por su grado de brutalidad. Dos años después, con la autora confesa, Joyce Greyce, a la espera de juicio, la escritora Susana Martín, que en novelas como ‘Progenie’ o ‘Especie’ ha abordado los grandes temas que recorren este caso, repasa las claves del crimen y aporta información esencial para entender el contexto.

Es verano en Sevilla y todo el que puede huye a la playa. Pero ya sabemos que el mal no descansa: un doble asesinato acaba de cometerse en Dos Hermanas, a apenas 15 kilómetros de la capital. El Grupo de Homicidios está en cuadro. Los que no tienen la suerte de remojarse en agua salada se personan sin demora en la urbanización Vistazul. Son las tres de la tarde, no hay sombra bajo la que cobijarse y el sol cae a plomo sobre los policías, a los que les suda hasta el alma.

Pero cuando contemplan la masacre, se les cuela un escalofrío parecido al que uno sentiría en una noche gélida de invierno. Los cadáveres sanguinolentos de un hombre y una mujer yacen a la espera de ser retirados y, como la autopsia revelará más tarde, ambos han sido atropellados, golpeados con una piedra y apuñalados hasta la muerte. Alevosía y ensañamiento a raudales.

¿Qué? No, no, esperen. Esto no tiene nada que ver con Camino Vargas, ni con Pascual, ni con Fito, ni con ninguno de los componentes de ese Grupo de Homicidios ficticio que persigue asesinos por las calles de Sevilla. Me temo que les hablo de un caso real. Ocurrió el 24 de julio de 2020. Tres días después, el juzgado ordenaba el ingreso en prisión provisional de la presunta autora de este doble crimen.

¿Presunta? Es lo que hay que decir prima facie, ya saben. A día de hoy, Joyce Greyce sigue a la espera de juicio. Pero lo cierto es que esta vecina de la pareja reconoció los hechos desde el primer momento, y lo hizo con una determinación pasmosa. Contó que no podía más, que actuó movida por el odio y, literalmente, manifestó a los policías que acudieron a la vivienda:

— Porque me fallaron las fuerzas, que les habría arrancado la cabeza.

Además, y esto es casi lo más insólito, dio a conocer sus razones: el matrimonio tenía unas mascotas muy ruidosas.

Y es que aquel viernes de julio, Joyce había decidido que no iba a aguantar más. Madre de tres hijos, llamó a su expareja antes de cometer los crímenes para asegurarse de que quedarían bajo su cuidado.

— Por si ocurre algo importante.

Algo importante como, por ejemplo, masacrar a tus vecinos hasta la muerte. Los informes de autopsia señalan el mismo patrón lesivo en las dos víctimas: primero fracturas óseas y abrasiones producidas por el atropello, luego politraumatismos y contusiones al ser golpeados con un pedrusco, y finalmente heridas en zonas vitales causadas por arma blanca —un cuchillo de cocina de 14 centímetros de hoja—.

A sangre fría

Haciendo uso de la misma sangre fría con la que Joyce avisó primero a su exmarido y perpetró los crímenes después, al finalizar su tarea se metió en la ducha —estaría de sangre hasta el corvejón—, guardó la ropa manchada y preparó un macuto con algunas prendas limpias, previendo ya su captura por las fuerzas del orden. Cuando los policías llamaron a la puerta, hubieron de enfrentarse a una respuesta cuanto menos sorprendente:

— Esperen un poco, estoy terminando de asearme.

Pero antes de la ducha, Joyce quería dejar todo bien atado. Llamó a su hija de 14 años, la mayor de los dos que vivían con ella, para ponerla al día. La chiquilla se encontraba en casa de una amiga y oyó lo ocurrido de voz de su madre.

— Los he matado.

Una vez pronunciada la espeluznante sentencia, Joyce le dijo que le pasara el teléfono a la madre de la amiga, a quien le pidió que se hiciera cargo de ella hasta que el padre la recogiera. Luego mandó a su hijo pequeño, de 12 años, a unirse a su hermana. El niño se encontraba en la casa. Estremece pensar lo aterrorizado que estaría al ver aparecer a su madre de esa guisa. Por último, volvió a llamar a su ex y le pidió que se encargara de los dos hijos. Ahora sí, solo le restaba asearse y esperar.

Un móvil muy animal

Pero volvamos al casus belli de esta historia: los animales ruidosos de los vecinos como límite de una convivencia tolerable para Joyce. Y es que la cosa no iba de un par de perritos. Manuel y Cristina habían creado un refugio en su vivienda, Asociación Sevilla Felina. En total, daban acogida a unos 60 gatos y perros. Ladridos, maullidos, carreras arriba y abajo. Menuda juerga a la hora de la siesta.

Joyce llevaba años quejándose de las molestias que le causaban los animales, y Manuel y Cristina le recriminaban a su vez la falta de atención a sus propios hijos. Ella llegó a temer que llamaran a los servicios sociales, quién sabe si podían quitarle a los niños. Y entretanto, los gatos a sus anchas. Fue más de lo que pudo soportar.

Por aquellas fechas, yo había hecho mi propia inmersión en refugios a raíz del proceso de documentación de Especie, novela negra que tiene el trato que damos a los animales como telón de fondo. Incluso llegué a pasar unos días en La Candela, santuario sevillano donde pude conocer la ingente y desagradecida tarea de estas personas, que se las ven cada día con la incomprensión del resto de la sociedad y de la propia administración. Lo único que quieren, entendí, es algo tan humano como dar un final de vida digno a animales rescatados de un destino cruel.

Contacté con Lucía, administradora de La Candela, y me contó que los refugios y protectoras de la ciudad se habían movilizado para ayudar al tropel de nuevos huérfanos. En su caso, donaron todos los tests diagnósticos necesarios para comprobar la vacunación de los gatos.

No fueron los únicos que actuaron. La Policía Nacional hubo de personarse en la vivienda, previo mandamiento judicial, para darles de comer y beber (aquí los lectores de Progenie sin duda reconocerán a Pascual Molina estornudando al tiempo que rellena táperes con agua fresquita). Tres días después, las fuerzas del orden regresaban para supervisar un operativo de retirada de animales.

A partir de ahí, fue tarea de los voluntarios tratar de encontrarles un hogar a todos estos huérfanos para que no acabaran, ellos también, sacrificados.

El coche con el que Joyce Greyce atropelló a sus vecinos.
El coche con el que Joyce Greyce atropelló a sus vecinos.PEPO HERRERA (EFE)

El proceso

Desde entonces, la justicia ha ido dando sus pasos al ritmo cachazudo al que nos tiene acostumbrados. A Joyce se le tomó declaración, en la que siguió admitiendo su culpa, y durante los meses siguientes tuvo lugar una ronda de testigos que concluía en diciembre con la comparecencia de su pareja actual, quien afirmaba que consumía mucho hachís y que había dejado la medicación que tenía prescrita contra la depresión.

El 8 de enero de 2021, la Fiscalía de Sevilla imputaba a Joyce los dos delitos de asesinato con alevosía y ensañamiento. Y ya en abril de este año, conocíamos los resultados del estudio psiquiátrico: trastorno mixto de personalidad con rasgos límites y paranoides, sumado a un trastorno por consumo de cannabis. Se daba por probado que Joyce tenía alterada su capacidad de reacción y comprensión de los hechos.

A día de hoy, el caso sigue en la Audiencia Provincial a la espera de celebrar un juicio con jurado. Entre tanto, Joyce ha tenido que ser trasladada de prisión desde la cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaíra (Sevilla) debido a sus amenazas a otras reclusas, a quienes tenía intimidadas. No sabemos si ellas también metían mucho ruido.

En sus zapatos

Es difícil ponerse en el lugar de un criminal, mucho más si el crimen es tan salvaje como el que hoy les narro. Es más difícil aún si esa persona tenía problemas de salud mental. ¿Cómo imaginar el infierno de cada uno, sin siquiera conocer qué le ha llevado hasta ahí? Joyce Greyce no tuvo un pasado fácil. Viajó desde Brasil en busca de una oportunidad. Como tantas otras perdedoras en este juego, la vida no le dio cartas y terminó recurriendo a la prostitución. Pero hasta a los perdedores les cae una mano en condiciones alguna vez. En el club de alterne, la brasileña conoció al futuro padre de sus hijos. Se casó, conquistó una vida más normalizada que fue capaz de sostener por algunos años. Hasta que las cosas se truncaron y llegó el divorcio. Joyce se trasladó con sus hijos a la urbanización de Vistazul, ignorando que allí todo se torcería aún más. Ruidos, olores, una discusión tras otra. Y algo en su interior, algo que había resistido todos aquellos embates vitales, se quebró de repente.

Sin entrar a valorar si Manuel y Cristina traspasaron los límites de la convivencia, está claro que la pareja representaba el reverso del egoísmo rampante en una sociedad donde cada verano muchos abandonan a sus mascotas como muebles que comienzan a estorbar. Quizá obsesionados con ofrecer un hogar a gatos tuertos, desorejados, reponiéndose de un atropello, de un abandono que no comprenden, de todos esos zarandeos que la vida también les había dado, no supieron ver que el aguante de su vecina estaba a punto de desbordarse.

Susana Martín Gijón es escritora. Creadora del personaje de la inspectora Camino Vargas, sus casos pueden leerse en novelas como ‘Progenie’, ‘Especie’ y ‘Planeta’, publicadas por Alfaguara (colección Negra).

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