Decirle a tu pareja que tiene halitosis (o que no quieres ir a comer con sus padres) y salir indemne es posible

Hasta es posible que refuerce la relación... si uno sabe cómo se tratan asuntos tan delicados

ZoneCreative S.r.l. (Getty Images)

Que levante la mano quien viva (o haya vivido) en pareja y no tenga (o haya tenido) pendiente lidiar con una conversación difícil. Que no quieres comer todos los domingos en casa de su madre, que no hace otra cosa que hablar de su trabajo, que le huele el aliento, que ese pantalón ya no le queda tan holgado, que lo va a reventar si sigue poniéndoselo... Motivos, banales o profundos, nunca faltan.

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Paradójicamente, son conversaciones que habitualmente cuesta menos tener con quienes hay menos confianza que con la pareja, precisamente donde más debería haberla. Y son temas que el silencio puede acabar convirtiendo en tabú. Si sientes que navegas en arenas movedizas solo de pensarlo, respira profundamente, porque ha llegado la hora de destapar ese tema de conversación difícil y no morir en el intento.

Ni por ti ni por mi, esto es por nosotros

Una teoría del psicólogo estadounidense Robert Sternberg dice que cualquier relación consta de intimidad, pasión y compromiso, y que en función de cómo se establezcan estos componentes se generarán unas bases más o menos sólidas para tratar cualquier asunto. Según este esquema, una pareja fatua es aquella en la que no existe intimidad, que ha dejado vacío un hueco que se llena de secretos. La situación puede nacer de las características personales. “Si uno de los miembros de la pareja es tímido o le cuesta plantear los temas, por ejemplo, es el otro quien echará una mano. El problema puede aparecer cuando los dos son tímidos”, explica Marta de Prado García, psicoterapeuta y autora del libro Cómo te relacionas en pareja (LoQueNoExiste). Pero la personalidad no siempre explica el silencio.

¿Y si lo que hay es miedo? ¿Y si lo que pasa es que no se quiere decepcionar? ¿Y si falta confianza? La respuesta afirmativa a cualquiera de estas tres preguntas definen una mala relación de pareja”, señala De Prado. La pareja debe confiar y ser cómplice. Y aunque siempre va a haber un momento en el que vamos a decepcionarla (porque somos diferentes, generamos expectativas, hay malentendidos, no nos comunicamos bien), lo compensaremos con otras cosas”. Es eso o dejar que la bola de nieve crezca demasiado como para detener su avance arrollador...

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Toca afrontar el asunto cara a cara, tal y como proponen los expertos. Eso sí, mientras coinciden en que lo ideal es hablarlo todo apuntan que hay que fijarse bien tanto en el contenido como en la forma de comunicarlo. Sobre todo hay que analizar si suma (o multiplica) a la vida en pareja. Cuando se pone un pantalón apretado porque ha engordado, subrayar este hecho solo resta cuando nadie ha pedido esa opinión. El límite entre la verdad y una mentira piadosa es que sientas que tu pareja hará el ridículo y se sentirá mal después, como expone la psicóloga Patricia Ramírez en el libro Diez maneras de cargarte tu relación de pareja (Grijalbo).

A la hora de tratar aspectos cotidianos, quitarle hierro al asunto puede ayudar, sobre todo cuando la solución es fácil. Si la pareja tiene halitosis, le huelen los pies o tiene un grano en la punta de la nariz, por ejemplo, “no es necesario ser borde, es mejor echar una mano. Un ‘cariño, he comprado un colutorio mentolado que te vendrá genial’ basta”, sugiere De Prado. Cuando los temas son más serios es importante contar con más estrategias. Por ejemplo, cuando a alguien no le apetece ir a comer con su suegra todos, todos, todos los domingos —y quien dice suegra, dice familia al completo, cuñados incluidos—. Para poner sobre la mesa lo que opinas, en lugar de decir ‘no soporto a tu familia’ o ‘estoy saturada de este plan todos los santos fines de semana’, quizá sea más eficaz ‘hoy no me apetece ir a comer donde tu madre, pero, ¿qué te parece si voy el próximo día sin falta?’.

Ahora bien, esto se puede decir tras algunos años de convivencia, cuando el factor confianza está más que trabajado. ¿Y si la relación está empezando? “Comparte desde el primer momento lo que te ha parecido, cómo te has sentido, si ha habido algún episodio especialmente molesto, e intenta avisar de que querrás dosificar: ‘vendré cuando pueda, pero a veces me apetecerá más quedarme en casa o hacer otro plan”.

Para la terapeuta familiar, las fronteras que no se pueden traspasar son la de la agresión y la del dolor. “Decir ‘estoy harto de tu trabajo’ es agresivo y, además, ¡a ti qué más te da! No te compete. No es tu trabajo. Sin embargo, otra cosa es que quizá te afecte directamente su horario”. La psicóloga propone decirlo de manera más empática y en positivo. “Se puede decir todo lo que quieras, pero siempre y cuando ayude a construir en la pareja y vaya a aportar algo, no a generar un conflicto mayor. ¿Qué tal si en el ejemplo del trabajo, decimos, ‘no nos cuadran los horarios, vamos a buscar un momento en el que nos dediquemos solo a nosotros’?”. La forma lo cambia todo...

Ni un maestro de la argumentación se libra de los problemas

De todas las variables que intervienen en cualquier conversación, hay dos de alto impacto: la argumentación y la empatía. La argumentación tiene que ver con el mensaje, con qué se dice, y la empatía con quiénes son los interlocutores. El consultor y conferencista Álvaro González-Alorda recomienda en sus charlas “establecer una ‘preconversación’, tantear el terreno, buscar un canal de sintonía con algún gesto amable, cariñoso, además de ensayar una conversación interior previa: saber qué se pretende conseguir con la conversación”. Un buen argumento será directo, nada de irse por las ramas, afectuoso, sin juicios, sin quedarte en la queja y sin dar vueltas con verborrea innecesaria que haga que el mensaje se pierda.

Pensar cómo se va a sentir el otro, sin ser condescendiente, es empático y clave en una conversación cualquiera. Mucho más en una que toca temas sensibles. Estas interacciones “también te ayudarán a escoger el momento idóneo para tenerla. Antes de abordar una conversación, revisa tu conversación interior”, dice el consultor. Y no te olvides que el cuerpo también habla. Todo lo que digas con una mirada, una caricia, una sonrisa sienta mejor para las dos partes. Y es, sin duda, más eficaz. La empatía empieza por saber escuchar por lo que hemos de olvidarnos de las interrupciones, las distracciones con el móvil o la tele.

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