“Parejas camaleón”: cuando solo quieres agradar y acaban anulándote la personalidad

¿Hasta qué punto es positivo y cuándo empieza a ser peligroso ceder en las relaciones amorosas?

Malte Mueller / getty
María Paredes

Pongamos que llega el esperado fin de semana, con su abanico de posibilidades para desconectar. Él quiere ver una película de superhéroes que a ella no le atrae en absoluto. No es que el género le arrebate, más bien lo contrario, pero está dispuesta a darle el gusto. ¿Es eso ceder? No, según la terapeuta de pareja Núria Jorba. ¿Seguro? ¿No sobrepasa el límite entre la concesión sana y la anulación de la personalidad? Veamos la diferencia.

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“Yo siempre diferencio lo que es ceder de lo que es adaptarse”, dice Jorba. Y explica: “Nos adaptamos cuando tenemos la sensación de que estamos proporcionando algo positivo a nuestra pareja sin perder nada nosotros”. Cuando sí renunciamos a un beneficio propio en pos del bienestar del otro, entonces sí estamos cediendo. Lo cual no es necesariamente malo si el esfuerzo es mutuo. “Hay veces en las que sí cedemos en aspectos personales o determinadas situaciones, pero vemos el mismo tipo de implicación en la pareja. Que sea una relación simétrica es clave. Esto no quiere decir que ambos tengan que fregar los platos tres veces a la semana cada uno (¿quién iba a descansar el séptimo?), a lo mejor uno los lava cinco y el otro tres, pero ambos tienen la sensación de equilibrio dentro de la relación”, matiza la experta.

Queda claro, ¿verdad? Pues no lo está tanto. Esta premisa es válida siempre y cuando las cesiones no lesionen aspectos troncales de nosotros mismos, como le pasó a Esteban, quien a los treinta y tantos aceptó tener una relación de tapadillo. Su pareja no quería que nadie supiera que estaban juntos porque pensaba que confesarlo podría dañar a terceras personas, y él apuró ese trago durante un tiempo... hasta que se le atragantó. “Al final, ceder en cosas en las que no se cree te hace sentir vulnerable, porque, en cierto modo, estás traicionando aquello en lo que tú sí crees”, reflexiona.

También Alicia —nombre figurado— se pasó con las concesiones. Y no una ni dos veces. Cedió y cedió durante todas las relaciones que mantuvo hasta los 40 años, cuando decidió acudir a terapia para aprender a decir basta. ”Si uno de mis novios era muy cinéfilo, yo me volvía cinéfila. Incluso estuve con un chico que fumaba porros y empecé a fumarlos yo también. He cedido siempre mucho para darle a mis parejas la imagen que ellos deseaban o que yo creía que deseaban, y cedes tanto que acabas convirtiéndote en la persona que él desea, pero te olvidas de ti misma. Cuando vuelves tú es cuando todo se estropea”, opina rotundamente. Su habilidad camaleónica llegó al punto de aceptar que una de sus parejas eligiera cómo se vestía. “Lo hacía para lucirme como un trofeo, me regalaba ropa y potenciaba una imagen de mí que yo no quería”.

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Lo de perder la esencia no es negociable ni cuando ambos miembros de la pareja deciden ceder en cuestiones medulares, advierte Jorba. “Por ejemplo, si mi pareja deja a todos sus amigos y yo también lo hago, eso sería igualitario, pero no sano. Lo ideal es que ninguno tenga esa sensación de perder algo valioso por estar en pareja”. ¿Y cómo se consigue esto? Poniéndole unos cimientos firmes a la relación, algo que conseguiremos si invertimos un tiempo de calidad en conocer la filosofía de vida que tiene la otra persona. Todos tenemos una columna vertebral según la cual entendemos las relaciones, y no debe admitir fisuras; las grietas solo provocan tempestades, y no se hacen esperar.

“Al final yo me sentía en una jaula de cristal, había creado una habitación del pánico propia. Otra de mis parejas siempre quería viajar, hacer viajes largos a lugares exóticos y, aunque a mí no me apetecía como a él, terminaba por hacerlos. Recuerdo, por ejemplo, que la última semana de uno de estos largos viajes no podía parar de pensar que estaba dejando de estar donde tenía que estar, de pasar más tiempo con mi madre… y eso me hacía estar muy agresiva. Me costaba disfrutar y lo acababa pagando con él”, confiesa Alicia. Precisamente la rabia —cuya explosión puede prevenirse haciendo algunos gestos— es una de las consecuencias que trae aparejadas el ir contra nosotros mismos y nuestros intereses. “Lo normal es que vayamos acumulando este sentimiento si somos conscientes de que vamos cediendo constantemente, y además empezaremos a generar dinámicas de competición en la relación del estilo de ‘yo no pienso hacer más esto porque tú no lo has hecho’. Porque cuando sentimos que cedemos más empezamos a exigir una igualdad, pero no la buscamos de un modo positivo, ahí entra la competencia”, explica la psicóloga.

Inseguros y autoexigentes, los que más ceden

Pasar a la pareja la factura de haber sobrepasado la línea no lleva a buen puerto, pero “ceder continuamente puede también acarrear otro tipo de problema, este de tipo latente, por el que esa persona se va anulando sistemáticamente, se va adaptando para no perder al otro, y ahí se genera un problema grave de relación disfuncional y tóxica”. Tanto se adaptó Isabel —su nombre también está modificado para este reportaje—, y durante tantos años, que terminó por no saber quién era: “Su personalidad se fue imponiendo, poco a poco, y yo fui quedando relegada, anulada. Ni siquiera era consciente de que cedía sin parar, me sentía culpable y trataba de complacerlo por todos los medios, aunque nunca lo conseguía”.

Quería mantener la relación a toda costa, así que se dejaba envolver por el sutil chantaje emocional que su pareja desplegaba. “Una relación de este tipo, de maltrato, dependencia o toxicidad puede salir adelante, pero de una forma negativa. Incluso puede durar toda la vida, pero con el coste de uno de sus miembros anulados. Si esa persona levanta la cabeza, comenzarán los conflictos y, seguramente, la ruptura”, desarrolla Jorba. Solo cuando Isabel estaba a punto de descubrir que su novio tenía problemas con el juego, él se adelantó y cortó. “Salí de la relación muy mal, con mucho miedo, pensando que había algo malo en mí, me costó relacionarme y estuve mucho tiempo sin pareja, ocho años”, admite.

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Algo así puede llegar a pasarle a cualquiera, pero no todas las personas son igual de vulnerables a pasarse de frenada en este terreno. Hay varios perfiles que son más propensos, y que comparten características como la inseguridad: “Les pasa a aquellas personas que empiezan una relación y piensan ‘¡ufff, qué chico o qué chica he conseguido!’. Si pones al otro por encima de ti, te adaptarás para conservarlo a tu lado. Lo primero es tener esa autoestima y esa seguridad para decir ‘yo te merezco a ti al igual que tú me mereces a mí”, puntualiza Jorba. Y aclara que “todos tenemos la autoestima tocada, casi nadie la tiene perfecta”, por lo que hay que trabajar en ella para relacionarnos en igualdad.

También le sucede más a menudo a las personas con una elevada autoexigencia: “Es el perfil de un alto cargo que termina siendo maltratada o maltratado. Eso sucede porque tiene mucha autocrítica, y a esas personas cuando alguien les dice ‘esto no me gusta de ti’ piensan que igual tiene razón, lo meditan y se van cuestionando tanto, se exigen tanto ser buena pareja que, a veces, cruzan la línea”. Del mismo modo que triunfan en su mundo laboral, aspiran a hacerlo en la pareja, y no tiran la toalla fácilmente ni cuando deberían hacerlo.

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Para que nada de esto suceda, hace falta saber qué queremos de una relación y cuáles son las líneas rojas que nunca se han de sobrepasar. “Si no vemos determinadas actitudes que necesitamos por parte del otro, o si nos estamos sintiendo mal, hay que parar”. ¿Y en pareja? ¿Se pueden mejorar los problemas de una relación desigual en equipo? “Sí, pero para ello hay que trabajar qué dinámicas están favoreciéndolos: puede ser una mala comunicación, hay que trabajar también cómo entienden la pareja ambos, qué personalidad les lleva a ese tipo de conductas…”. Pero pocas veces acaban poniéndose en manos de un profesional: “Normalmente lo que nos encontramos es que viene solo esa parte que está agotada de ceder”. Ahí los terapeutas indagan en la predisposición que tiene la otra parte y, si esta es nula, trabajan a solas con ese paciente, dándole las herramientas necesarias para establecer las líneas rojas fundamentales. En el caso de nuestros tres protagonistas, todos trabajaron en sí mismos y son felices a día de hoy junto a otras parejas. Isabel lo narra así, con un derroche de esperanza en la voz: “Tras esos ocho años, encontré a una persona buena, que me quería como yo soy, y gracias a eso he podido superarlo en parte. De todo se sale”.

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