Columna
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Castillo de naipes

Después de haberle salvado, el PPC llega a las elecciones en confrontación con CiU y alejado de la centralidad política

Tratándose de alguien tan pendiente de su propia presencia mediática, estoy seguro de que a doña Alicia Sánchez-Camacho no le molestará que inicie mi reflexión a partir de una imagen suya, o de un conjunto de ellas: las que los fotógrafos captaron el pasado 25 de septiembre, en el momento en que la número unodel PP catalán abandonaba el hemiciclo del Parlament después de que el presidente Mas hubiese anunciado el abrupto fin de la legislatura y la convocatoria de elecciones para el próximo 25 de noviembre.

En esas fotos, la expresión corporal y facial de la líder popular transmite un mensaje rotundo: el despecho. El despecho, sí, aquello que el diccionario de la Real Academia Española define como “malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad”; ese sentimiento que surge, verbigracia, cuando alguien a quien creías tener seducido o cautivo se te escapa y además, mientras huye, te dedica gestos burlones. Permítanme traducir rápidamente las metáforas al lenguaje político común.

Después de una rabieta inicial cuando, para facilitar su investidura, Artur Mas prefirió pactar la abstención del PSC, desde principios de 2011 el Partido Popular y su líder local se habían hecho, sobre la flamante legislatura catalana, la siguiente y apetitosa composición de lugar: dado que, por razones ideológicas, ni PSC ni ERC ni ICV iban a apoyar la política de recortes que la situación financiera dictaba al Gobierno de CiU, este no podría disponer en las votaciones cruciales de otro apoyo parlamentario estable que el del PP.

Dicho partido, teniendo así a Artur Mas agarrado por los… presupuestos, disfrutaría de una posición de privilegio, de puntal de la gobernabilidad, que le iba a permitir por lo menos dos cosas: arrancar de CiU importantes cuotas de protagonismo y de exposición mediática; y, al mismo tiempo, regañar sin pausa a los convergentes por sus “excesos nacionalistas”, sus “gastos identitarios”, etcétera, con doña Alicia y don Enric Millo en los papeles respectivos de señorita Rottenmeier y de maestro Ciruela de la disciplina españolista. De este modo, y en cuatro años, a favor de la debilidad del PSC y de la llegada de Rajoy a La Moncloa, el PPC de Sánchez-Camacho podía verosímilmente erigirse en segunda fuerza política de Cataluña y hacer realidad sus añejas ambiciones de gobierno en la Generalitat.

Sin embargo, los acontecimientos desencadenados por la manifestación del 11-S y por el rechazo de Rajoy al pacto fiscal han roto el cántaro de la lechera. De repente, aquel lento trabajo de zapa se convierte en una precipitada carrera electoral que va a discurrir, además, dentro de unos parámetros radicalmente nuevos. En lugar de aparecer como quien ha tutelado al Gobierno de CiU y le ha salvado el trasero una y otra vez a lo largo de un cuatrienio, el PPC acudirá al 25-N en línea de confrontación total con el rumbo autodeterminista de Convergència, y más alejado que nunca de la centralidad política catalana, de esa centralidad que se ha movido manifiestamente hacia el independentismo.

Hay quien pensará que la oposición rotunda a la independencia puede hacer por fin la fortuna electoral de los populares catalanes. Tal vez, pero conviene recordar que no van a estar solos en esa trinchera: Ciutadans se dispone a defender con uñas y dientes su antinacionalismo catalán genuino, inmaculado, sin pactos del Majestic ni giros catalanistas; y no es probable que la parte del PSC más sensible al PSOE permanezca muda ni equidistante ante unos comicios bipolarizados en el o no al Estado propio.

Por supuesto, en las próximas seis semanas toda la dirigencia estatal acudirá en masa a Cataluña para asustarnos y presentar al PP como el único valladar frente al separatismo. Esta vez, la incógnita reside en saber si podrá más el discurso del miedo, o el desgaste de una sigla que ha perdido casi 15 puntos de intención de voto en los últimos 10 meses.

Joan B Culla i Clarà es  historiador

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