Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Querer es poder

A nadie se le oculta que el sistema político español está en las últimas y que, si no se renueva, naufragará estrepitosamente

Un buen escritor olvidado, que últimamente están recuperando las editoriales, es Stefan Zweig. Entre sus biografías destaca la de María Antonieta, esa desdichada reina de Francia que, mientras el pueblo francés pasaba hambre, dilapidaba alegremente el tesoro de la nación en bailes y francachelas hasta que la guillotina puso trágico término a sus desvaríos. Bueno, pues por sorprendente que les parezca, me he acordado de ese libro al ver estos días por enésima vez las imágenes de nuestros representantes políticos con el yernísimo, pero ahora en la antesala de su imputación e inevitable caída en desgracia política y, tal vez, penal. Todo un mundo se hunde sin remedio ante nuestros ojos. Ya lo decía el poeta: “¿Qué se fizo el president? Los consellers, ¿qué se fizieron? ¿Qué fue de tanto galán? ¿Qué de tanta invención que truxieron?”. Parece que ni Camps ni Barberá se lucraron con esos Valencia Summit tan —Cospedal dixit— exitosos, y la pregunta es: ¿Cómo pudieron ser tan locos?

Miren, frente a la tendencia actual de cargar las tintas y culpabilizar de todo al PP, a mí me gustaría concederle el beneficio de la duda y suponer que —trepas y aprovechados aparte— la mayoría de los militantes tiene buena voluntad y están abrumados por la marcha de las cosas en nuestro país y por su incapacidad para enderezarla. Pero, como en el dicho, no basta con ser honrado, también hay que parecerlo. Querer es poder (como yes we can, pero en castizo): si se ponen a ello, a lo mejor hasta recuperan algo del crédito perdido, que es mucho. Algún día pasarán a la oposición y supongo que les gustaría pensar que, después de una travesía del desierto como la que está atravesando el partido socialista, los ciudadanos valencianos se plantearán volver a confiar en ustedes. Pero no lo harán si ahora, que todavía están a tiempo, no rompen radicalmente con el pasado. No se trata de que se vuelvan lo que no son. Se trata de que su partido sea tan solo conservador, ni corrupto ni de extrema derecha, y sobre todo de que deje de acoger en sus filas a verdaderos delincuentes.

El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Hoy y mañana se reúne en Peñíscola la plana mayor del PPCV y, por primera vez, desde que Rajoy los puso en el dique seco para castigarles por los dislates del Bigotes, se digna hacer acto de presencia. El mismo Rajoy que se sirvió del PPCV para consolidar su liderazgo. ¿No será porque, paradójicamente, ahora que los valencianos han puesto freno a la corrupción (pese a los consabidos e incomprensibles titubeos de ahora mismo) y al derroche, sirven para sacarles los colores a sus correligionarios de otras comunidades? Hombre, Alberto Fabra no es un líder para echar cohetes, pero al lado del doberman de doña Espe, de la errática del lapao o del contumaz bañista de la ría parece otra cosa. Alguno me objetará: faltaría más, esas medidas resultan lógicas. El problema es que no, que lo que entre tories ingleses o democristianos alemanes se resuelve de oficio, en el PP ha sido rara avis y casi provocación extremista. A nadie se le oculta que el sistema político español está en las últimas y que, si no se renueva, naufragará estrepitosamente. Pero no basta con que los grandes partidos pacten, tienen que cambiar de verdad. España iba bien cuando dejó de ser diferente, no cuando papá Correa pagaba las bodas y las comuniones. Aplíquense el cuento y no vuelvan nunca más a las andadas.

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