Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Nos vemos en la biblioteca

Las bibliotecas se han convertido en un refugio para protegerse, conectarse al wi-fi, utilizar sus servicios y encontrase con vecinos

En muchísimos lugares las bibliotecas se han convertido en importantes focos de atracción social, con fuerte relación con el barrio. Los buenos ejemplos internacionales son muchos, como la biblioteca pública de Seattle, proyectada por Rem Koolhaas y Joshua Ramus, abierta a todos los públicos, incluidos los homeless; o las bibliotecas que han hecho más humanas capitales colombianas como Bogotá y Medellín y que, siempre llenas de niños y jóvenes de los barrios circundantes, son motivo de orgullo y satisfacción.

De manera silenciosa y constante, Barcelona y su provincia han ido construyendo durante este periodo democrático una larga serie de bibliotecas, que constituyen una de las mejores colecciones de arquitectura y que también permiten enorgullecernos de nuestra sociedad, instituciones, arquitectos, bibliotecarias y documentalistas. Son muchas las bibliotecas de barrio realizadas que demuestran que existe un modelo, conceptualizado en los años ochenta y realizado a partir de los noventa, bajo la coordinación de la Diputación de Barcelona: tamaño medio, espacios interiores cómodos, accesibles y versátiles, adaptados a las personas, llenos de luz natural, abiertos a su entorno y bien relacionados con el espacio público. Como las bibliotecas de Lesseps, Gràcia y Fort Pienc, de Josep Llinàs; la del barrio de Sant Antoni, de RCR (Aranda, Pigem, Vilalta); o la de la Sagrada Familia, de Manuel Ruisánchez. Algunas de estas bibliotecas han contribuido a rehabilitar antiguos edificios industriales, como el Vapor Vell en Sants, la Fabra i Coats en Sant Andreu, la Tecla Sala en L'Hospitalet de Llobregat o el vapor Badía en Sabadell. Muchas de ellas caracterizan los mejores espacios públicos del área metropolitana, en El Prat del Llobregat, Esplugues de Llobregat, Castelldefels o Santa Coloma de Gramenet; y de la provincia, como la Biblioteca de Palafolls de EMBT (Enric Miralles/Benedetta Tagliabue).

Ya hace años que estas bibliotecas están cada vez más llenas y activas. Y en este periodo de crisis se han convertido en un refugio para protegerse del frío y del calor, conectarse al wi-fi, utilizar los servicios, encontrarse con vecinos, además de leer, ver, escuchar o solicitar un préstamo. La biblioteca se ha convertido en un espacio público cubierto y climatizado, clave para tener acceso gratuito a la información y a la cultura, a través de la lectura y de las conexiones en ordenador. Las bibliotecas están en red y el lector y la lectora acceden a un mundo de datos, informaciones y contenidos.

El uso intensivo de nuestras bibliotecas demuestra que, afortunadamente, se gestionaron bien unas inversiones públicas que cada día se comprueba que son más necesarias

Al mismo tiempo, este éxito social y urbano, y este uso tan intensivo de las bibliotecas, nos demuestra que el modelo aplicado necesita irse replanteado y actualizado. Hay muchas cosas que han cambiado, empezando por el predominio de la cultura digital. Por ejemplo, desaparecen las revistas en papel y aumentan las virtuales; por lo tanto, se deben reducir estanterías de revistas y aumentar puntos de acceso a la red. Las actividades que se reclaman a las bibliotecas, como clubs de lectura, grupos literarios o debates con autores, aumentan continuamente. La diversidad de usuarios, que ya estaba prevista, hoy queda desbordada por la variedad de generaciones, culturas, lenguas y costumbres de los que acceden a ellas: nuevos lectores, nuevas actividades y nuevas necesidades. En las bibliotecas se recibe información, pero también se puede crear.

Para repensarlas se ha de hacer visible toda esta labor de años, analizando los resultados. Recapitular solo se puede hacer publicando, divulgando y debatiendo lo ya hecho, y sistematizando y actualizando los estudios de satisfacción y post-ocupación que aunque existan son poco conocidos. ¿Hacia dónde han de ir las futuras bibliotecas: bibliotecas en grandes centros de cultura, creación y producción de información; contenedores neutros, flexibles y versátiles para asumir el cambio continuo; grandes bibliotecas provinciales, como la que iba en el Born y que ahora está proyectada junto a la Estación de Francia; edificios orgánicos y adaptados al contexto urbano; pequeñas bibliotecas de proximidad en los barrios; bibliotecas populares, autogestionadas y autoconstruidas por los vecinos, como la Josep Pons en el bloque 11 de Can Batlló; más bibliotecas móviles y módulos temporales en plazas y playas? Todo esto se debate en las tertulias que organiza periódicamente el grupo de bibliotecarios y bibliotecarias denominado Elprimerglopdecervesa. Y la respuesta seria que, probablemente, van a ser todas simultáneamente.

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El uso intensivo de nuestras bibliotecas demuestra que, afortunadamente, se gestionaron bien unas inversiones públicas que cada día se comprueba que son más necesarias. Unas bibliotecas que, evolucionen como evolucionen, van a seguir reforzando esta capacidad de inclusión que han ido consiguiendo a lo largo del tiempo y van a seguir explorando las enormes posibilidades de fomento de la formación, creación, interacción personal y cohesión social que tienen.

Josep Maria Montaner es arquitecto y catedrático de la ETSAB-UPC.

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