LA CRÓNICA DE BALEARES
Crónica
Texto informativo con interpretación

Marina Rossell, a pesar del ‘chill out’

La cantante evoca a Moustaki ante el mar y las piedras con caligrafía

Para el arte y lo demás, parte del espacio público está privatizado y colonizado.
Para el arte y lo demás, parte del espacio público está privatizado y colonizado. tolo ramón

“Es un chill out. No se puede quitar la música”. Es Baluard, Palma, viernes a media mañana. La camarera de la terraza del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, asevera y advierte.

La cantante Marina Rossell, la de voz dulce y acuosa, buscaba un lugar para conversar. Es imposible. No se hallan razones para que cese o se mitigue el ruido. No hay nadie más.

“Mi jefe no me deja”, se excusa la chica. “El mando se bloquea”, añade. Finalmente, reduce el volumen del sonido de discoteca de playa brasileña —nada relajante, poco chill.

En es Baluard, para el arte y lo demás, parte del espacio monumental está privatizado. Un frondoso bosque tropical disimula sofás, sillas, sombrillas, mostradores y mesas, cajas metálicas del comedor cerrado que fue objetado por Patrimonio. ¡Barra libre! para chiringuitos. Con la excusa de la crisis, todo se tolera. Sobre el museo embutido vuela el toro de Calatrava, un artefacto horrible que hiere la Seu.

La privatización del ámbito ciudadano es una urbanización comercial del espacio civil. Con menos territorio común, la ciudad renuncia y sus habitantes pierden.

Palma es un cúmulo de obstáculos. Se atenta contra derechos de circulación y la estética. Rossell, cultivada visitante, observa: “Qué pena, en el paseo de Es Born ya no puedes pasear”. Está interrumpido por mesas, barras y mamparas. Imposible pasar, ir y volver. Leer y mirar en el bulevar, la tradición.

La terraza-oasis Baluard R&L la explotan los hermanos Robledo, que montaron una Feria de Abril. El poderoso Tolo Cursach y el selecto Juan Gual (exMenú), fallaron allí por la minicocina.

En la cáscara del complejo resulta enigmático rastrear las marcas de los canteros en los muros. Caligrafía en la piedra, firmas sin vanidad, por esmero para el cobro de las piezas. Autores anónimos dejaron su huella en la mampostería.

Rossell posa la mirada y la mano en los jeroglíficos. Sonríe con un halo de tristeza, oye el eco de su “querido amigo”, el cantante Georges Moustaki, a quien ha consagrado sus tres últimos discos de éxito. Es él Mediterráneo personificado, voz, compromiso, arte sin himno militar: Le métèque o el Milord para Édith Piaf.

“Moustaki, políglota y multicultural, era un gran tipo. En la Alhambra, me leyó en árabe antiguo las escrituras de Al Andalús de las paredes”. Con raíces judías, árabes, griegas, egipcias, errante pastor y extranjero expatriado, fue francés. Ciudadano de Corfú, Alejandría o París. Ella le llama “Mousta” y él firmaba Youssef.

La cantautora presentó en Palma, con Pere Sampol, el libro Los cinco principios superiores, del pacifista Joan Carrero.

La terraza es obra de Toni García Ruiz: hijo de Luis G.R. Guasp (arquitecto del museo y el Palma Arena); nieto de Antonio G.R. Rosselló, militar, 23 años arquitecto de Palma; y biznieto del fundador de la estirpe de poder, el general ingeniero, gobernador militar de 1936, Luis García Ruiz, GR que fue de los que ganó la guerra para Franco.

Es Baluard (el museo) ha tenido cuatro directoras desde 2003: Teresa Pérez-Jofre, (tras desistir Thomas Jeffet y Bartomeu Marí), Marie-Claire Oberquoi, Cristina Ros y ahora Nekane Aramburu.

Rossell se va con Moustaki. Susurra una melodía de cuatro versos: la marcha memorial para Sacco y Vanzetti, inmigrantes anarquistas italianos ejecutados en Massachusetts en 1927. “Estáis aquí Nicoooola y Baaaart / siempre vivos y siempre valientes...!”.

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