LA CRÓNICA DE MAR Y MONTAÑA
Crónica
Texto informativo con interpretación

“Es de Sitges, qué suerte tiene”

De los toldos en la playa a 25 pesetas al lugar “donde todo gay se quiere jubilar”: este pueblo resiste la avalancha turística de cada verano, un paraíso en invierno

“Te ha tocado un miura. Los mejores escritores modernistas han descrito la Blanca Subur”. Un compañero de trabajo, de la sección de cultura -no quiere dar su nombre-, me animaba así hace unos días ante mi página en blanco. Sitges, un pueblecito tan sabido que ya ni se va. Hay más memorias que vivencias. Yo sí que voy. Así, que ya les adelanto, ante cualquier prejuicio: sigue siendo encantador. “Ya puedes pensar porque difícilmente harás algo original”. Gracias amigo.

Rosa cumplirá 90 años el 22 de agosto.
Rosa cumplirá 90 años el 22 de agosto.CRISTÒBAL CASTRO

Yo quiero recordar. A mi tía Rosa María, por ejemplo, que se paseaba por el paseo marítimo con un carrito mallorquín tirado por un burro debido a una poliomelitis, que no le impide regentar una farmacia a sus más de 80 años. O lo que me contaba mi padre de Jaime de Semir: sus desplazamientos diarios a Barcelona en un Rolls Royce, sufriendo las costas de Garraf (122 curvas), lo convirtieron en promotor de una autopista por el mar entre Castelldefels y Sitges que no se llegó a construir. O las colas de Can Xatet, ya cerrado, donde su propietario regalaba horchata el día de su santo. Son muchas las historias que he escuchado de este pueblo en el que conviven sin demasiados conflictos, domingos aparte, los que vienen de fuera y los que viven allí pese a que el ruido y la suciedad de las calles son siempre una amenaza. Sobre todo la suciedad. Y, pese a todo, un 65% de los visitantes repite después de la primera experiencia.

Sitges es fuerte, bonito y sigue creciendo en tolerancia y sin complejos. Como Rosa Benazet Tutusaus, mujer de 90 años. Los cumplirá el 22 de agosto, por la fiesta mayor. Nació en Sitges en la casa de la carretera, la de su abuelo, Pau Benazet, quien fundó la fábrica de calzado Can Benazet. Ella informa con orgullo que fueron las primeras bambas del mercado catalán, hechas con goma que llegaba de Alemania y lona. “Éramos seis hermanos, tres murieron. Yo pasé dos pulmonías pero las superé. ¿Que qué recuerdo del Sitges de pequeña? Sobre todo que no nos dejaban salir solos y que vivía muy bien. Era un lugar bonito y muy limpio. Y además había toldos en la playa, pagábamos 25 pesetas por ellos y nos los guardaban de un año a otro. Entonces íbamos con bañador entero, no estaba bien exhibir. Un día saqué un billete de tren y una persona a mi lado me dijo: ‘Es de Sitges, qué suerte tiene’. Me impactó, nunca lo había pensado así”. Para Rosa el ambiente cambió cuando els senyors empezaron a alquilar sus majestuosas casas en el paseo y comenzaron a veranear en el norte.

Comer, dormir, ver en Sitges

Imprescindible pasarse por el restaurante que recomienda Rosa: La Nansa, abierto desde 1963. Un lugar clásico de excelentes platos. En cierta ocasión fui en compañía de un amigo noruego que mastica las cosas 16 veces. Disfrutamos. Ofrecen el menú ADN sitgetà. Otro restaurante, este de tapas (no hay más de 10), más joven y con buen precio, Nem, en la Isla de Cuba: impresionante sashimi y el salmón marinado.

Un clásico ahora reformado, el hotel Calipolis. En primera línea, en el centro del paseo marítimo. Muy cotizadas sus terrazas en fiestas del orgullo gay.

El Cau Ferrat. Ya lo he dicho. Si se va con tiempo, no perderse el cine Retiro o el Prado.

Rosa se casó a los 18 años con un representante de zapatos. Tuvieron cinco hijos. Y la pareja apostó por Sitges para establecer su negocio. Primero una tienda de souvenirs, luego el Sol i Mar, un restaurante conocido por sus fricandós. Después abrieron y regentaron durante más de 40 años la discoteca Ricky's. Su marido se encargaba de la entrada; ella vigilaba el negocio. “En los años 50 y 60 empieza a llegar el turismo. Venían cargados de dinero. No lo que corre ahora. Aquellos eran gente de categoría, vino Cliff Richard a la discoteca”. Aquella era la época en que Rosa dormía tres o cuatro horas. Después llegaron los espigones, la movida gay, los domingueros… y el Ricky's no dejó de trabajar.

Le pregunto por el turismo gay pero no entra. Mejor recurrir a mi compañero Camilo. Él conoce bien Sitges. Los dos compartimos un placer: el momento en que el tren traspasa el túnel a toda velocidad y sale al mar. Y la capacidad de un pueblo para albergar en un mismo manto al que sale de fiesta, hasta el final, y al trabajador que se levanta a las seis de la mañana. Camilo radiografía así el turismo gay en Sitges: “El pueblo se quedó anclado en el pasado. Los homosexuales que ahora van son mayores. Es un geriátrico amable, el sitio donde todo gay se quiere jubilar”. Y el hetero también, añado. Camilo reconoce que, pese al turismo desbordado, tiene la bondad de seguir siendo un pueblo.

“Cuando miro Sitges ahora lo veo tan grande… antes eran calles insignificantes que ahora están abarrotadas de gente”. Pese a ver la ciudad más sucia y más llena, Rosa sigue disfrutando cuando baja por la calle Sant Pau hasta el mar. “Me gusta el ruido”, dice. "Soy una sitgetana de la cabeza a los pies”. Y acaba con unas caramelles inventadas por su padre: “Sitges per passar l’estiu. Platja d’or, banys de mar i un aperitiu”.

Sobre la firma

Ana Pantaleoni

Redactora jefa de EL PAÍS en Barcelona y responsable de la edición en catalán del diario. Ha escrito sobre salud, gastronomía, moda y tecnología y trabajó durante una década en el suplemento tecnológico Ciberpaís. Licenciada en Humanidades, máster de EL PAÍS, PDD en la escuela de negocios Iese y profesora de periodismo en la Pompeu Fabra.

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