La Barcelona que se aleja del estereotipo

Una exposición del Museo Etnológico interpela al visitante a una interpretación antropológica de la ciudad

La exposición en el cuarto piso del Museo Etnológico muestra cartelería sobre las protestas urbanas de Barcelona.
La exposición en el cuarto piso del Museo Etnológico muestra cartelería sobre las protestas urbanas de Barcelona.joan sánchez

De cristales a fuera: Barcelona. Y de cristales hacia dentro: Barcelona. Como si fuera un juego, la diáfana cuarta planta renovada del Museo Etnológico en la montaña de Montjuïc se ha convertido en un espacio de reflexión sobre qué es la capital catalana, lo que representa y qué la ha hecho y la hace una ciudad viva. Sin una sola concesión a la imagen más estereotipada de Barcelona, aquella que retienen en sus retinas los turistas que la visitan y que, a fuerza de ser lo que más vende, acaba conformando el ideario de los propios barceloneses por puro contagio. Se trata de una exposición sobre la ciudad que huye del discurso habitual, el del espacio público, el más frecuente cuando son arquitectos o urbanistas los que las organizan. Les cares de Barcelona es una visión antropológica urbana que también será un conglomerado de experiencias que se irán sumando. Una Barcelona conceptual pensada por el antropólogo y escritor Adrià Pujol: “cuando me lo propusieron, el primer impulso fue decir que no porque era evidente el riesgo de montar una oficina turística”. El resultado más bien está en las antípodas de ello. Un carro lleno de tubos de hierro y chatarra—de los que empujan a diario decenas de inmigrantes— un top manta lleno de gafas y una bici del bicing son tres de los elementos de la muestra que casan a la perfección con el día a día de la ciudad pero se alejan de lo que se “vende” de ella.

Lo primero que sorprende es la entrada: una gran pantalla que refleja el trajín de la ciudad y, sobre todo, el ruido y cierto caos. “Tampoco fue fácil el vídeo porque la primera propuesta que nos entregaron era la típica visión turística de una ciudad en la que solo había edificios y vistas, sin personas. Podía ser perfectamente promocional”, cuenta Pujol. Hay códigos comunes a todas las ciudades —un semáforo, una señal lumínica de una farmacia — porque en ellas vive la mayor parte de la población del mundo: un 80%.

Los letreros y cartelería de todo tipo —publicidad, reivindicaciones, campañas municipales como la de Barcelona posa't guapa —ocupan una pared entera: “es la ciudad leída como un texto. Se han hecho estudios que demuestran que en un solo día si se suman todos los mensajes que están en la calle equivale a un texto de cinco páginas. De hecho, se ha comprobado que los niños que viven en medio urbano aprenden a leer antes”, añade el comisario.

A diferencia de otras exposiciones, no hay un recorrido establecido. La propia configuración del espacio invita a cierto desorden.

Elementos cotidianos de la ciudad en la exposición.
Elementos cotidianos de la ciudad en la exposición.

Barcelona es una de las ciudades estudiadas internacionalmente como un modelo de buen funcionamiento y otro de los espacios refleja todo tipo de cartelería —de todos los tiempos, desde algún bando de 1961— sobre la regulación. Dedica también un generoso espacio a las expresiones de protesta —no se ha librado ningún alcalde — y pone el foco en el turismo y todo lo que acompaña con una especie de bodegón de lo más kitsch de su simbología. De todos los tiempos, porque en una de las mesas destaca, por ejemplo, una figurita de una azafata de congresos de la Exposición Universal de 1929 que podría confundirse con una agente de la Guardia Civil.

La reflexión más personal de lo que es Barcelona la dan 28 ciudadanos, cuyo testimonio se puede escuchar y ver en otras tantas grabaciones. Hay, como es lógico, de todo. Una de las que más destaca es la de un barcelonés —que actualmente vive en un albergue por haberse quedado sin trabajo y recursos— que pese a su difícil situación dice que Barcelona “es mi vida”.

Gran parte de los documentos y objetos que conforman la muestra han salido de los fondos del Etnológico. De la sala que ocupa la exposición han desaparecido las vitrinas originales —de 1973— de todas las paredes: “No tenían sentido, hipotecaban cualquier intervención y la solución por la que hemos optado, es, como todo el museo, austera”, subraya el director del centro, Josep Fornés. Adecuar el espacio ha supuesto una inversión de 115.000 euros y montar la exposición otros 95.000.

La particularidad de Les cares de Barcelona es que no tiene una fecha establecida de caducidad porque a los contenidos que ahora tiene se le sumarán otros. Algunos en forma de actividades, como un encuentro de blogeros que tratan sobre la ciudad, la organización de itinerarios antropológicos y diálogos. Lo resume Oriol Pascual, encargado de esas actividades: “ más que una exposición al uso es un work in progress”.

Sobre la firma

Blanca Cia

Redactora de la edición de EL PAÍS de Cataluña, en la que ha desarrollado la mayor parte de su carrera profesional en diferentes secciones, entre ellas información judicial, local, cultural y política. Licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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