OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Errar también es de políticos

El independentismo debe tener en cuenta que el 57% de la población española y un 80% de la catalana, aceptaría un referéndum acordado en Cataluña

Tony Blair, George W. Bush y José Mª Aznar, en las Azores.
Tony Blair, George W. Bush y José Mª Aznar, en las Azores.Reuters

No voy a referirme a las causas que originaron la crisis de Estado más grave desde hace bastantes años en España. En este sentido, y perdone el lector el largo inciso, se suele hablar del intento de golpe de Estado de 1981 como la primera gran crisis de nuestra democracia. Y la segunda, la aplicación del artículo 155 de nuestra Constitución. A mí me parece que en el medio hubo otras dos de grandes crisis de dimensiones morales, y las dos perpetradas por el mismo partido. Me refiero al acuerdo de las Azores, donde el expresidente José María Aznar apoyó la intervención militar en Irak, con las terribles y trágicas consecuencias globales que todos conocemos y que todavía se siguen padeciendo, sabiendo que los informes sobre las armas de destrucción masiva eran todas patrañas.

La segunda crisis fue la mentira masiva sobre la autoría de los actos terroristas de marzo del 2004, en vísperas de unas elecciones generales. Aquellas causas todos las tenemos presentes. Aquí conviene pararse en otro inciso: soy de los que cree que el llamado Pacto del Tinell, donde a conciencia se marginó al Partido Popular de Cataluña en todas las grandes decisiones del Parlment, fue un error monumental, como así lo reconoció años más tarde el entonces president de la Generalitat Pasqual Maragall, un error que solo sirvió para que el PP encontrara en esa lamentable decisión la excusa para oponerse cerrilmente a la reforma del Estatut de Autonomía entonces vigente.

En esa oposición radica el pecado original del Partido Popular. Era su estrategia para regresar a la Moncloa al precio que fuera, enfrentando a Cataluña con el resto de España si era preciso.

De la misma manera habría que hablar de los pecados originales del independentismo. Uno de esos pecados fue el vértigo a que se sometieron desde el principio de la crisis, que hay que cifrar sustancialmente en la impugnación del Estatut por la sentencia del Tribunal Constitucional del 2010. Había que resolver nada más ni nada menos en un pis pas un asunto de semejante importancia política (y geopolítica, ya puestos) como es la declaración de independencia de Cataluña en el contexto europeo. (Incluso hubo un dirigente independentista, ahora fagocitado por el procés, que llegó proponer la declaración de independencia solo porque así se hacía coincidir tal declaración con los trescientos años de la caída de Barcelona en la Guerra de Sucesión). Siempre recuerdo un consejo de mi padre: “Changuito, la ansiedad es la madre de todos los fracasos”. ¡Y vaya si lo es! Lo que debió ser, primero, la apertura para un debate sobre la necesidad de un referéndum acordado con el Gobierno de Madrid, y luego de 2012 y al socaire de las grandes manifestaciones soberanistas del mismo año en adelante, la búsqueda de caminos con todos los partidos, incluidos los no soberanistas, que convergieran en la convocatoria de ese referéndum. Para el independentismo y sus cabezas pensantes eso ya era una pantalla pasada.

Y la tercera vía, una posibilidad nada desdeñable que podía cristalizar en un blindaje de áreas muy sensibles para el catalanismo sin mover una coma de la Carta Magna, según dibujó en su día el constitucionalista Miguel Herrero de Miñón, una inocentada digna de ilusos. Era evidente que el independentismo estaba cayendo en un grave error estratégico. Error, todo hay que decirlo, que Mariano Rajoy y su aparato ideológico, por nada del mundo barajó nunca interrumpir, según pedía Napoleón si se pretende derrotar a un equivocado adversario. Este fue el primer error político del independentismo, elegir mal las cartas en una partida muy complicada de jugar, pero no por ello imposible de ganar. No abogar por un referéndum acordado a largo plazo, mientras se porfiaba por una ambiciosa tercera vía.

Pero los errores prosiguieron. Carles Puigdemont demostró carecer de la más mínima inteligencia política. Por cierto, ¿recordaron Forcadell y Junqueras a sus seguidores, que en el referéndum del Quebec de 1995 el independentismo obtuvo el 49,4 % de los votos, es decir un porcentaje más alto que el que obtuvo el independentismo catalán en las elecciones plebiscitarias del 2015, y así y todo nunca se les pasó por la cabeza declarar unilateralmente su independencia?

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Resumen: 1). Una jueza de la Audiencia Nacional manda a la cárcel a dirigentes sociales y políticos por cometer enormes errores políticos. En mi opinión en democracia ese delito no debería existir. 2). El independentismo debe tener en cuenta que el 57% de la población española y un 80% de la catalana, aceptaría un referéndum acordado en Cataluña. Así que cuidado con la ansiedad.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

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