“¡Muerte a ‘Moby Dick’, muerte a ‘Moby Dick!”

Esforzadísima puesta en escena de la novela de Melville encabezada por un Josep Maria Pou con momentos sobrecogedores

Josep Maria Pou, en un momento de la obra 'Moby Dick'.
Josep Maria Pou, en un momento de la obra 'Moby Dick'.DAVID RUANO

No sabes cómo lo han conseguido, pero ahí está todo, la ballena enterita. Josep Maria Pou, Andrés Lima, Juan Cavestany y el resto del equipo de Moby Dick, que esta noche ha tenido su primera función, ovacionadísima, en el teatro Goya (el estreno oficial no es hasta el día 29), han logrado ofrecer una audaz y muy esforzada versión de la monumental novela de Melville en la que, aunque sintetizada y centrada intencionadamente en Ahab, aparece todo lo que hay en ella. Incluido el verdadero galimatías —magistral confusión de géneros, voces y propósitos—, que es la propia obra maestra del escritor. Y su irregularidad, y su impotencia para coserlo todo en un relato cerrado, homogéneo y completamente inteligible. Porque en realidad, ¿quién se atrevería a decir que sabe lo que pasa en el fondo en Moby Dick?

Noventa minutos pelados y en el escenario aparecen la épica y la locura, la aventura, la poesía, la filosofía y las a menudo irritantes disgresiones sobre los cetáceos y su pesca; aparecen el Pequod y sus tripulantes, el mar entero, el mundo de la caza de ballenas, las voces de los cachalotes, los fuegos y los humos de los hornos en los que se destila el preciado aceite; los tiburones, las tormentas, la forja, la pagana y salvaje ceremonia de la consagración de los arpones, el doblón de oro clavado al mástil, el Rachel y la desolación de su capitán en busca de su hijo perdido, la locura del negro Pip (bufón y Calibán) tras su caída al mar, el fuego de San Telmo, la lágrima de Ahab (oh mi capitán, mi capitán), los tres días de la caza... ¡hasta el ataúd de Queequeg está! Y el principio, devenido final: “Llamadme Ismael”.

Increíble la forma en que se evoca todo eso y mucho más.

Pou se deja literalmente la piel para encarnar al impío Ahab

Y está sobre todo, de eso no les quepa la menor duda, Ahab. Con un Pou que se deja literalmente la piel para encarnar, vociferando, llorando, aullando, al impío anciano rasgado y desmembrado que persigue con maldiciones y arpones a la ballena, desafiando a Dios y a los elementos. “¡Por ahí resopla!”, “¡rugid y remad!”, “¡muerte a Moby Dick!”.

Para sorpresa mayúscula, ¡está también la ballena!, la mismísima Moby Dick, noble y grande, de cólera hirviente, ¡aparece en el escenario! No solo en la pantalla que no para de arrojar imágenes evocadoras, líricas, fantasmagóricas (preciosa la de la luna que surge entre las olas como un leviatán selenita), sino físicamente.

El juego que se hace con una enorme tela blanca y unos ventiladores convierte el tejido primero en las velas majestuosamente desplegadas del Pequod con Ahab subido sobre un mastelero avizorando a la ballena, y luego, en un alarde de imaginación escenográfica, en la propia ballena tratando de aplastar a su mortal enemigo. Un efecto sensacional, estremecedor. Sobre la tela se proyecta un ojo que es el de Moby Dick, el del destino y el del Dios bíblico contra el que Ahab ha osado levantar su mano.

Sorprendentemente, en escena aparece la mismísima ballena blanca

La función arranca yendo al grano. El telón, sobre el que se proyecta una vieja xilografía de la ballena (otro guiño es el que en el programa de mano figure un mapa con la ruta del Pequod desde Nantucket al Japón y el Pacífico y la Polinesia), se abre para mostrar el puente del ballenero, los obenques y la jarcia. Magnífica evocación del barco.

“Es un hombre raro el capitán Ahab, pero, ah, te gustará, no tengas miedo, no tengas miedo. Es un hombre grandioso, blasfemo, pero como un dios”. Escuchamos la descripción que le hace el capitán Peleg a Ismael del que va a ser su propio capitán, Ahab. “Está acostumbrado a maravillas más profundas que las olas y su arpón es el más agudo y seguro de Nantucket”. En realidad, Ahab no entra en escena en la novela de Melville hasta el capítulo 28, lo que se ha comparado a la irrupción del tiburón protagonista del filme de Spielberg, que también se hace desear. Pero aquí hay que meterse en materia rápido. Ahab/ Pou está repantingado en su silla y despierta agitado de una pesadilla: ha vuelto a soñar con la ballena blanca.

"Parecía un hombre desatado de la pira cuando el fuego ha asolado e invadido todos sus miembros sin consumirlos" (...) Toda su figura, alta y ancha, parecía de bronce macizo, configurada en forma inalterable". Desde luego, Melville pone el listón alto para representar a su capitán. Pero el Ahab de Pou da la medida.

Cosas discutibles en el montaje: los andares antropoides del negro Pip (Oscar Kapoya), el tono a veces demasiado plano de Jacob Torres que interpreta a media tripulación, lo difícil que se hace para espectadores no familiarizados con la novela entender a veces el sentido de lo que se dice y de seguir la trama...Pero cuántas imágenes para llevarse a casa y renovar el sueño de la gran ballena blanca.¡Allí —en el Goya— resopla!

Sobre la firma

Jacinto Antón

Redactor de Cultura, colabora con la Cadena Ser y es autor de dos libros que reúnen sus crónicas. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona y en Interpretación por el Institut del Teatre, trabajó en el Teatre Lliure. Primer Premio Nacional de Periodismo Cultural, protagonizó la serie de documentales de TVE 'El reportero de la historia'.

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