Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Doble competencia nacionalista

La competencia entre PDeCAT y ERC y de Ciudadanos y el PP son dos subastas en paralelo: dos parejas condenadas a entenderse y a la vez a competir

La secretaria general de ERC, Marta Rovira, en el Parlament.
La secretaria general de ERC, Marta Rovira, en el Parlament. Massimiliano Minocri

La pugna entre los partidos de Carles Puigdemont y Oriol Junqueras que tiene en suspenso la elección del presidente de la Generalitat no es muy distinta de la que mantuvieron durante un año largo el PP y el PSOE desde 2015 hasta que Mariano Rajoy logró ser investido como presidente del Gobierno. En ambos casos se trata de pares de partidos que en sus respectivos ámbitos se disputan la hegemonía como representantes de intereses socioeconómicos y segmentos electorales muy próximos y en parte superpuestos. Esta cercanía tiene un aspecto muy positivo para ambos rivales en cada caso, porque facilita los acuerdos sobre programas de gobierno. Al mismo tiempo, tiene un aspecto muy conflictivo, pues empuja a cada partido a buscar e incluso agrandar diferencias entre ellos para alcanzar ante los electores la condición de más genuino portavoz de su espacio político ideológico. El premio para el vencedor es convertirse en el partido nacional.

En el caso de Esquerra Republicana y Convergència la competencia rebrotó con especial virulencia cuando ambos partidos se enzarzaron en una alocada subasta al alza durante la elaboración del Estatuto de Autonomía de 2006. Aquella puja no tenía por objetivo mejorar el proyecto sino ganar el título de primer y más consecuente defensor de Cataluña. El juego de la gallina: el primero que afloja es el perdedor. En aquel momento enrareció extraordinariamente el debate político.

Desde entonces, ERC y el PDeCat, el sucesor de Convergència, se han alternado en varias ocasiones en el papel de la gallina en el universo independentista. Puigdemont y el PDeCat fueron la gallina ante ERC y su secretaria general Marta Rovira en la mañana del 27 de octubre, cuando el presidente catalán se echó atrás en la decisión de convocar elecciones autonómicas ante la presión del Gobierno español. Ahora, en cambio son la misma ERC y Marta Rovira quienes se niegan a seguir a Puigdemont en su rechazo a admitir que se halla en una ratonera.

La interesante particularidad de esta circunstancia política es que Esquerra Republicana y sus dirigentes son por fin la parte más relativamente sensata de esta pareja. Atrás quedan los años en que el diputado de ERC Joan Tardà sentenciaba en los debates del Congreso, con toda seriedad pero también contra toda evidencia, que “nosotros nos vamos”, refiriéndose, claro, a que los catalanes se iban de España. Parece que ahora, bruscamente, en la cúpula de ERC se abre paso una realista percepción sobre qué es posible y qué no lo es.

No es fácil predecir si esa maduración de ERC va a prosperar o no. Los antecedentes del partido no inducen a esperarlo. En los medios sociales donde ERC es el partido histórico resuenan ecos del viejo libertarismo catalán, que impulsa a defender causas luminosas por imposibles que puedan parecer a otros. Ya se verá. Si prospera, esta evolución de ERC podría marcar un cambio de rasante en la política catalana porque aportaría serenidad a segmentos de la sociedad que viven con angustia la agonía nacional de Cataluña.

Pero si la competencia entre los dos partidos independentistas está resultando ser desastrosa para Cataluña, lo más llamativo del caso es que puede serlo aún más a consecuencia, precisamente, de la competencia existente en el espacio del nacionalismo español. Aunque el primer pulso fue entre el PP y PSOE, ahora es entre Ciudadanos y el PP. En la fase anterior a las elecciones legislativas de 2011, el PP se promovió en toda España como el genuino defensor de la nación española frente a lo que definía como el desafío catalán a propósito del Estatuto. Así logró ganar las elecciones generales por mayoría absoluta: acusando a Rodríguez Zapatero de estar entregado al nacionalismo catalán. En una fase posterior, sin embargo, la iniciada en 2015, Rajoy está siendo a su vez víctima de la competencia de Albert Rivera en el papel de genuino enemigo del catalanismo. Eso se resolvió por goleada en Cataluña en las elecciones del 21-D: 36 diputados a 4 a favor de Ciudadanos. En el escenario español, el auge de Ciudadanos se ha convertido así en una amenaza tanto para el PP como para el PSOE. Vista desde ERC y el PDeCat, la perspectiva no puede ser más inquietante. Porque el argumento para la pugna en el campo del nacionalismo español se resume en ver quién es más duro con el catalán. Son dos subastas en paralelo, con dos parejas de partidos condenados a entenderse y competir al mismo tiempo en cada uno de los respectivos espacios.

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