Opinión
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El dilema

El nuevo mito del espíritu del 1-O ni convence a la CUP ni crea condiciones para superar la difícil encrucijada independentista

Herido después de la carga policial en la Barceloneta.
Herido después de la carga policial en la Barceloneta.Carles Ribas

El momento actual de la política catalana se explica perfectamente en el preámbulo a la propuesta de investidura acordada entre el PDeCAT y ERC que fue rechazada por la CUP. Dicho preámbulo lleva el significativo título de El espíritu 1 de octubre.

Se trata de un texto breve, apenas un folio, que plantea el dilema ante el que se encuentra el movimiento separatista tras el resultado de las elecciones del 21 de diciembre: ¿hay que replegarse a los cuarteles de invierno y gobernar la Generalitat en el marco jurídico actual o hay que seguir adelante con el proceso, como hasta ahora, con entusiasmo pero sin ideas y sin plan? De los diez párrafos, nueve están dedicados a levantar los ánimos nacionalistas y uno, solo uno, a introducir un cierto realismo e insinuar, tímidamente, una vaga salida al embrollo actual.

En los primeros, en los del enardecimiento nacional, resultan impropios de un documento político de esta naturaleza. En realidad, más que una introducción a un acuerdo de gobierno se trata de una proclama encaminada a entronizar el pasado 1 de octubre como un día histórico, uno más en el calendario sentimental-nacionalista de Cataluña. Para ello, naturalmente, se habla siempre en nombre de Cataluña como un solo pueblo, se falsean sistemáticamente los hechos, se invocan falsos derechos y se promueve con descaro el odio al enemigo, es decir, al Estado español que en su lenguaje, como es sabido, es un símil de España.

Veamos el contenido y, en especial, el tono de este breve texto. La primera frase ya pretende expresar, con sutileza, la dignidad ofendida de un pueblo, de todo un pueblo: “Los catalanes no olvidaremos nunca la jornada del 1 de octubre, día de la celebración del referéndum”. Y añade: “Contra un pueblo indefenso y con las manos alzadas en señal de paz, la Policía y la Guardia Civil cargaron con una violencia inaudita, inverosímil e impropia de un Estado de derecho. Todas las líneas rojas de la ofensa a la dignidad humana fueron traspasadas y superadas. Cualquier previsión de la brutalidad que uno podía imaginarse se quedó corta”.

Tras este “suave y amigable” comienzo, tan ceñido además a la realidad de los hechos, en unos párrafos más adelante se insiste y se recapitula: “Desgraciadamente, pues, aquel día constatamos que la represión por parte del Estado español ya no tiene límites. Un Estado que en lugar de protegernos nos ataca, en lugar de garantizar nuestra libertad nos encarcela y obliga a marchar al exilio, nos inhabilita, nos impone multas exorbitantes, nos amenaza, nos degrada como personas, nos anula como pueblo”. Realmente, se trata de un texto de combate, en el que no se exagera sino que se inventa una realidad que poco tiene que ver con los hechos.

Ahora bien, se olvidan algunos datos básicos. Primero, aquel referéndum no era legal, se había advertido repetidamente, incluso mediante autos judiciales, quienes lo convocaban lo sabían sobradamente, fue una provocación; segundo, los Mossos d’Esquadra, el cuerpo de seguridad propiamente competente, no cumplió con su cometido de hacer respetar la ley, desobedeció una orden judicial y obligó a quienes no eran directamente competentes —Policía Nacional y Guardia Civil— que improvisaran una tarea para la que no estaban preparados, pasando a ser así víctimas de una emboscada perfectamente trazada; tercero, la violencia “inaudita”, “brutal” y todos los demás adjetivos que quieran utilizarse, teniendo en cuenta las circunstancias, fue más aparente que real, tal como prueba que, con una excepción, nadie fue ingresado en un hospital aquel día. Por tanto, mentiras sobre mentiras.

Pero este lenguaje feroz y agresivo, que no invita al diálogo sino a la confrontación, se suaviza al final del texto, con el fin de atraerse a la CUP, en el único párrafo que contiene un cierto realismo. En efecto, allí se hace un llamamiento a las fuerzas políticas independentistas del Parlamento para que sumen y avancen con el objetivo de ampliar sus bases sociales y políticas e ir ensanchando su escueta mayoría en escaños y su minoría en votos. En definitiva, una confesión de impotencia para seguir con el procés, una expresión de la necesidad de ganar más apoyos.

Este es el dilema al que se enfrenta el independentismo. Pero utilizar este lenguaje moralmente soez, este nuevo mito del espíritu del 1 de octubre, ni convence a la CUP ni crea condiciones para superar la difícil encrucijada en que se encuentra.

Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.

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