OPINIÓN
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Ruta de la cerámica humilde

Es un arte modesto, pero universal de puro primordial: vasijas y ladrillos, barro cocido cuyo origen y uso es la mano humana

Las cerámicas de la estación de plaza Catalunya.
Las cerámicas de la estación de plaza Catalunya.ALBERT GARCIA

Llevo medio mal el abandono de las cosas humildes de Barcelona, el de aquellas cuya medida es la mano humana (su inevitable teléfono móvil también encuentra en ella el límite absoluto de su tamaño, pero es asunto suyo de usted, no de la ciudad). Por ello escribo hoy en interés de restaurar unas piezas de cerámica urbana, dejadas de la mano de Dios y de los hombres, en la rotonda subterránea de la estación de metro de la plaza de Catalunya, que comunica desde hace más de medio siglo la línea 3 del metro con el tren de Sarrià y las salidas de Vergara, Rivanedeyra y Ramblas. Miles y miles de barceloneses pasamos cada día junto a estas cerámicas, pero presurosos y distraídos, ya no las vemos (hemos olvidado cómo mirar). Centenares de piezas de cerámica componen los seis murales de la rotonda. A varios de ellos les faltan cada vez más piezas, una pena, urge estabilizar su estado ya y restaurarlas cuanto antes (se hizo por última vez hace quince años).

La cerámica es arte modesto, pero universal de puro primordial: vasijas y ladrillos, barro cocido cuyo origen y uso es la mano humana. Preservar cerámica es respetar a la humanidad (a pesar del histrionismo ocasional de Ai WeiWei, paradigma del artista global, destructor legendario de una pieza muy valiosa de cerámica y víctima luego de otro vándalo que hizo lo propio con una de las suyas en un museo de Miami). Hay que salvar los humildes murales de la rotonda de Catalunya, pero para conseguirlo, primero hemos de reaprender a mirarlos.

Las cerámicas de la rotonda fueron un encargo del Ayuntamiento a la Escola Massana a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado. Proyectadas por Francesc Albors, entonces profesor de cerámica en la escuela, ocuparon a bastantes de los ceramistas de la Massana que luego han hecho merecida carrera. Evocan la historia de los medios de transporte, son amables e ingenuas y estuvieron al margen de las modas y estilos dominantes en la Barcelona de aquella época y de las que siguieron. Intenten mañana verlas, o aún mejor, concéntrense en observar un instante las locomotoras y luego descríbanlas a un allegado. No les resultará fácil, pues la rotonda es de radio estrecho, está mayormente tomada por vendedores, por algún músico, o por algún pobre de pedir y, para colmo, un gestor obtuso hizo fijar al suelo una papelera justo delante de uno de los plafones. Para verlos, es ideal una tarde de domingo, cuando el tráfico de trenes y de personas aminora y hasta los vendedores se han ido.

Animo a los poderes públicos a cuidarlas. También a los privados: en Barcelona, hay otros dos murales muy parecidos a los de la rotonda de Cataluña. Fueron encargados a los mismos ceramistas por una fundación privada, legado de dos industriales que siempre habían apoyado a la Massana. Uno de estos murales puede todavía verse en la planta baja de la calle Tuset, 20. El otro, en cambio, queda oculto bajo un revestimiento discreto al otro lado de la misma pared, en un local contiguo que ha cambiado varias veces de ocupantes y alguno de ellos tapó las humildes cerámicas. Duermen un sueño de décadas. Nadie las ve. Creo que no sería mala idea sugerir sacarlas a la luz o trasladarlas a otro lugar, que no costaría tanto y hay empresas de alta tecnología, usuarias de materiales cerámicos (superconductores, escudos de naves espaciales), que podrían animarse a preservar las cerámicas humildes de Barcelona.

La cerámica catalana del siglo XX tuvo su apogeo con un artista y persona refulgente, Josep Llorens i Artigas (1892-1980), profesor de la Massana muchos años. Son famosos sus trabajos con Joan Miró (en la vieja Terminal B del aeropuerto, por ejemplo, pero a mí siempre me han embriagado los pequeños jardines de cerámica que construyó con Raoul Dufy). Llorens no estuvo solo: antes que él, Antoni Serra i Fiter (visiten la casa Lleó i Morera en el paseo de Gràcia, 35), o, después, Antoni Cumella (suban por la Diagonal y deténganse en la entrada de la facultad de derecho de la Zona Universitària). Hay muchísimos más (no los puedo citar a todos, conozcan a nuestros ceramistas en la sede de su asociación, calle Dr. Dou, 7).

La cerámica busca hoy su lugar en la disputa sobre el arte globalizado. Pero no hace maldita la falta, que el barro cocido es grande en su humildad porque surge de las manos. Démonoslas.

Pablo Salvador Coderch es catedrático de Derecho Civil en la Universitat Pompeu Fabra

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