La viuda de Martin Verfondern: “En Santoalla hicimos nuestro sueño. Viviré y moriré allí”

Margo Pool reconstruye en el juicio la lucha por la que murió su marido en la aldea ourensana y acepta una drástica rebaja en su indemnización: "El dinero no puede devolverme la vida con Martin"

Martin Verfondern, en su casa de Santoalla do Monte, en septiembre de 2009.
Martin Verfondern, en su casa de Santoalla do Monte, en septiembre de 2009.Pedro Agrelo

La viuda de Martin Verfondern, el vecino holandés de Santoalla do Monte (Petín) asesinado en enero de 2010 y cuyos restos fueron recuperados en junio de 2014, se ha sentado en el juicio a apenas un par de metros de los acusados por la muerte, los hermanos Juan Carlos y Julio Rodríguez, hijos de la única familia nativa con la que los extranjeros compartían la apartada aldea de las montañas. Aunque ellos bajaban la vista, en especial Carlos, que no ha levantado la cabeza en ninguna sesión, no es para ella difícil mirarles a los ojos. Después de la misteriosa desaparición de Verfondern, Margo Pool siguió conviviendo con la familia que odiaba a su marido. Y lo hizo siempre "sin miedo", porque el que tenía espíritu reivindicativo y luchaba contra los Rodríguez en los juzgados reclamando la mitad que le tocaba de las ganancias del monte comunal era Verfondern. A ella, tras una ausencia temporal, siguió visitándola Juan Carlos cuando paseaba con la escopeta al hombro por la aldea. Hablaban "del tiempo y de los animales", con el parco lenguaje del gallego con discapacidad intelectual y las dificultades idiomáticas de la holandesa que desde que llegó en 1997 no ha logrado dominar la lengua. También Julio, según dijo este en la primera sesión del juicio, le encargaba cabritos. La viuda del asesinado y los supuestos asesinos siguieron compartiendo el reducido espacio de la aldea prácticamente arruinada donde ya casi solo se mantenían en pie las propiedades de ambas familias. Y ahora que ya no queda nadie más que ella, porque Juan Carlos cumple prisión preventiva, Julio vive en Petín y los padres de estos fallecieron recientemente, tras las detenciones, Margo Pool quiere quedarse para siempre. "Santoalla es muy hermosa. Martin y yo hicimos allí nuestro sueño. Por eso sigo viviendo allí y allí moriré, si es posible", ha explicado hoy al fiscal.

A lo largo de su declaración, Margo ha descrito la transformación de su esposo desde que empezaron los continuos choques con la familia oriunda, después de un primer año y medio de amabilidades y buena vecindad. Antes él era alegre y bromista, y con el tiempo, sobre todo al final, vivía preocupado, entregado solo a dar la batalla por sus derechos y por lo que consideraba que era justo. "Martin no era obsesivo, pero no podía convivir con la injusticia", ha explicado la viuda. De tal manera que instaló para proteger sus propiedades de aquello que él llamaba el "terrorismo rural" ejercido por la familia rival un par de cámaras disuasorias, y nunca salía de casa sin otra cámara de mano con la que grabar cualquier posible "agarrada" con Manuel Rodríguez, O Gafas, el padre de Julio y Juan Carlos. "Yo a Martin le decía que dejase esas cosas para que pudiéramos vivir en paz", ha recordado esta mañana Pool. Pero él no cesaba en su empeño.

El día que desapareció Martin, el 19 de enero de 2010, ella estaba en Alemania, el país natal de Verfondern, nacionalizado holandés. Llevaba allá mes y medio, cuidando de un tío de su esposo enfermo de cáncer y gestionando el ingreso en una residencia de otros dos con alzheimer. Al llegar la noche, alarmado, un voluntario israelí, Michael Levy, la telefoneó para alertarla. Al día siguiente, Margo emprendió el regreso en su coche a través de Europa y ahí comenzó su espera de cuatro años hasta que apareció el cuerpo.

Pese a que Martin Verfondern era buen conductor y conocía profundamente aquella carretera de montaña aupada entre precipicios que llevaba de Petín a Santoalla, en lo primero que pensó la viuda fue en un accidente. Todo esto a pesar de que su esposo, en sus últimos meses de vida, había escrito una carta al juzgado advirtiendo de que, si le pasaba algo, los culpables serían los miembros de la otra familia. Un tribunal acababa de darle la razón en la guerra por el monte comunal, reconocía sus plenos derechos sobre la mitad de los beneficios y la convivencia se había vuelto imposible. Martin solía recordar que en la casa de los Rodríguez había "escopetas y una pistola". Él sí tenía miedo. Por sí mismo y por ella. Pero con aquella carta al juzgado, de la que Margo Pool halló luego copia entre los papeles de su marido, nunca se supo qué pasó.

Además de una orden de alejamiento de Carlos y Julio Rodríguez durante un cuarto de siglo, en el escrito de acusación, el fiscal, Miguel Ruiz, reclamaba a favor de la viuda una indemnización de 200.000 euros. Hoy en el juicio le ha preguntado por esto: "¿Usted quiere ser indemnizada?". "Creo que el dinero es simbólico", ha respondido ella. "¿Y le parece bien si yo reclamo 50.000?", ha vuelto a preguntar el fiscal. Y ella ha asentido. Margo Pool ha aceptado ante los acusados, el jurado popular y el presidente del tribunal, Antonio Piña, una rebaja radical en la cantidad exigida para resarcir la pérdida de su pareja.  "El dinero no puede devolverme la vida con Martin", ha dicho.

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