BOCATA DE CALAMARES
Columna
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La triste vida del no futbolero

Eso de ver el partido en el bar es lo único que me gusta del fútbol, aunque por el bar, no por el fútbol

Banderas del Real Madrid son ondeadas al aire en las gradas del Santiago Bernabéu, el pasado 2 de marzo.
Banderas del Real Madrid son ondeadas al aire en las gradas del Santiago Bernabéu, el pasado 2 de marzo. AFP

En los prolegómenos del partido, en los aledaños del estadio, en un marco incomparable y en un montón de tópicos más me vi envuelto el sábado pasado: el Santiago Bernabéu parecía un enorme castillo medieval, iluminando la noche, al que los campesinos se acercaban con rastrillos y antorchas para matar al marqués. O una inquietante nave extraterrestre que había aterrizado en la Castellana para conquistar lo que queda del planeta Tierra. Dentro, además de los aliens viscosos, ocurría otro tópico: 22 hombres en calzones (aunque millonarios) persiguiendo un balón. No sabía quién jugaba.

No soy futbolero: ni práctico este deporte, ni lo veo por la tele, aunque a veces acompaño a un amigo al grasabar a ver el partido: eso de ir al bar es lo único que me gusta del fútbol, aunque por el bar, no por el fútbol. Me gustaría que me gustase el fútbol: querría sentir los colores, vibrar balompédicamente, discutir con la peña, hablar en primera persona del plural y llorar cuando perdiera mi equipo (llorar sabiendo que la derrota es irrelevante y que mi vida permanecerá inmutable, tirando a mal).

"Jugaban el Real Madrid y el Barça, me dice Google, era el partido por antonomasia, la Idea platónica del partido, el evento irrepetible que se repite varias veces al año"

De niño, para no ser outsider, intenté aficionarme: intercambié cromos y compré, exactamente, cuatro números de la prensa deportiva. Recuerdo un titular de portada: "Dubo lleva veneno", por uno que se llamaba Dubovsky y que murió joven. Es triste vivir afutbolísticamente, como estar sobrio en una rave: desde niño nos acompaña ese continuo rumor que sale de las radios y las televisiones, sobre todo en domingo, esa parte incomprensible de los periódicos y de los telediarios, esas conversaciones impenetrables en las barras y en los taxis, esas bengalas, esas euforias, esos cánticos, esos disturbios que nunca protagonizaremos.

Nunca he estado en un partido, exceptuando aquella vez en Oviedo que me llevó mi tía Vicen, que descansa en paz desde hace poco, a ver al jugar al Celta contra el Real Oviedo, en los años 90. El niño y la vieja que éramos quedamos atrapados en un intercambio parabólico de pedradas entre aficiones delante del antiguo estadio Carlos Tartiere. Por donde el Bernabéu, el sábado, se vendían bufandas, bufandas y más bufandas, más por símbolo que por abrigo, y banderas rojigualdas con un toro impreso: ya dijo Manuel Vicent en una columna que era absurdo enorgullecerse de simbolizar a España con un animal, el toro, que es continuamente derrotado en las plazas, como si este fuera un país abocado a la derrota.

Jugaban el Real Madrid y el Barça, me dice Google, era el partido por antonomasia, la Idea platónica del partido, el evento irrepetible que se repite varias veces cada año. Sentí, por un momento, la llamada desde dentro del estadio, una voz que me llegaba desde el césped y que se dirigía solo a mí, una fuerza invisible que me agarraba del bajo vientre y me atraía. Estuve a punto de ser abducido por la Liga de Fútbol Profesional. Me emocioné. Pero pronto aquel impulso desapareció y me alejé cabizbajo mientras media España era feliz siguiendo la trayectoria del esférico.

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