Tribuna
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Aquella noche de abril

La izquierda había ganado en Madrid y el vencedor era un profesor tan educado y afable como peligroso

Antonio Gómez Rufo (izquierda), junto al exalcalde de Madrid Enrique Tierno Galván.
Antonio Gómez Rufo (izquierda), junto al exalcalde de Madrid Enrique Tierno Galván.

Si debía de hacer frío que Tierno Galván llevaba abrigo, algo insólito en él. Hacía frío, sí; era martes, la noche estaba desapacible y un viento racheado proveniente de la sierra barría las calles de un Madrid silencioso, de aceras solitarias. Hacía frío, sí, pero no lo notamos ninguno. Y también se respiraba un aroma a cierto temor: la izquierda había ganado la capital y el ganador era un intelectual socialista, un profesor tan educado y afable como peligroso: todos los rojos lo éramos.

Lo supimos poco después de las diez de la noche: el PSOE, o sea Tierno Galván, había ganado las elecciones e iba a ser alcalde de Madrid. Y en ese momento, empezó un proceso de reflexión que no se extendió mucho: el minúsculo entorno del Viejo Profesor coincidió en que la prudencia aconsejaba sosiego y que había que mostrarse cauto ante las posibles reacciones que el hecho podría desencadenar. Pero, por otra parte, era necesario hacer visible el cambio, compartir la alegre noticia con los madrileños que lo habían decidido y transmitir la convicción de que la normalidad iba a presidir el tiempo nuevo.

La decisión la tomó el propio Tierno. No era la toma de la Bastilla, pero había que escenificar la entrada en la Casa de la Villa, sede, entonces, del ayuntamiento, y que el acto diera fe pública de que Madrid comenzaba una era que iba a ser trascendente para la historia de la ciudad. La plaza de la Villa vibraba antes de la medianoche con los madrileños eufóricos que enarbolaban banderas del PSOE y del Partido Socialista Popular, el partido del que provenía Tierno. Cuando llegamos, a pie, me dio la sensación de que casi nadie reconoció al nuevo alcalde, por eso no nos costó llegar hasta la puerta, franquearla y adentrarnos en el consistorio.

Solo un policía municipal se llevó la mano a la gorra, saludando al profesor. Los demás nos miraron indecisos, sin saber qué hacer. Fue un bedel trasnochador quien indicó que para pasar al interior había que mostrar la documentación y ser anotados en la mesa de visitas. Se cumplió el trámite y don Enrique, Encarnita, su hijo Quique y algunos más cumplimos el requerimiento. Luego fue un periodista municipal, Prados de la Plaza, el que acompañó a Tierno y a su mujer hasta el interior, donde conocieron algunas estancias. Los demás permanecimos en las inmediaciones de la entrada.

Fue una toma de posesión simbólica. Al acabar, una hora después, ya no quedaba casi nadie en los aledaños, las calles habían recobrado su aire de martes frío y temeroso y, quienes estábamos, marchamos junto al nuevo alcalde hasta la Plaza Mayor, en donde una docena de compañeros (Carmen González, Antonio Moraleda, Carmencita y Yolanda, Lauro Olmo, Pilar Enciso, Pilar Álvarez, Juan Lucio…) le rodeamos, escuchando sus palabras. Gracias, serenidad, prudencia, sigilo y todos al merecido descanso, nos dijo, que hay que dejar reposar a los vecinos que duermen.

Y aquellas palabras, como una bendición, nos devolvió a cada cual a casa, que al día siguiente, 4 de abril, iba a amanecer soleado porque había nacido un nuevo Madrid. Por supuesto, aunque exhaustos, ninguno pudimos dormir esa noche.

Antonio Gómez Rufo es escritor, autor de una docena de novelas, entre ellas la biografía de Luis García Berlanga y de diversos libros sobre Madrid. En 1983 dirigió el aula de Cultura del Ayuntamiento de Madrid y, durante tres años, el Centro Cultural Villa de Madrid.

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