Ojo de pez
Crónica
Texto informativo con interpretación

Historias de limones

En los corrales/jardines/huertos de casas, urbanas, rurales o residenciales modernas, nunca faltó un limonero

Limones de huerta balear.
Limones de huerta balear.Carles Ribas

Una cocinera civil, casi secreta, Cati Doctora, que no persigue la fama ni el negocio y que cocina cerca de la mar antigua que se ve desde Vilafranca y recrea el pintor Rafel Joan, formuló un postre al final de su mesa tan sabrosa: una bandeja de hojas de llimonera, un rebozado fino de pasta, frita, sobre los apéndices verdes del árbol oriental arraigado en el Mediterráneo. Al lado, sustantiva, una crema de limón, a cuchara. La delicadeza de las hojas solo había sido vista en libros viejos y un día en IB3 se vio cómo lo hacía una madonaen el Foravila de Felanitx, parecía que perfumaba la sartén...

Las hojas calientes imantan sus vigores y perfumes a la pasta de harina dulce. El postre es el forro, humilde y excelente bocado austero. El vegetal no se come pero siempre hay atrevidos o raros. Un día, una periodista llegó a la redacción con un presente para repartir: limones de su corral. Es un clásico social de intercambio amistoso: regalar frutos de una cosecha generosa.

Nada es banal sobre casi nada y menos sobre el limón. Árbol y frutos son historia útil, simbólica y necesaria porque crean, uno a uno, un espacio armónico, cierto cielo privado, un jardín cerrado, a tu lado, en el vecino, en villas y espacios lejanos. Los limoneros, articulados, altos o abiertos, dispersos, amparados, pequeños también (o los naranjos enanos y ordenados), detallan el paisaje inmediato con un verde oscuro o brillante, permanente, moteado de flores y frutos dorados gran parte del año.

El limón es un argumento: perfuma, ambienta, matiza, cura almas y transforma comidas: pescados y carnes, asados o ensaladas o alcachofas negras. Hay quién no sabe salir de casa sin un trago o un vaso de zumo de limón, ni comer pescado frito, al horno o crudo sin el aderezo. El arroz de pescado (arroz seco o paella) pide unas gotas de limón. Hay salsas y cócteles y refrescos masivos que parecen desnudos sin una rodaja; el roce del vaso o el bautizo del cóctel al pellizcar su piel amarilla.

Hay disertaciones mitológicas y doctrina religiosa sobre este árbol y sus ofrendas. Motivo de gran negocio es el cultivo y explotación de los cítricos amarillos casi sagrados, objeto y tótem para viejos creyentes, cristianos de la norma papal o escindidos originarios. En Sicilia —y en Nápoles— los limones son un capital que disputa la gran liga del mercado global: la mafia nació del control y monopolio de los limones y las naranjas. Y grandes piezas literarias y patrimoniales son deudoras de los espejismos y detalles, de los paraísos reencontrados, de los espejismos de los edenes perdidos. De Goethe a Machado, de Lampedusa a los Medici.

Hay donde ilustrarse y elegir: un buen libro de la jardinera Helena Attlee (El país donde florece el limonero) y siempre todo Josep Pla, un joyero de los detalles, ahora espigado por Jesús Revelles en Cabotaje mediterráneo. La científica divulgadora Aina S. (Serra), Erice en sus libros y blogs, disecciona las biografías de las plantas. Pero son los instintos y sentidos de la persona curiosa que determinan y eligen los libros.

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El zumo de limón es antiséptico, adoba los asados o matiza los finales, construye helados, cremas, granizados, limonadas para beber, comer el fruto a gajos o con la piel a mordiscos al correr o nadar. Frena la acidez interior del cuerpo, baja la presión y recarga vitaminas. En la repostería nativa las ralladuras y pieles son inevitables para acentuar pastas, helados o bebidas lácteas.

Por eso y muchas cosas más en los corrales/jardines/huertos de casas nunca faltó un limonero. Los pueblos del Mediterráneo que habitaron los litorales ajenos al frío escandaloso y los vendavales salados o helados fijaron un hito de su posesión en la tierra con uno a su vera. Desde Sicilia a Capdepera, de Djerba a Sa Colònia de Sant Jordi, las viejas casas de veraneo guardaban el mínimo espacio interior para la sombra, el aroma y los frutos amarillos.

Los limones quedan muy bien pintados... son de un oro neto y gráfico, parecen nacer para las naturalezas muertas también; hay algunas obras excelentes y una marea mediocre. Los frutos decoran y colorean las casas. Tan olvidados y con las arboledas y cosechas perdidas sin payés a su cargo los hay en Sóller, Fornalutx, Deyá, mientras que en las grandes superficies venden los frutos más lejanos a precio alto. En una pastelería de lujo la torta y el pastelillo de limón cotizan al alza. Y para la matanza particular son necesarios kilos y kilos de limones, zumo y piel, para depurar el contenedor de la sobrasada, las tripas.

Estos frutos ofrecidos como prenda o reserva perduran semanas y quien ha hecho navegaciones largas explica que nunca faltan en los barcos, porque con los calabacines son los vegetales sin conserva que menos se degradan. Quizás por eso se les consideró símbolo de eternidad y vida, escudo contra la amenaza de muerte. Antiséptico, se creía que rechazaba el veneno.

La fábrica artesana La Menorquina vació y congeló limones y los rellenó de helado, hace décadas y sigue la ocurrencia en manos multinacionales. Un refresco mallorquín de oportunidad, una limonada, nació de frutos locales: Pep Lemon resultó una historia fugaz, pero la aventura ideada por Verdaguer-Riutort fue trabada por la multinacional de nombre parecido, y el negocio cerró a pesar de tener un tam-tam periodístico y político cómplice y generoso.

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