Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

No podemos esperar más

Un gobierno socialista en minoría, con un pacto más o menos largo y sólido con UP y Esquerra y con los nacionalistas vascos, es la salida más segura y estable en este momento de transición

Reunión de Sánchez y Torra en diciembre en el Palau de Pedralbes.
Reunión de Sánchez y Torra en diciembre en el Palau de Pedralbes.MASSIMILIANO MINOCRI

El país necesita gobierno. Y no lo tiene. Lo que hay en la Generalitat no es un gobierno sino una célula de agitación y propaganda que dispone de forma partidista de los presupuestos y de las instituciones públicas. Lo que hay en La Moncloa es un gobierno en minoría y ahora en funciones que no puede gobernar de verdad, aunque aspire a hacerlo.

Esto ocurre en un momento especialmente delicado, con el desorden mundial trumpista en plena efervescencia y una desaceleración de la economía que hace temer una nueva recesión. El Brexit fuera y el procés dentro acaban de espesar el panorama. El Govern trabaja todavía con el presupuesto prorrogado de 2017 y el Gobierno de España con el de 2018, un fruto de la falta de mayorías parlamentarias que se traduce en unos déficits de inversiones, especialmente sociales, que pagan, como siempre, los ciudadanos con menos renta y oportunidades.

El precio de la ineptitud y de la interinidad es altísimo. Las comunidades autónomas se encuentran infrafinanciadas y sin liquidez. El impacto tiene efectos también en todas las entidades locales. Al final, quienes sufren son los ciudadanos, desatendidos en servicios y en infraestructuras que no se pueden financiar. El caso más ejemplar y doloroso es el de las prestaciones desatendidas por dependencia y por pobreza, que hacen víctimas políticamente poco visibles, tal como sucede con los que sufren las listas de espera de la sanidad pública o los que no cuentan con una vivienda en condiciones de salubridad y de dignidad.

Todo tiene explicaciones. En Cataluña son claras: desde hace siete años los principales recursos y energías han alimentado una hoguera que sigue reclamando leña sobre todo cuando más se debilita su llamarada. Pero hay otras sistémicas, vinculadas al momento de cambio político español. No es automático ni siquiera fácil pasar de un sistema de bipartidismo más o menos perfecto, donde no había dificultades para obtener mayorías de gobierno, a otro multipartidista y necesitado de coaliciones. Y hacerlo justo en el momento en que se ha roto y desprestigiado la cultura del pacto y del consenso, causa y también efecto de la herida abierta por el conflicto catalán que todo lo condiciona.

Tampoco es fácil de hacer cuando surgen fuerzas, a derecha y a izquierda, que ponen en duda incluso las bases del sistema constitucional, sobre todo cuando estas fuerzas, además, son imprescindibles para conformar las mayorías alrededor de los partidos que antaño habían conformado el sistema bipartidista. El bipartidismo no volverá, al menos tal como lo hemos conocido, pero la plena normalización de un nuevo sistema más plural donde nos regiremos con gobiernos de coalición quizás necesita esta actual etapa de transición, en la que todo depende tal vez de la pericia y la capacidad de absorber el riesgo por parte de los gobernantes.

Los resultados electorales han expresado una y otra vez que las nuevas fuerzas antisistema no cuentan con suficiente impulso para avanzar, ni las de derecha en la recentralización de España ni las de izquierda en la revisión rupturista de la Transición, con reconocimiento del derecho de autodeterminación y replanteo de la forma de Estado. Tienen en cambio suficiente fuerza como para ralentizar el actual momento de transición, con la remota esperanza de revertir los resultados electorales demasiado cortos obtenidos hasta ahora con el fin de volver a intentar el envite en el que hasta ahora han fracasado.

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Ahora los gobiernos de coalición constituyen una forma prematura que contiene todavía el germen de una regresión. La derecha ya ha hecho un experimento de dudosos resultados: la alianza con la extrema derecha xenófoba sirve más para reactivar a la izquierda que para gobernar con coherencia y visión estratégica. Ahora es la izquierda la que debe optar entre dos alternativas, como es el gobierno socialista en solitario, con apoyos para la investidura y después quizás por los Presupuestos, o el experimento dudoso de un gobierno de coalición de izquierdas con apoyo parlamentario del independentismo.

La preferencia de la derecha, reclamada desde el primer día, no deja dudas: una coalición de PSOE con UP y apoyo externo de Izquierda que permita una dura oposición y luego una victoria abrumadora que la instale al poder para una larga etapa. La otra opción, el gobierno en solitario, no tendrá más remedio que aceptarla si vuelve a haber elecciones y gana Sánchez, pero con la ventaja de que le habrá permitido intentar una mejora de la correlación de fuerzas. Desde Cataluña las preferencias se han decantado bien abiertamente: hay un independentismo que quiere volver a la normalidad del autogobierno y teme por el futuro de la autonomía. Y hay otro en cambio, el del desgobierno de Torra y Puigdemont, que necesita y quiere cuanta más gresca mejor, con una España repintada por Abascal y no por Iglesias, para seguir alimentando la hoguera ahora debilitada del procés.

Es extraordinaria la responsabilidad de las izquierdas, incluidas las independentistas. Queriendo obtener todavía el máximo, se pueden encontrar con el mínimo, las manos vacías, o peor, atadas durante muchos años. ¿Alguien imagina un gobierno en La Moncloa con Vox? Un gobierno socialista en minoría, con un pacto más o menos largo y sólido con UP y Esquerra y con los nacionalistas vascos, es la salida más segura y estable en un momento de transición del bipartidismo al multipartidismo tan difícil y cuando todavía empujan, aquí y en todas partes, las fuerzas que quieren arrasar con el democracia representativa y, detrás, con el Estado de derecho, la Unión Europea y finalmente nuestras libertades.

Tal como ha dicho y repetido Josep Maria Bricall, “el país necesita que se gobierne, lo que no puede ser es que no gobierne nadie”. En Barcelona y en Madrid necesitamos urgentemente gobiernos que gobiernen, y no podemos esperar más.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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