Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

En busca del catalanismo

El dilema es por qué tipo de catalanismo se deciden: el que triunfó con el advenimiento de la democracia o el que fue construyendo poco a poco una nación para que en su momento reclamara la independencia

Primera reunión de la plataforma El País de Demà.
Primera reunión de la plataforma El País de Demà.JOSEP LLUÍS SELLART

En los últimos meses han ido apareciendo varios grupos políticos, formados principalmente por antiguos militantes de Convergència, de Unió Democràtica y del PSC o independientes no adscritos, que pretenden ocupar un espacio electoral que consideran vacío: el de aquellos que se sienten catalanistas y no se reconocen en el actual separatismo de ERC, PDCat y la CUP.

Algo de razón tienen. Es indudable que algunas decenas de miles de catalanes son de esta opinión, lo demuestra el resultado que alcanzó Unió en sus últimos estertores, alrededor de cien mil votos si no voy errado. Aunque insuficientes para obtener un escaño no son pocos, con una menor participación lo habrían obtenido. 

Muchos catalanes votantes hasta ahora de partidos independentistas se han sentido engañados por los partidos a quienes otorgaban su voto

Seguramente, estos grupos a favor de un nuevo partido catalanista también esperan que aumenten sus adeptos tras los hechos de otoño de 2017, el fracaso del golpe a la democracia, las responsabilidades penales exigidas, la extraña bicefalia entre Puigdemont y Torra en la presidencia de la Generalitat, la sensación creciente de que la autonomía catalana no está siendo gobernada, la incertidumbre de la situación política y la degradación de la seguridad pública. Además, si bien muchos lo tuvimos claro desde el principio, las promesas de los separatistas se han demostrado falsas y sin base alguna: Cataluña no tiene derecho a la autodeterminación, ni por las normas de derecho internacional (las únicas que lo regulan), ni por las de la Unión Europea y, menos aún por el derecho español. 

Probablemente, muchos catalanes votantes hasta ahora de partidos independentistas se han dado cuenta, al fin, de todos estos errores, se han sentido engañados por los partidos a quienes otorgaban su voto, no piensan volver a votarlos y, sintiéndose catalanistas, desean que se constituya un partido que les represente. Por tanto, como ya he dicho, alguna razón tienen los grupúsculos que se reclaman del catalanismo y están desilusionados con el rumbo emprendido por el PDCat, ERC y la CUP. 

Ahora bien, entre otros, tienen un grave problema por resolver: delimitar qué es el catalanismo, este sentimiento que ellos sienten. En efecto, el catalanismo político es un movimiento que comenzó a fines del siglo XIX con una extraña mezcla: una ruptura de Almirall con el federalismo de Pi Margall, la incorporación de un sector católico discrepante con el carlismo, que encarnó el obispo Torras i Bages, y un movimiento conservador regeneracionista y proteccionista cuya figura principal fue Cambó. La síntesis teórica de todo ello la efectuó Prat de la Riba con la inestimable ayuda de Duran i Ventosa.

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El concepto de catalanismo que surgió de esa mezcla era algo brumoso pero con dos ejes claros: primero, Cataluña tenía una cultura diferenciada de la del resto de España por razón de lengua, lo cual la convertía en nación; segundo, para proteger esta cultura, esta nación, se necesitaban instrumento de poder propios no sometidos al poder central. En aquel entonces, los términos separatismo o independentismo no eran habituales aunque sí lo era el término confederal, muy distinto al federal y, en buena parte, equivalente a separatismo: se trataba de concebir a España como un conjunto de pueblos distintos y soberanos que pactaban una unión confederal. Por tanto, el catalanismo político podía tener dos consecuencias muy distintas: la autonomía política dentro de un estado federal o la soberanía dentro de una confederación.

En la Constitución de 1978 se optó por lo primero y el Estatuto de 1979, no sin ambigüedades, lo desarrolló en sentido autonómico. Jordi Pujol optó por acogerse a ello (peix al cove) para convertirlo en palanca (construcció nacional) hacia lo segundo. El resultado ha sido que desde 2003, y especialmente, desde 2012, todos los nacionalistas rechazaron la autonomía por insuficiente y se tomó el camino de la soberanía, es decir, del separatismo y la independencia.

El dilema de quienes buscan una forma de catalanismo para acabar con la situación actual es por qué tipo de catalanismo se deciden: el que triunfó con el advenimiento de la democracia en 1978 (poder político, oficialidad del catalán y competencias para la protección de la cultura) o el que fue construyendo poco a poco una nación para que en su momento reclamara la independencia. Si es por el primero, todos los partidos catalanes (excepto los separatistas y Vox) son catalanistas; si es por el segundo (peix al cove y construcció nacional) estamos otra vez en el pujolismo, de nuevo en la antesala del independentismo.

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