Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El paréntesis

La moción de censura a Rajoy y la experiencia de gobierno indicaban un cambio de rumbo y las elecciones de abril parecía que podrían avalarlo. Pero en verano el PSOE decidió volver diez años atrás

Pedro Sánchez la noche que ganó las últimas elecciones.
Pedro Sánchez la noche que ganó las últimas elecciones.ULY MARTIN
La convocatoria de las elecciones se ha visto influenciada por la teatralidad de las negociaciones

El relato de las convulsas vicisitudes que han llevado a la convocatoria de elecciones generales, que han ocupado buena parte de la actualidad política del verano, se ha visto quizás muy influenciado por la teatralidad con que se han llevado a cabo las negociaciones que a la postre se han demostrado fallidas. La larga espera de un primer movimiento de Sánchez, las reuniones entre los equipos negociadores, las declaraciones a la prensa de unos y otros (con picos narrativos realmente incisivos por parte de las ministras socialistas), los documentos inexplicablemente filtrados y manipulados, la sorpresiva renuncia de Pablo Iglesias a formar parte del Gobierno si es que esto era el real obstáculo a la formación de un Ejecutivo. Después la confusa, tímida y deliberadamente corta (no duró más que pocas horas) oferta para un gobierno de coalición, que Podemos rechazó en julio, con el convencimiento —a la postre equivocado— de que con alguna semana de margen de más se podría perfeccionar, clarificar y mejorar. Un agosto de calma chicha y tensa, en que un PSOE ya explícitamente escorado hacia una convocatoria de elecciones anticipadas en pocos minutos rechazaba un largo documento de los morados que podía haber sentado las bases para un acuerdo posible. Finalmente la aceleración final: la ronda de contactos del Rey, en la cual se constató la falta de acuerdo, y el movimiento en extremis de Albert Rivera, que además de funcionar como un recurso para la campaña electoral, apunta posibles desarrollos del futuro. Una película a la vez trepidante y tristísima, con más villanos que héroes. Pero, sobre todo, una película incompleta y engañosa, en la medida en que relata solo un fragmento de la historia, y además de manera superficial.

Porque la historia de cómo finalmente acabó de manera abrupta esta legislatura, básicamente por voluntad del PSOE —y más allá de los errores más o menos graves de los otros actores implicados, que seguramente tuvieron su peso—, tiene que ver con lo que ha pasado en España como mínimo en los últimos diez años y con cómo el mismo PSOE —que se vanagloria de ser el partido que más se asemeja al país— se enfrentó a todo ello.

Hubo reflejos conservadores: el intento de pacto con Cs y algún episodio gore como la defenestración de Sánchez

Un repaso rápido de lo más lejano: el último gobierno de Zapatero erró de manera cabal al no prever y sobre todo al ocultar los efectos de la crisis económica de 2008. El 15-M fue el epifenómeno de un descontento profundo que alertaba sobre la ruptura de toda una serie de equilibrios y funcionalidades del sistema al saber recoger intereses y necesidades de sectores amplios de la ciudadanía y, especialmente, de las clases populares y de los jóvenes, los más castigados por la crisis. El PSOE no supo ni quiso entender (aunque es cierto que la prudencia de Rubalcaba impidió que se decidiera reprimir en la Puerta del Sol, como en cambio pasó con el gobierno de los mejores de Mas en Barcelona). La decisión de cambiar ese mismo verano de 2011 el artículo 135 fue toda una demostración de desubicación y los años de la primera legislatura de Rajoy no hicieron sino confirmar una incapacidad creciente de representar lo que antaño había sido el electorado socialista. Así se llegó a 2015 y al gran miedo de diciembre: los millones de votos a Podemos y a las confluencias —y que estuvieron bien cerca de realizar un sorpasso al PSOE—, venían ciertamente de la capacidad de quien supo hilar aquella propuesta política (conjugando de forma democrática y progresiva aquel descontento), pero también de la desorientación total con que los socialistas se enfrentaron a la situación. Y otra vez hubo un reflejo conservador: primero con el intento de pacto con Cs y después con algún episodio gore como la defenestración de Sánchez y la abstención a la investidura de Rajoy.

Fue aquí cuando se abrió una fase nueva, que muchos —incluso los que habían dejado de votar socialista—, consideraron interesante: la remontada en la secretaría de Sánchez, aupado por una militancia más capaz de ver lo que había pasado que los propios dirigentes. Y llegaba con un programa claro, que dejaba entrever el mensaje que la mayoría social había manifestado en los últimos años: se entendía que el bipartidismo había muerto, que no se podía transigir con la corrupción, que las respuestas a la crisis tenían que ser redistributivas y no austeras, y que se tenía y se podía cooperar con quienes —con aciertos y errores—, habían llevado esa agenda al Parlamento. La moción de censura a Rajoy y la experiencia de gobierno —culminada con un acuerdo de PGE que podía ser una base de trabajo para el futuro—, indicaban un cambio de rumbo y las elecciones de abril parecían refrendarlo. Pero en verano —y de forma absoluta y abrupta— el PSOE decidió cerrar lo que, en vez de una fase, finalmente parece haber sido solo un paréntesis, para volver diez años atrás. Falta por ver si y hasta qué punto el electorado socialista querrá aceptar este cierre o bien, con un correctivo, desterrar cualquier tentación nostálgica y mirar finalmente al futuro.

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