Los meandros de Esquerra

Desde la restauración de la democracia, la formación que ahora lidera el encarcelado Oriol Junqueras ha dado muchos tumbos, fruto del combate entre esencialismo y renovación

El vicepresidente del Govern, Pere Aragonès, interviene en el 28º Congreso Nacional de ERC, en Barcelona.
El vicepresidente del Govern, Pere Aragonès, interviene en el 28º Congreso Nacional de ERC, en Barcelona.David Zorrakino (Europa Press)

Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) llegó este sábado a su congreso con un pesado bagaje sobre sus espaldas. Desde la restauración de la democracia, la formación que ahora lidera el encarcelado Oriol Junqueras ha dado muchos tumbos, fruto del combate entre esencialismo y renovación, entre las luces de la modernidad y la tradición nacionalista. Esas dos sensibilidades luchan entre ellas y al tiempo conviven en el seno de un partido que lleva en su escudo el triángulo de la masonería, pero tiene como presidente a un católico practicante; en sus siglas dice que es de izquierdas pero gobierna con la derecha nacionalista catalana.

La Esquerra actual alardea de que fue el último partido catalán en ser legalizado, pero pocos recuerdan que la ERC que durante la Transición capitaneó Heribert Barrera no veía con malos ojos la ley para la Reforma Política de Adolfo Suárez. De hecho, en el referéndum de 1976 sobre esa norma dio libertad de voto mientras el grueso del antifranquismo pedía la abstención. Un año después concurrió a las primeras elecciones, las del 15-J, en coalición con un partido maoísta, el Partido del Trabajo de España. En 1978 pasó de ese extraño Kuomitang, con el anticomunista Barrera al frente, a votar en contra de la Constitución por no contemplar la República y la autodeterminación; y en 1980 sus 14 diputados hicieron presidente de la Generalitat a Jordi Pujol, que recibió también el apoyo de la UCD de Suárez.

Los meandros de ERC han sido infinitos en su historia reciente. Fue el amante despechado de CiU, que hasta su conversión al independentismo siempre prefirió pactar con PP o PSOE antes que con ellos.

Lo cierto es que poco a poco la actual Esquerra ha desandado el camino conservador que le hizo recorrer Heribert Barrera, que fue soldado de artillería republicano en los frentes de Aragón y del Segre durante la Guerra Civil y racista y esencialista en su vejez. A su muerte, en 2011, recibió el homenaje del partido xenófobo Plataforma per Catalunya.

Cataluña o la democracia

Barrera era una bomba de relojería de tal magnitud que en 2009 la dirección de ERC lo suspendió de militancia. Ya llevaba años predicando que los negros “tienen un coeficiente intelectual inferior a los blancos”, que había que “esterilizar a los débiles mentales de origen genético” o que cuando el ultraderechista austriaco Jörg Haider decía que en su país había demasiados extranjeros “no está haciendo una proclama racista”. Barrera sintonizaba plenamente con el pensamiento reaccionario catalán. El viejo soldado de artillería se había pasado con armas y bagajes a la trinchera enemiga: formaba parte de esa corriente esencialista del nacionalismo y afirmaba que “antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia” o que “el bilingüismo implica la desaparición de Cataluña como nación”.

Esquerra topaba en sus intentos por modernizarse con un enorme lastre esencialista. Los primeros en intentar cambiar las cosas fueron Àngel Colom y Pilar Rahola. En el congreso celebrado en Lleida en 1989, que aprobó la independencia de los “Països Catalans”, se incorporaron al partido jóvenes independentistas procedentes de pequeños partidos —Nacionalistes d’Esquerra, PSAN, Movimient d’Unificació Marxista— y movimientos como la Crida a la Solidaritat, una combativa plataforma nacionalista en favor de la lengua y la cultura catalanas. Josep Lluís Carod-Rovira empezó entonces su carrera en ERC.

La indefinición social del partido provocó debate: los jóvenes procedentes de los sectores políticamente más progresistas defendían que el tema nacional y el social eran dos caras de la misma moneda. Y, sobre todo, hacían hincapié en que, sin renunciar a la independencia, el partido debía abrirse un espacio en la izquierda catalana.

El debate generó una profunda crisis y Colom y Rahola abandonaron el partido. Carod se hizo con la presidencia de la formación y Joan Puigcercós con la secretaría general. A pesar de la nueva orientación, ERC no acababa de renunciar a su vieja herencia ideológica y, por ello, tendió la mano a la Convergència de Pujol en 1999. El entonces president, siguiendo su tradición, prefirió pactar su investidura con el PP y para lograrlo acordó con la derecha española no proponer ninguna reforma del Estatut. Esquerra comenzó a virar su proa hacia un pacto con las izquierdas.

El cambio se consagró en 2003, cuando se formó el tripartito de izquierdas en Cataluña: un pacto con los socialistas de Pasqual Maragall y con los ecosocialistas de Joan Saura a los que dio la mayoría ERC. La felicidad no fue completa, pues en enero de 2004 Carod fue obligado a dimitir como segundo del Gobierno de la Generalitat al desvelarse que se había reunido con dirigentes de ETA en Perpiñán para evitar atentados de la organización terrorista en Cataluña. Con todo, el entusiasmo izquierdista de ERC no cesó y ello le llevó a votar la investidura de José Luis Rodríguez Zapatero en abril de 2004.

Reorganización

El tiempo, el desgaste político y el fracaso de la entente del tripartito hicieron que Carod fuese sustituido por Joan Puigcercós, el hombre que modernizó el funcionamiento de ERC. Esquerra pasó de ser un movimiento asambleario (votaban solo los militantes que acudían al congreso, y que solían ser los más críticos con la dirección) a un partido con mesas descentralizadas en el que los miembros pueden votar las decisiones durante un día. La reorganización coincidió con la gran crisis de ERC. El tripartito hizo aguas: el recorte del Estatut dividió a los socios y Esquerra, aun pidiendo el voto en contra del texto estatutario, no logró evitar la salida de su ala más esencialista. La convivencia con los socialistas resultó dura para los más nacionalistas, a quienes les costó digerir que José Montilla fuera presidente de la Generalitat.

Carod y Puigcercós poco a poco dejaron la primera línea. Pero el segundo preparó el aterrizaje de un joven valor, Oriol Junqueras, quien adoptaría el discurso de Carod al intentar hacerse con la hegemonía con un proyecto de ciudadanía, no de identidad.

Sin embargo, en la carrera por la primogenitura del independentismo, Esquerra ha vuelto a poner sordina a su acento social. El partido no ha logrado romper la tela de araña tejida por el procés, en la que todos los actores deben demostrar a diario que no son traidores y que son los más soberanistas. En 2017 fue el republicano Gabriel Rufián quien advirtió a Carles Puigdemont de que no podía convocar elecciones y venderse por “155 monedas de plata”. Ahora son los exconvergentes quienes le dicen a Esquerra que no sean ellos quienes traspasen la línea roja. Las negociaciones con el PSOE pueden romper esa dinámica endiablada. O no.

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