MADRID ME MATA
Columna
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La libertad también es eso

Recuerdo esas mañanas en las que Andrea y yo no podíamos evitar faltar a clase porque el mundo que se abría ante nosotras no cabía en un aula

Banderas arcoiris en la estación de metro de Chueca, en 2017.
Banderas arcoiris en la estación de metro de Chueca, en 2017.Álvaro García

Recuerdo esas mañanas en las que Andrea y yo no podíamos evitar faltar a clase porque el mundo que se abría ante nosotras no cabía en un aula. Estaba ahí afuera, en las librerías de segunda mano de Moncloa, en el color de la Gran Vía a primera hora, en las tardes en las que devorábamos los libros que comprábamos en la Cuesta del Moyano tumbadas bajo ese sol que solo se pone en El Retiro, con los cuerpos llenos de calor y ganas. Todavía no vivíamos en la capital y aquellos viajes eran una puerta abierta al mundo que soñábamos. Con veinte años todo es una primera vez, y eso es algo que solo te enseña el paso del tiempo.

Una mañana nos fuimos a Chueca. Yo no podía contener las ganas de conocer ese barrio del que tanta gente hablaba, donde el amor se da la mano sin miedo y las risas brotan bajo la luz de las farolas, ya nunca más escondida en las esquinas. Me parece mágico el hecho de que una ciudad contenga un bastión sin murallas. Nadie debería conocer la tristeza infinita que se siente al soltar la mano de la persona que amas. Nadie.

El caso es que llegamos y fue, contra todo pronóstico, una decepción. Eran las diez de la mañana y lo que me encontré fue un barrio totalmente normal: los negocios abrían con pausa, la gente caminaba con una prisa parecida a los que lo hacían un par de calles más allá, los vecinos eran los mismos, exactamente iguales, con los mismos trajes y los mismos ojos que los que habitaban Moncloa. Yo esperaba ver una explosión de colores, rostros felices, el amor y la libertad estallando como fuegos artificiales en cada calle, pero lo único que me encontré fue un par de tiendas con banderas de colores. La libertad esperada, que se me antojaba veloz en todas sus definiciones, se me mostró tranquila, como un animal que duerme sin miedo: un espectáculo hermoso.

Hubo otros días, claro, en los que el animal nocturno se despertó y descubrí lo que esperaba que fuera el barrio que más orgullosa me hace sentir de Madrid. Existieron y se repitieron cada fin de semana. Sin embargo, si echo la vista atrás, recuerdo con mayor claridad ese primer encuentro con la libertad de Chueca, ese en el que la normalidad lo fue todo, el que me hizo ser consciente de que todo aquello que estaba viviendo por primera vez y que me causaba cierto temor, también se dormiría, con la tranquilidad de saber que todo va a salir bien. Porque la libertad también es eso. Madrid me mata.

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