Constitución Chile 2022
Tribuna
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La democracia, una obligación para todos los chilenos

Entre las instituciones de la república que empezaron a crujir y a resquebrajarse están los medios de comunicación tradicionales

El cierre de campaña a favor de aprobar la nueva Constitución chilena, este fin de semana en Valparaíso.
El cierre de campaña a favor de aprobar la nueva Constitución chilena, este fin de semana en Valparaíso.Adriana Thomasa (EFE)

El próximo domingo 4 de septiembre los chilenos volveremos a las urnas para culminar institucionalmente un proceso que partió el 18 de octubre de 2019 en las calles fuera del orden establecido.

Cualquiera sea el resultado, todos los que habitamos en este país tendremos que hacer una análisis introspectivo, pero también sobre el país que queremos ser.

Es un lugar común decir que Chile cambió. Todo está siempre cambiando. Aquí, en el viejo continente y hasta en China, son solo las distintas velocidades en los cambios las que a veces nos confunden.

Cierto es que Chile no es el de hace 10 años, mucho menos el de hace 30. Composición demográfica, grandes volúmenes de inmigración (de la legal y de la otra), cambios en el PIB, reducción sistemática de la pobreza, niveles de educación y salud en estándar OCDE.

Muchos intelectuales locales han escrito sobre estos fenómenos y sus implicancias en nuestro sistema democrático. Los politólogos advirtieron que en estos 30 años de joven democracia algunas de las piezas claves del engranaje político entraban en crisis. Los partidos los primeros. El sistema judicial. El Congreso y su endogámica manera de rejuvenecerse. La apatía ciudadana que con la voluntariedad del voto fue dejando los asuntos públicos solo en manos de incumbentes. Otros, quizás más lúcidos, anunciaron que el milagro chileno del crecimiento económico iba dejando una reguera de heridos en el camino. Pero nuestra borrachera del éxito en los rankings no nos dejó ver que la brecha de la distribución de la riqueza tenía visos vergonzosos. Mientras algunos disfrutábamos de los frutos del Chile pujante, otros tenían menos suerte. Salud, educación, pensiones, calidad de vida, en definitiva, eran abismalmente distinta para unos (pocos) y para el resto.

Es verdad que fuimos capaces de reducir la pobreza de un modo tal que podíamos sentirnos orgullosos del modelo chileno. Pero, como siempre, la estadística mostraba lo que el conferencista quiere mostrar. Debajo, había y hay una realidad de la que los chilenos no solo no podemos enorgullecernos, sino de la que tenemos más bien que avergonzarnos. No se trata de ser autoflagelantes. En casi todo, Chile es hoy un mejor país. La contradicción es que muchos chilenos ni lo sienten ni lo creen, pese a que la evidencia es real y abrumadora.

He dedicado mi vida al periodismo. Durante 25 años he sido testigo privilegiada de los hechos políticos que han dibujado nuestra realidad y he tenido la oportunidad de relatarle a mis compatriotas a diario el devenir del país. Quizás por eso no me detuve a tiempo en un fenómeno que intelectuales y politólogos no destacaron a tiempo para intentar avisar de la crisis que se nos venía.

Otra de las instituciones de la república que empezó a crujir y a resquebrajarse fueron los medios de comunicación tradicionales. No es la oportunidad de referirse a las causas. Quisiera detenerme un segundo en las consecuencias.

Si nuestro rol era ser el cuarto poder, si de verdad representábamos el punto de referencia de nuestras democracias, debimos atender a tiempo que la debacle de los medios tradicionales a manos de plataformas y redes sociales tendría también consecuencias políticas, pero no lo vimos. Muchos de los medios, y algunos de mis colegas, abrazaron las redes sociales como un instrumento de marketing y vanidad personal, pensando que los likes eran un apoyo a su labor sin entender que eran más un eco de la frustración y rabia contenida en masas que no encontraban donde manifestar sus sentimientos y emociones.

El surgimiento de las redes sociales y de las plataformas en factótums de la realidad (también de la moral y la ética) y travestidos de supuestos medios de comunicación han exacerbado el problema.

Una gran mayoría de ciudadanos dice informarse por esta vía, cuando estos no son medios. No responden a la vocación periodística, no tienen método ni rigor, sin estructura ni edición, en definitiva, sin responsabilidad. Así, la gente, que ya es incapaz de distinguir entre lo uno y lo otro, ni se informa ni es capaz de construirse una tesis de la realidad sobre el país en que viven y más bien van recitando, repitiendo y vomitando la rabia y el estallido que el algoritmo de la plataforma exacerba en busca de más tráfico y más clics.

A menos de una semana del plebiscito de salida que aprobará o rechazará el borrador de texto constitucional que la Convención (sí, paritaria y diversa, pero también inmadura, ingenua y mesiánica) le propuso al país, me desvivo, más que por el resultado electoral, por la convicción que los medios tradicionales hemos resignado nuestro rol republicano y le hemos cedido un espacio y rol a las redes sociales que solo espero no sea tarde para recuperar. Porque cuando baje la espuma de la efervescencia social, la política volverá a ser responsabilidad de todos, y la democracia una obligación para todos; electores y elegidos y el periodismo y los medios o retomamos nuestro lugar como garantes de los procesos públicos o terminamos de desvanecernos en el eco, sordo y vulgar de las redes sociales y la plataforma de turno.

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