La vacuna contra la covid que pudo costar 400 euros por persona

Albert Bourla, jefe de Pfizer y descendiente de judíos expulsados de España, reconoce en un libro que se planteó disparar el precio de la dosis y cuenta su versión de la lucha contra la pandemia

El jefe de Pfizer, Albert Bourla, da un discurso ante el presidente estadounidense, Joe Biden, el 10 de junio de 2021, en Cornualles (Reino Unido).
El jefe de Pfizer, Albert Bourla, da un discurso ante el presidente estadounidense, Joe Biden, el 10 de junio de 2021, en Cornualles (Reino Unido).BRENDAN SMIALOWSKI (AFP)

La anécdota es tan simple que parece una broma. El entonces presidente estadounidense, Donald Trump, convocó al veterinario griego Albert Bourla a una reunión urgente el 2 de marzo de 2020, cuando ya estaba claro que el nuevo coronavirus iba a embestir a toda la humanidad. Bourla, director ejecutivo de la farmacéutica Pfizer, tuvo que excusar su ausencia, porque estaba en Grecia para asistir a un congreso económico. Pero cada hora que pasaba aumentaba el pánico en el planeta. El foro griego se canceló. Y Bourla decidió volver a Estados Unidos a toda prisa. En el vuelo de regreso, tras “horas reflexionando”, escribió sus prioridades en una libreta, con una letra infantil: “1. Seguridad y bienestar de nuestros empleados. 2. Suministro de medicamentos esenciales. ¡¡¡Hospitales!!! 3. Soluciones médicas contra la covid: a. ¡¡¡Vacuna!!! b. Tratamientos”.

El plan no parecía muy sofisticado, pero, apenas nueve meses después, Margaret Keenan, una mujer británica de 90 años, se convirtió en la primera persona del mundo en recibir una inyección aprobada contra la covid. Pfizer y su socia alemana BioNTech lograron desarrollar una vacuna en solo 269 días, cuando lo habitual era necesitar una década. Estas dos empresas ya han entregado más de 3.000 millones de dosis. Bourla, que se define como “un griego judío extrovertido que emigró a Estados Unidos”, cuenta ahora su versión de los hechos en el libro Elegimos ir a la Luna (Península).

El relato de Bourla muestra a un padre de familia que, en los peores momentos de la pandemia, llegaba a su casa exhausto por la noche, se ponía una copa de vino chardonnay y se sentaba con su esposa a darse “un atracón de episodios de Las chicas Gilmore”, una comedia dramática de 153 capítulos sobre una joven madre soltera y su hija. Durante el día, Bourla admite que era un ejecutivo extremadamente agresivo que presionó de manera “implacable” a sus trabajadores para lograr lo que parecía imposible.

“Marcarse objetivos que son muy ambiciosos o metas que no se han alcanzado nunca puede desatar la creatividad humana de maneras espectaculares”, reflexiona el griego en su libro. “Si pides a tus trabajadores que hagan en ocho años algo que suele hacerse en diez, les va a parecer un desafío, pero pensarán soluciones dentro del proceso actual. Si les pides que fabriquen 300 millones de dosis en lugar de 200 millones (esa era nuestra capacidad anual en ese momento), les va a parecer duro, pero buscarán soluciones que mejoren la forma actual de hacer las cosas”, continúa. “Sin embargo, en este caso no les pedí que lo hicieran en ocho años, les pedí que lo hicieran en ¡ocho meses! No les pedí que fabricasen 300 millones de dosis, les pedí que fabricaran ¡3.000 millones!”.

No supe aguantar el peso de esa gran responsabilidad y causé dolor a muchas personas que no lo merecían
Albert Bourla, director ejecutivo de Pfizer

Bourla afirma que puso a unos 30.000 empleados de Pfizer —un tercio de la plantilla— a diseñar ensayos y planes de fabricación de medicamentos contra la covid. Cuando aparecía un obstáculo, el ejecutivo confiesa que recurría al chantaje emocional. “Hay gente muriendo. No valen excusas. Resuélvelo”, espetaba. El libro tiene un inevitable tono propagandístico, pero Bourla reconoce que a veces perdía los nervios, era “innecesariamente desagradable” y gritaba a sus trabajadores. “Puedo tener una personalidad explosiva. [...] No supe aguantar el peso de esa gran responsabilidad y causé dolor a muchas personas que no lo merecían”, confiesa. Bourla recuerda que 23 empleados de Pfizer murieron por covid.

El jefe de la farmacéutica narra en el libro la trágica historia de su familia. “Mis antepasados habían huido de España a finales del siglo XV, después de que el rey Fernando y la reina Isabel promulgaran el Decreto de la Alhambra, en virtud del cual se forzaba a todos los judíos españoles a convertirse al catolicismo o, de lo contrario, serían expulsados del país”, relata. Sus ancestros huyeron de la península ibérica y terminaron instalándose en la Salónica otomana, que pasaría a formar parte de Grecia en 1912.

Unos 50.000 judíos, muchos de ellos sefardíes, vivían en Salónica cuando los nazis invadieron la ciudad en 1941. Tras la Segunda Guerra Mundial, solo sobrevivían 2.000, incluidos los padres de Bourla. El veterinario cuenta que su padre no estaba en el gueto el día que los alemanes se llevaron al resto de su familia a Auschwitz. La madre de Bourla estuvo todavía más cerca de la muerte. Un pariente cristiano tuvo que pagar a un criminal de guerra para que no la asesinaran. “Colocaron a mi madre en fila delante de un muro junto con otros prisioneros. Pero, momentos antes de ser ejecutada, un soldado llegó en una moto BMW y entregó unos papeles al hombre que comandaba el pelotón de fusilamiento”, recuerda Bourla. Su madre fue sacada de la fila, cuando ya se escuchaban las ráfagas de ametralladora.

Me di cuenta de que podía convertirse en una oportunidad financiera descomunal para nosotros
Albert Bourla, director ejecutivo de Pfizer

Los oscuros criterios seguidos por las farmacéuticas para fijar sus precios siempre han sido muy polémicos. Bourla explica en el libro su peculiar sistema, que según él no tiene nada que ver ni con el auténtico coste de fabricación ni con la inversión previa en investigación científica. “En Pfizer ponemos un precio a nuestros medicamentos calculando el valor que aportan a los pacientes, al sistema sanitario y a la sociedad”, asegura. Si, por ejemplo, cien personas se toman un medicamento para el corazón y así se evitan cinco infartos de miocardio, Pfizer calcula el coste de esos cinco infartos —ambulancias, hospitalizaciones, médicos, pruebas, bajas laborales— para estimar el precio de esos cien tratamientos, explica Bourla.

“Podríamos poner el precio de la vacuna a 600 dólares [540 euros] por dosis y el sistema sanitario aún pagaría menos de lo que ahorraría, sin contar el valor de las vidas humanas que se salvarían”, sostiene el ejecutivo. “Me di cuenta de que podía convertirse en una oportunidad financiera descomunal para nosotros, pero también de que, en medio de una pandemia, no podíamos emplear el método estándar de cálculo para fijar el precio”, añade.

Bourla detalla que fijó un precio de 150 dólares por dosis [unos 400 euros por tres dosis], en la línea de otras vacunas punteras en Estados Unidos, como las del sarampión y el herpes zóster. Días después, asegura, cambió de opinión y lo rebajó a unos 15 euros, como las vacunas más baratas contra la gripe, para intentar “recuperar la reputación” de las farmacéuticas. La Universidad de Oxford y AstraZeneca, en cambio, establecieron para su vacuna un precio de solo tres euros por dosis. Gracias a las ventas de sus inyecciones, Pfizer duplicó en 2021 sus beneficios netos, rozando los 20.000 millones de euros.

La científica belga Els Torreele investiga en el University College de Londres cómo reformar el sistema mundial de desarrollo de medicamentos. A su juicio, ese método de fijación de precios del que habla Albert Bourla es “un síntoma más de un ecosistema de innovación en salud financiarizado y totalmente enfermo, que ha perdido de vista su propósito principal: mejorar la salud de las personas al mínimo coste posible para la sociedad, en lugar de crear riqueza para los accionistas y los inversores”.

Hay que mejorar la salud de las personas al mínimo coste posible para la sociedad, no crear riqueza para los accionistas y los inversores
Els Torreele, investigadora del University College de Londres

Torreele recuerda que Pfizer ya era uno de los principales productores de vacunas antes de la pandemia y puso su maquinaria al servicio de la empresa alemana BioNTech, donde era vicepresidenta la bioquímica húngara Katalin Karikó, auténtica madre de las vacunas de ARN. “Desafortunadamente, Pfizer también utilizó su poder como monopolio global para ejercer un control estricto de la producción y el suministro, cobrando unos precios que han convertido su vacuna en el producto farmacéutico más lucrativo de la historia, mientras limitaban el acceso y priorizaban los intereses comerciales en vez de la equidad vacunal”, opina Torreele.

El 9 de noviembre de 2020, Pfizer anunció al mundo que su vacuna experimental tenía una eficacia mayor del 90%. Bourla cuenta que lloró de alegría abrazado a su familia. Era la primera noticia esperanzadora tras un año con más de un millón de muertos por covid. El valor en Bolsa de la empresa se disparó y, ese mismo día, el ejecutivo ganó 5,6 millones de dólares vendiendo acciones. En el libro, Bourla insiste en que fue una venta automática ejecutada según un plan fijado tres meses antes.

Cuando Pfizer ganó la carrera de la vacuna, comenzó la pelea mundial por comprar dosis. Bourla describe en su libro una presión descomunal, porque no había para todos y casi todos los jefes de Estado le llamaban a él directamente. Donald Trump le mandó a su yerno, Jared Kushner, para comprar 100 millones de dosis adicionales para Estados Unidos, lo que implicaba quitárselas a Canadá, Japón y varios países latinoamericanos, que habían hecho sus pedidos antes. El enviado de Trump le recordó que podía “tomar medidas” para imponer la adquisición. “Pues adelante, Jared. Prefiero que el primer ministro de Japón se te queje a ti por la cancelación de los Juegos Olímpicos que a mí”, respondió Bourla. Finalmente, Pfizer aumentó el ritmo de fabricación y pudo satisfacer la demanda de Washington.

La organización Médicos Sin Fronteras identificó en diciembre de 2021 más de un centenar de fabricantes farmacéuticos de Asia, África y América Latina con capacidad para producir vacunas de ARN contra la covid, si Pfizer y BioNTech compartieran su tecnología. Bourla defiende que hay que blindar la propiedad intelectual y argumenta que el cuello de botella no ha sido la falta de fábricas, sino la carencia de materias primas. Lara Dovifat, portavoz de la Campaña de Acceso a los Medicamentos de Médicos Sin Fronteras, piensa diferente: “Si Pfizer y BioNTech compartieran la tecnología y los conocimientos técnicos, se podría impulsar la producción y el suministro de vacunas a nivel mundial en cuestión de meses y también ayudar a los países de bajos y medianos ingresos a ser autosuficientes frente a la pandemia actual y las futuras”.

El título del libro, Elegimos ir a la Luna, es una cita de un discurso que ofreció el presidente estadounidense John F. Kennedy en 1962, para detallar sus planes de llevar al ser humano al satélite de la Tierra. Bourla plantea su texto como un relato para inspirar a otras personas a conseguir grandes objetivos. “La gente tiende a infravalorar lo que puede conseguir”, señala el ejecutivo. “Tienes que forzarte a hacer cosas difíciles. Puedes hacer más de lo que crees. Las personas pueden exigirse más de lo que creen posible”.

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Sobre la firma

Manuel Ansede

Manuel Ansede es periodista científico y antes fue médico de animales. Es cofundador de Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS. Licenciado en Veterinaria en la Universidad Complutense de Madrid, hizo el Máster en Periodismo y Comunicación de la Ciencia, Tecnología, Medioambiente y Salud en la Universidad Carlos III

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