CRÍTICA: 'EL DICTADOR'
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Viva la escatología

'El dictador' satiriza la tiranía en ciertos países árabes de apabullante riqueza en las altas esferas y abracadabrante pobreza en el pueblo llano y provoca carcajadas

Sacha Baron Cohen en un fotograma de su última película, 'El Dictador'.
Sacha Baron Cohen en un fotograma de su última película, 'El Dictador'.

¿Los chistes políticos deben provocar una carcajada o una carcajada que, de pronto, se congele? ¿Deben contener una diatriba contra alguien poderoso o, más aún, contener una diatriba contra el poder que acabe haciendo al espectador partícipe del propio chiste, introduciéndolo en su invectiva y convirtiéndole también en pasto de las llamas del humor? Para entendernos, El dictador, sátira de Sacha Baron Cohen sobre la tiranía en ciertos países árabes de apabullante riqueza en las altas esferas y abracadabrante pobreza en el pueblo llano (Libia, sin ir más lejos), que también acaba lanzando dardos a buena parte del poder occidental, contiene chistes políticos que pueden provocar carcajadas. Four lions (Christopher Morris, 2010), comedia sobre un grupo de musulmanes británicos que decidía componer la cédula terrorista más absurda de la historia, contenía chistes políticos que congelaban la carcajada. El dictador es una película que parece hacer pupa y provocar la crítica con un tema tabú; Four lions era un compendio del mal rollo a través del humor. Si prefieren uno u otro tipo de chanza es a gusto del consumidor, pero el primero no suele dejar huella; el segundo, sí.

EL DICTADOR

Dirección: Larry Charles.
Intérpretes: Sacha Baron Cohen, Anna Faris, Ben Kingsley, Aasiv Mandvi, John C. Reilly.
Género: comedia. EEUU, 2012.
Duración: 83 minutos.

Y aún menos huella dejará si, aun partiendo de un ataque a ciertas esferas del poder y del comportamiento político, social y religioso, acaba yéndose por las ramas más fáciles, mayoritarias y gruesas del humor: las del sexo y la escatología, que poco tienen que ver con el eje central. Justo lo que le ocurre a El dictador, que aunque ya desde su título remita al Charles Chaplin de El gran dictador, no puede estar más lejos de ella en cuanto a poso, por mucho que ambas desemboquen en dos discursos sobre los males de los Gobiernos de sus respectivas épocas.

Así, frente al humanismo antibélico de Chaplin, Baron Cohen prefiere el dardo envenenado que solo hiere al que está arriba sin hacer partícipe a los que estamos abajo. No es poco en los tiempos que corren. De hecho, si solo fuera por la parte política y no se escabullera con la sal gorda, Baron Cohen hubiese compuesto una película casi notable, aunque mucho menos sangrante de lo que sus propios autores se piensan.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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