LEANDRO, EL FANTASMA DE LA MONCLOA
Columna
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Un, dos, tres, responda otra vez

Para que nos inventemos un nombre para el resca… Bueno, para eso He organizado un concursito, por entretenernos un poco

FERNANDO VICENTE

No me extrañó nada ver a primera hora de la mañana cómo habían quedado los despachos del presidente. No es que me hubiera ido a dormir, no, que los fantasmas no dormimos, qué más quisiéramos. Pero todos los días cerramos los ojos un par de horas. Esperamos a que no haya ruido y que la luz no nos moleste y hacemos como si durmiéramos. Seguimos despiertos, pero soñamos. Con otros fantasmas. Debe ser un recuerdo atávico de cuando éramos personas… Así que ya digo que cuando hice como si me despertara, todo estaba hecho un asco: vasos por el suelo, manchurrones ocres, platos de plásticos, cajas de pizzas,mogollón de klínex, botellas y botellas… Y es que aquel fin de semana del 9 y 10 de junio fue inolvidable. Avisé a Azorín y a Om para que fueran testigos de la cosa, que fue entonces cuando arrancó esta cosa del rescate…

—Otra copita, Leandro, hip, no te vayas, hombre, hip, que todavía es pronto… ¿te he contado, hip, lo que le he dicho al xxxxx de Barroso? ¿Y al xxxxx de, hip, Chauchau o cómo se llame ese, hip, el alemán…?

—Sí, Mariano, sí, varias veces…

Y es que el presidente no me bebe nunca pero a la vista de la hecatombe del fin de semana le había pegado a la frasca. Dos o tres lingotazos. Pero suficiente para él.

—A mí, orujo de mi tierra, del que manda Feijóo y que debe estar por algún armario… El Macallan ese para Guindos, que es muy de llamar al camarero y pedir un malta, por favor, mejor Macallan…

Todo fue una locura que comenzó la noche del viernes, con los datos económicos desbocados, hacia arriba la prima, hacia abajo las Bolsas, y la decisión sobre qué se iba a hacer ese sábado estaba tomada.

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—Presidente, pide pasta a Europa que no tenemos ni para pagarte a ti la extra, suplicaba Guindos.

—Ya, ya la extra, si todavía no me habéis ingresado el sueldo de mayo, que tengo buena a Viri…

El presidente había reunido esa noche a su equipo de mayor confianza: Soraya, Guindos, Ana Pastor, Arriola…

—Y que me avisen a Montoro, que como sepa que está Guindos y él no, me va a dar la tabarra durante meses…

—La verdad es que no necesitamos auxiliares de contabilidad, Mariano, dijo Guindos…

Todos sabían perfectamente lo que iban a pedir la tarde del sábado, en videoconferencia…

—¿Y no puede ser solo por teléfono?, preguntaba Guindos. Es que se me va a notar la cara de agobio…

—No te preocupes, si ya esa cara todo el mundo te la conoce de cuando Lehman, dijo Montoro…

—Calla, Cristóbal, calla… Y aunque sepamos lo que vamos a hacer hay que mantenerlo en absoluto secreto. ¿Cómo tenemos a los chicos de nuestra prensa?

—¡¡¡Engrasados!!!!, se oyó desde detrás de la puerta de la secretaria de Estado de Comunicación.

—Pues a ver si ya acabamos con el secretito, dijo Soraya, que en la rueda de prensa del Consejo, ya no sabía qué decirles, venga un artículo por aquí y otro por allá…

—Es que hay que estar más preparada, Sorayita, que aún te quedan años, dijo por lo bajinis Ana Pastor, que no dejaba pasar ni una a la vice, convencida como estaba de que ella era mucho mejor…

—A lo que vamos, cortó en seco el presidente. Estamos reunidos aquí para que se nos ocurra una forma de llamar al rescate, ay dios mío, al resca…, al… aggg…

Y es que cada vez que pronunciaba la palabra rescate le daba como un vahído… Todos los ministros se pusieron en pie espantados y hasta se derramaron varios vasos…

—Nada, nada, ya estoy bien, tranquilizó a los suyos. Es esto del resca… bueno, de esto de mañana. Por cierto, que me traigan a Wert, que es muy ocurrente. Y a Soria.

—¿A Soria?, preguntaron todos al tiempo, sabedores de que Mariano se ponía muy nervioso cuando le veía…

— Soria, sí. Pero que entre de espaldas, como siempre, que me da unos sustos de muerte…

Y es que Soria, ya lo había dicho alguna vez, le parecía la estatua de cera de Aznar.

—Y a Ana Mato.

—¿A Ana Mato?, preguntaron todos por razones obvias.

Mariano estaba obsesionado: solo tenemos dos consignas, les dijo tras beber un poco de agua del grifo, que la mineral había desaparecido meses atrás.

—Primera consigna: esto no es un rescate. De ninguna de las maneras. Y si alguno no lo entiende, lo vuelvo a repetir. Todos conmigo: ¡¡¡Esto no es un rescate!!!

Vi por el rabillo del ojo que Om se ponía pálido, pálido, como solo se puede poner de pálido un ectoplasma. Que ni se lo imaginan. Es que me estoy acordando de aquellas noches de mayo de 2010 y me sigue entrando el mismo terror, nos dijo. Aquello fue mi muerte, bueno la del cuerpo que represento, si pudiera sudar me daría un sudor frío… La pobre Elena, cómo sufría esa mujer, qué suplicio… Elena, llorar, no, por favor, que yo no puedo ver llorar, decía el presidente con cara de acompañarla en el llanto de un momento a otro… Le interrumpí porque en ese momento Mariano se ponía en plan presidente.

—Y por eso estáis todos aquí. Para que nos inventemos un nombre para el resca… Bueno, para eso. He organizado un concursito, por entretenernos un poco, que falta nos hace. ¿Os acordáis del Un, dos, tres, responda otra vez?

Los asistentes se miraron con cautela, pero el presidente estaba lanzado.

—A ver, Soria, así me gusta, de espaldas, vas a ser don Cicuta. Ahora ya te puedes poner de frente, para dar más miedo. Y tú, Mato, coges un bloc y venga, de secretaria…

—¡Qué chupi, como Victoria Abril!

—Empiezo, yo, que para eso soy el presidente y hago de supertacañón. Nombres para el xxxx…, por ejemplo, ayuda financiera. Un, dos, tres, responda otra vez.

—Apoyo amistoso, dijo Wert, que siempre había querido ser Kiko Ledgard…

—¿Y ayuda amistosa?, propuso Soraya, que estaba por la síntesis…

—Yo preferiría línea de crédito convergente, dijo Arriola, que en esto de liarla ya tenía una experiencia de años…

—Tres respuestas acertadas, a 10 euros la respuesta, salen… dijo Mato, loca por intervenir…

—¿Has pedido autorización para el gasto? ¿Los tres presupuestos? ¿El formulario C-223? ¿Y el D-815?, preguntó el ministro de Hacienda.

—Ninguno me gusta mucho, dudó el presidente.

—¿Oferta económica aliada?, dijo bajito Montoro.

—Esa la que menos, respondió Guindos. Simplemente ridícula. Os propongo préstamo a los bancos, sugirió, que era más de ciencias y se complicaba poco la vida…

—No sé, no sé, a lo mejor necesitamos consultar a alguien, dijo el presidente…

—¿Y si llamamos a Miguel Ángel Rodríguez?, sugirió Soria, que a pesar de ser don Cicuta no pillaba cacho y ya le venía bien cualquier cosa que le sonara a Aznar….

Azorín, que le tenía a mi lado, dio un respingo. Dios mío, dijo, como recurramos a él nos metemos en la guerra de los cien años… Si le conoceré yo…

—¿Tan grave es el momento?, preguntó Soraya, demudada…

—Dime, presidente, dime, gritó Rodríguez, que a pesar de que Mariano tenía el teléfono en la oreja pudieron oírle en toda la mesa… ¿Que no quieres decir rescate? preguntó. Sin problemas. Tengo la solución. Llamadlo como se os antoje, qué más da. Lo importante es que al primero que diga rescate le rompéis las piernas, luego le cortáis las orejas y se las hacéis comer en crudo… Recuerdo yo un día que cogí de la solapa a ese editor que…

—Vale, vale, Miguel Ángel, ya te he entendido, ya…

—Espera, espera, que no he acabado… después le arrancas la lengua con unas tenazas y…

—¡Basta, basta!, se quejó Ana Pastor, que tenía el estómago delicado…

—Que digo yo que…

—Tú te callas, Ana, que eras la secretaria…

La noche acabó sin acuerdo. Y con todos los nombres posibles en la cabeza, Rajoy y Guindos enfrentaron aquel sábado de plomo.

Mañana, siguiente capítulo: ¡¡¡Rescate, Mariano, se dice rescate!!!

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