En la memoria de todos nosotros

Me siento afortunado por haber compartido infancia, recuerdos, trabajo y haberme contagiado por su entusiasmo

Fotograma de 'Asesinato en febrero'
Fotograma de 'Asesinato en febrero'

Decía Elías que su padre le puso ese nombre en honor a la Cueva de San Elías, un lugar no muy lejos del Monasterio de Aranzazu, donde se refugió recién iniciada la Guerra Civil antes de que le fueran a buscar a casa para fusilarle.

Cada vez que me reunía con Elías para hablar de un nuevo proyecto, siempre volvía al pasado.

Contaba como un día siendo muy niño, su padre llegó con un proyector de cine a casa. Colocó una sábana blanca en mitad del salón, apagó la luz, y como algo mágico proyectó una película en blanco y negro de Charlot.

También hablaba de la casa grande con dos torres, de los juegos con Eusebio Muñoa Recondo; al que dedicó el último premio en San Sebastián y de los gitanos Etxeberria con los que jugaba. Anécdotas de su madre Doña Paquita. Decía que un día sorprendió a su madre hablando con los Etxeberria que estaban subiéndose por la tapia que rodeaba la casa gritando: "Doña Paquitaaa, Doña Paquitaa ... ¿Podemos robar fruta? Su madre desde casa respondía: "Sí, pero no rompáis las ramas...".

No solo eran las anécdotas, era su entonación, sus gestos y su risa. Recreaba el pasado como si lo estuviese reviviendo en cada momento, con todo tipo de detalles y podía pasar horas hablando de ello.

De Capitanes intrépidos y del Cine Zintzotasuna de Hernani, de Fu-manchu, del gol que metió siendo delantero de la Real Sociedad al Real Madrid y que Di Stéfano se le acercó diciendo: "¡Menudo gol, pibe!" o de cómo Eduardo Chillida, que también había sido portero de la Real, le aconsejó que no se dedicase al fútbol y que ahí empezó a hacer películas.

Hablar con Elías, era hablar de Hernani, de recuerdos, de infancia: "Mi patria es la infancia", como decía Saint Exupery. La patria de Elías era Hernani. Elías era un vasco en Madrid, pero vivía en Hernani. Quizás la verdadera patria solo existe en nuestros recuerdos y el cine que él ha producido está plagado de todo eso, de pasado real o inventado.

Al principio cuando lo conocí, tenía la sensación en cada reunión de no haber concretado nada, de no haber decidido nada importante para el proyecto que estábamos preparando. Luego me di cuenta de que esa era su forma de trabajar, de abordar cada nuevo trabajo.

Las reuniones con Elías que podían alargarse todo el día, conversaciones que empezaban en el almuerzo terminaban en la cena y que siempre acababan con la misma frase: "Hacemos esta película. La hacemos ¡¡¡eh!!!".

"Yo hago películas para gente como yo, personas que le interesan las mismas cosas que a mí", decía a menudo.

Trabajar con Elías era pensar que los sueños eran posibles, que se podían hacer cosas realmente trascendentes e interesantes, no importaba lo que había alrededor, lo que costase, si la temática era o no era comercial: "Lo que importa es la película". Y realmente ha sido así, ha hecho las películas de ficción o documentales que él ha querido hacer, rodeándose de las personas que él ha elegido para ello y de ahí ha salido quizás el mejor cine español de los últimos 50 años.

Yo me siento afortunado por haber compartido infancia, recuerdos, trabajo y haberme contagiado por su entusiasmo. Un entusiasmo por una profesión en la que hoy pocos creen. Elías creía en el cine, creía en el ser humano y por eso sus películas son únicas como lo era él.

Decía Elías que san Elías, según el Antiguo Testamento, fue el único ser humano que no murió, porque se fue en un carro de fuego surcando las estrellas como un cometa. Al igual que él, Elías no ha muerto, porque sus recuerdos, sus películas, seguirán en la memoria de todos nosotros.

Eterio Ortega es director de cine y de documentales. Con Elías Querejeta como productor y coguionista realizó Asesinato en febrero, Perseguidos, Noticias de una guerra y Al final del túnel.

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