Odiosas comparaciones

La corrida de Victorino fue un petardo. Los toros, más que hermanos, parecían sixtillizos

El Cid durante su faena con el primer toro.
El Cid durante su faena con el primer toro.Julián Rojas

El recuerdo de Manzanares con el toro de Victorino la tarde de la encerrona engrandece la figura de Manuel Jesús El Cid. Y no se trata, en modo alguno, de desmerecer a nadie, sino de constatar una realidad a menudo olvidada. Lleva años el de Salteras tragando quina con los toros cárdenos, sufriendo y triunfando, y, quien más, quien menos, -este que firma entre otros- se permite el lujo de ponerlo en cuestión en cuanto una tarde no sale como se esperaba.

Y resulta que el señor Manuel Jesús es un torerazo, con sus defectos, como todos, que se ha hecho grande sintiendo la respiración de muchos toros que saben latín, te averiguan al momento el número del carné de identidad y te dan un serio disgusto cuando menos te lo esperas.

Y hete aquí que una figura tan en lo alto del escenario como el torero de Alicante pasa las de Caín ante el primer victorino al que se enfrenta en su vida y más que uno cae en la cuenta de que, oiga, primero, para ser figura reconocida hay que estar, también, a la altura de estos toros, y, segundo, pues sí que tiene mérito anunciarse con una del ganadero de Galapagar.

Fin de la comparación, pero que quede constancia de lo siguiente: lo normal no es hacerse figura oliendo a chamusquina la taleguilla, y esa heroicidad la ha conseguido Manuel Jesús El Cid.

Dicho lo cual, la corrida de Victorino fue un petardo. Los toros, más que hermanos, parecían sixtillizos, un calco uno de otro en cuanto a hechuras y peso, y todos de similar comportamiento: blandos de remos, mansurrones en los caballos, descastados y deslucidos. Mostraron la casta de su casa el primero y el quinto, pero sin exageración alguna; no rompió ninguno y colaboraron estrechamente a que el festejo resultara un pestiñazo de cuidado.

Y otro detalle: ¿a quién se le ocurriría la genial idea de anunciar un mano a mano entre El Cid y Daniel Luque? Sea a quien fuere, a la empresa o a los actuantes, el planteamiento no tiene pies ni cabeza, como ha quedado demostrado. Nada hay en las trayectorias de los toreros que permita pensar que mantienen una enconada rivalidad que diera lugar a un reto entre ellos. Estaban allí los dos como podían haber estado tres, que es lo normal. ¿Entonces? Inexplicable. Un sinsentido, si no una tomadura de pelo.

A la vista de lo ocurrido, además, se confirman los peores augurios. No hubo competencia entre los dos; ni un solo detalle, ni uno solo, que hiciera presumir que estaban dispuestos a mantener un pulso entre los dos. Cada uno estuvo a lo suyo mientras el público se aburría soberanamente.

Porque, claro, si la corrida está saliendo descastada y con escasas posibilidades, es lógico pensar que los toreros tienen en la recámara alguna iniciativa para calentar el ambiente. Pues nada. Como si con ellos no fuera el asunto. Se limitaron a matar sus tres toros por cabeza y a su casa. Conclusión: para ese viaje, mejor tres toreros que dos. Digo yo. Lo contrario suena a componenda con escasa sentido.

A pesar de todo, lo más interesante de la tarde fue comprobar que El Cid tiene una experiencia de maestro con estos toros, a los que parece conocer como si se hubiera criado con ellos. El primero, por ejemplo, muy protestado por su evidente falta de fuerza, sacó raza en el tercio final -la raza llega a suplir la falta de pujanza-, se movía con la rapidez de una lagartija y obligó al torero a hacer acopio de conocimiento para evitar que lo desbordara. Y no lo permitió El Cid, que estuvo muy por encima de su oponente. Muy descastado y dificultoso resultó el segundo de su lote, al que mató de un estoconazo en todo lo alto que hizo rodar al toro sin puntilla. Y el quinto, otro que se movió en medias embestidas aceleradas, permitió que el torero sacara a relucir su contrastada experiencia y le robara un par de tandas aceptables tirando de la embestida con ilusión desmedida. No hubo triunfo porque fue la suya una exposición de conocimientos más que una casi imposible labor ligada y emocionante, pero quedó claro que este torero se ha hecho figura con varias camadas de victorinos a sus espaldas. Y eso tiene un mérito que nadie debe olvidar.

No estuvo mal Daniel Luque; es que pasó desapercibido. Tuvo el peor lote sin duda, y no le faltó ánimo para intentarlo una y otra vez, pero sus toros derrocharon tibieza y falta de casta. Un mundo le costaba embestir a su primero, al que consiguió enjaretar una buena tanda de derechazos y pare usted de contar; un animal de carga parecía el segundo, al que, sin embargo, veroniqueó de salida con templaza y remató con una preciosa media. Y soso hasta decir basta resultó el sexto, -el público estaba ya muy cansado y con ganas de volver al real de la feria-, y Luque lo intentó por ambos lados con resultado adverso.

Acabó por fin una corrida decepcionante que debe servir de lección para el futuro: los mano a mano para quien los merezca; lo demás es un engaño.

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