Un regalo para don Gabriel

Miguel Ángel Perera protagonizó un recital de incompetencia con el descabello El Cid se ha vuelto un torero mecánico; se cansó de dar pases y no dijo nada

El Cid durante la faena a su primer toro.
El Cid durante la faena a su primer toro. Julián Rojas

Sería bueno y, además, justo que un mensajero se presentara el viernes de feria, en el domicilio de don Gabriel con un ramo de flores y unos pendientes para la señora, o bien unos bonitos pasadores para él, o, mejor, un jamón de pata negra para toda la familia. La verdad es que se lo ha ganado. Ah, el remitente, Miguel Ángel Perera, matador de toros y agradecido para toda la vida al bueno de don Gabriel.

Por cierto, que el susodicho se apellida Fernández y ejerció como presidente del festejo. Y tuvo un detalle que el señor Perera no olvidará: le salvó la vida. No es que el presidente le hiciera un quite en un momento de apuro, no; más importante aún: le perdonó veinte segundos y evitó que el segundo toro del diestro extremeño fuera devuelto a los corrales. ¡Vaya mancha, señor Perera, que hubiera escuchado los tres avisos en plena Feria de Sevilla! ¿Es o no es para que le regale un jamón a don Gabriel?

Fuera de bromas, la generosidad del usía, bien administrada, por otra parte, le salvó los muebles a Perera, aunque no el bochorno de un recital de incompetencia impropio de quien se considera figura del toreo. Imperdonable su impericia con el estoque y el descabello; imperdonable su actitud cansina y aburrida toda la tarde; imperdonable que pase por esta feria con más pena que gloria. Pero lo peor, por encima, incluso, de su forma insípida de torear, fue el mitin final ante un toro descastado y rajado que no mereció un final tan desagradable.

El toro se fue al desolladero sin que cayera el tercer recado presidencial, pero ello no exime al torero de purgar su particular vía crucis por una actuación lamentable. Lo intentó de veras ante su noblote y soso primero, y todos sus muletazos carecieron de chispa, y nada del más mínimo interés sucedió en el quinto. Bueno, ocurrió que Perera se encontró con un presidente generoso e impidió su hundimiento. ¡A su salud, don Gabriel, y que disfrute del jamón!

El caso de El Cid es distinto. No tendrá que enviar regalo a nadie, pero haría bien si se encerrara unos días en un lugar recatado para meditar sobre su presente. ¿Qué le pasa a Manuel Jesús? Difícil cuestión la que se plantea. Quizá, lo sepa él, o, quizá, no. Lo cierto o, al menos, lo que se vio, es que vive en un naufragio sin madero al que asirse. Da capotazos, y muletazos con la derecha y con la izquierda, y se adorna y se desplanta y sonríe cuando sale de la cara del toro. Pero los aficionados lo miran con cara de estupefacción y sin saber muy bien si aplaudir o devanarse la sesera. ¿Qué le pasa a El Cid? Pues le pasa que se ha convertido en un torero mecánico, acelerado, supersónico, carente de reposo y sosiego, que se cansa de torear y no dice nada; que le falta alma, corazón y vida. Y con tales carencias es imposible emocionar. ¿Pero, por qué se pierde la sensibilidad? He ahí un misterio, y lo cierto es que el toreo actual de El Cid carece de hondura, y lo que transmite es frialdad y una aparente abulia.

Su primero no dejó de embestir con nobleza por ambos lados, y el torero le dio infinidad de muletazos olvidables. Cuando cayó el animal, el público se relegó al torero y aplaudió al toro. ¡Uf! Pero es que se repitió la escena en el cuarto, un toro de menos fuelle, al que le hizo una faena larga, con circular incluido, y el mismo silencio. Preocupante que un torero de su categoría salga de esta feria con tan escaso bagaje. Lo dicho, una reflexión le podría aclarar las ideas.

El más animoso, por edad y necesidad, fue Jiménez Fortes, muy valiente toda la tarde, variado con el capote, siempre muy ajustado a la taleguilla, y esforzado con la muleta. Apretadas fueron sus chicuelinas en dos quites distintos y airosas las gaoneras. En el tercio final, lo intentó sin éxito ante su rajado primero, que decidió abandonar pronto la pelea, y casi consigue dar la sorpresa en el sexto. Lo recibió de rodillas en los medios, y lo muleteó, después, con templanza y ligazón en tandas que desprendieron gusto por lo bien hecho. Le faltó, quizá, enfadarse más y no alargar la faena, porque el aviso final rompió el encanto de un chaval que viene con ganas.

En fin, que habrá que esperar a ver que decide Perera con su salvador. Mientras tanto, el real de la feria es el único bálsamo posible contra una corrida de toros descastados y toreros uniformes, tristones y aburridos, herederos de una fiesta inmovilista y nada innovadora. Todos los toros embisten igual y todas las faenas parecen calcadas. Unos y otros dictaron el discurso de la nada.

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