Músculo hueco

Empieza este relato Andrea Jeftanovic, autora, entre otros, de 'Escenario de guerra' 'Geografía de la lengua' y 'Conversaciones con Isidora Aguirre'

Ilustración de Nicolás Aznárez.
Ilustración de Nicolás Aznárez.

Entré a la carrera de los trasplantes hace años y, por ahora, voy de perdedor. El primer corazón, de una niña de siete años, tenía arritmia, me tuvo con una descompensación general en el hospital. El segundo, de un hombre cincuentón, fue un fracaso, no había cómo hacer calzar mis válvulas delgadas con las suyas demasiado cóncavas. Cuando sé de alguna muerte en el periódico me fijo en la causa y el tiempo para saber si el órgano necesitará técnicas de ventilación artificial y drogas específicas. Donde otros ven historia de amor y tristezas, yo veo un músculo hueco.

Hasta esta madrugada en la que ha sonado el busca por tercera vez. Dicen que a la tercera va la vencida. No confío demasiado. Mi combustible está adulterado por el alcohol y los filtros de aire ennegrecidos por el tabaco. Además, mi exmujer dice que con la sangre tan fría es imposible que arranque un motor…quizá tenga razón. Me dispongo a salir. Suena el teléfono. Es ella. ¿A las tres de la mañana? "Mario…" susurra con voz rota. "Ven rápido al hospital. Nuestro hijo ha tenido un accidente".

No hubo supervivientes. Mi hijo siempre fue imprudente y temerario, por eso mi escuálido corazón siempre supo que esta noche podría llegar. Sin embargo, del informe policial y de la autopsia de lo poco que quedo de él, se dedujo que estaba sobrio y que no había tenido más que la mala suerte de cruzarse en la carretera con Martín, 38 años, ebrio, “asesino”-gritaba Sandra entre lágrimas y alaridos-, y donante de órganos. Rabia, dolor y el latido atroz e inexorable de un busca en mi bolsillo.

El monstruo que había segado la vida de mi hijo seguía vivo gracias al órgano que podría salvar la mía. Conectado a ese halo último que se le concede incomprensiblemente a la peor calaña, el tal Martín se había convertido en mi tabla de salvación. Si moría. El nombre de un médico resonó por megafonía y la última bata blanca salió corriendo de la UCI. Sandra bloqueó la puerta antes de que se cerrase y se acercó al asesino de nuestro hijo. Pude oír un agónico pitido. Luego vino el silencio.

En cuanto desperté de la anestesia sentí que había cometido un error. Me dejé convencer y me aferré a una vida que ya me importaba poco. Nadie quiere sobrevivir a sus hijos, pero es que yo, además, ni siquiera había estado en su entierro. Lo primero que hice al salir del hospital fue visitar su tumba. Había muchas flores. Ninguna mía. El corazón se descontroló y parecía querer estallar. Era la evidencia de dos culpabilidades, la de Martín y la mía. No percibí a Sandra hasta que estuvo a mi lado.

Sandra me abrazó y rompimos a llorar, silenciosa y amargamente. Y por primera vez en años, volvimos a sentirnos unidos, por aquel terrible dolor. Nueve meses después naciste tú, pero tu madre no pudo soportar las complicaciones del parto: "Haz que sea feliz", fueron sus últimas palabras mientras te acunaba en su pecho. No podía hacer otra cosa que empezar de cero: lo vendí todo y nos trasladamos a Buenos Aires. Así que solo nos tenemos el uno al otro, y por eso te llamas Jesús, como tu hermano.

Toda la cultura que va contigo te espera aquí.
Suscríbete

El párrafo inicial es de la escritora Andrea Jeftanovic y los siguientes, por orden, son de: Susi Bonilla, Marina Suárez, Joaquín Lorente, Javier Palanca y Daniel Morales.

¿Cómo participar y votar en 'Encadenados'?

Para participar y votar

Cada lunes un escritor empezará un relato que los lectores de EL PAÍS pueden continuar. Ese texto añadido se elegirá entre los enviados por los lectores y así cada día hasta el viernes, cuando un último texto cerrará el cuento. En la edición impresa del domingo se publicará el relato completo, con los créditos respectivos de cada autor. Se trata de elaborar un relato coral, un juego literario más conocido en el argot creativo como cadáver exquisito.

Los textos de los lectores deben tener un máximo de 500 caracteres. Los participantes deben registrarse. Las aportaciones se recibirán hasta las 13.00 (hora peninsular española) de cada día. Entonces, la sección de Cultura elegirá tres propuestas para que los lectores de EL PAÍS voten en la web la mejor continuación del cuento. El horario de votaciones de los lectores será entre las 16.00 y las 19.00 (hora peninsular española). Después se publicará el párrafo más votado en la edición digital y volverá a comenzar el período de envío de propuestas.

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS