CRÍTICA | LA CELESTINA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Ballet de Calixto y Melibea

El público comulga con La Celestina biomecánica de Atalaya, premio al mejor espectáculo en el Festival Noches de Moscú

Isla meyerholdiana en medio de un océano teatral realista, la compañía andaluza Atalaya convierte La Celestina en un ballet de palabras, y a sus personajes en figuras de un retablo expresionista de marionetas talladas a escala humana. En esta función, la réplica inicial de Melibea a Calisto es parte de un vivo paso a dos; el diálogo entre Sempronio y Elicia evoca los que mantienen criados y chalanes en Comedias bárbaras, y la estampa de Parmeno y Celestina rememora las de Pierrot y Pantalone, arquetipos de la commedia dell’arte.

Los actores de Atalaya, dirigidos por Ricardo Iniesta, guarnecen la palabra de Fernando de Rojas con profuso vocabulario visual y cinético. Como en Los intereses creados benaventinos, en el elocuente vestuario de Carmen de Giles confluyen el sabor de época y la relectura. Dentro de la competencia extremada del reparto, destacan el Pármeno transparente de Jerónimo Arenal, la económica expresión física y la honda prosodia de María Sanz (Areusa), la cumplida amplitud gestual de la Elicia de Lidia Mauduit y las hechuras plebeyas del Sempronio de Manuel Asensio, estupendo intérprete también de un Centurio ciclópeo.

El Calisto de Raúl Vera es un galán prototípico: difícilmente se le puede dar otro relieve a personaje a quien Rojas bautiza con el nombre de la más hermosa de las ninfas. Con precisa facundia gestual, Silvia Garzón, lesionada, encarnó anteanoche una Melibea digna de que se diga por ella: “Melibeo soy”. Carmen Gallardo hace una composición fantástica y locuaz de la figura protagonista, desde una edad notablemente más joven, y en su monólogo primero, que adquiere cualidad de recitativo y se pone al borde del canto, apunta un camino futuro para la compañía. Extraordinariamente interpretadas en vivo, coralmente, las canciones italianas, albanesas, gallegas y corsas.

El escenario del Infanta Isabel resulta algo justo para una puesta en escena que anda pidiendo aire. El público, de a pie en su mayoría, celebró con profusión el montaje y las interpretaciones, muy alejadas de cuanto se le ofrece normalmente.

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