RODAJE EN SERIE IV
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

‘Sherlock’: Una vuelta de tuerca nada elemental

Los guionistas Steven Moffat y Mark Gatiss crearon una versión contemporánea del mítico detective que encontró en Benedict Cumberbatch su encarnación definitiva

Benedict Cumberbatch (Sherlock) y Martin Freeman (Watson) en la segunda temporada de 'Sherlock'. En vídeo, tráiler de la cuarta temporada.

Todo empieza con un tren camino de Cardiff y dos amigos de charla. Son guionistas de la BBC y escriben para la misma serie, Doctor Who. En esto, la charla deriva del buen doctor a un dúo bipolar y fascinante. Un tal Holmes y un tal Watson. Uno de ellos dice: “Tenían que hacerlo en plan contemporáneo. Dejarse del atrezo de la época. Contar las historias, no la pantomima. Alguien tendría que hacerlo”. El otro, asiente. Un año después, Benedict Cumberbatch dice su primera frase como Sherlock Holmes: “¿Cómo está de fresco?”, en referencia a un cadáver. Tres temporadas y 180 países después, su Sherlock es como Sean Connery a James Bond.

Los amigos que iban en el tren se llaman Steven Moffat y Mark Gatiss. El primero es el pope de la ficción británica contemporánea. Y eso que lo tenía difícil. Le cayó el muerto de continuar Doctor Who después de que lo dejaran su encarnación más amada, la de David Tennant, y su productor más venerado, Russell T. Davies. A Moffat le dio igual. Cogió a Matt Smith y acabó clavando en el corazón su Doctor Who a un público hechizado. A Moffat no le bastaba. Quería más. Su colega de travesuras, Gatiss, interpretaría al hermano insensible de Holmes. Como se dice ahora, un win-win.

Todo se puede reducir a una sentencia universal (y Holmes siempre estaría de acuerdo con esta afirmación, independientemente del contexto): la culpa la tiene el maldito Watson. “La primera historia original empieza con un Watson tullido tras la guerra de Afganistán. La misma guerra imposible de ganar. Una vez empezabas a pensar así, toda la serie cobraba sentido”, explicó Gatiss sobre la génesis del serial en una entrevista de la web Dean of the Geek. Dicho y hecho. Holmes habitaba el siglo XXI, el de las telecomunicaciones, los ciberespías y el terrorismo a gran escala.

La transición no resultaba nada evidente. Preocupaba. Holmes ha sido, por algún motivo extraño, ligado de manera casi inquebrantable al comienzo del siglo XX, tal vez porque nadie puede rechazar una Londres victoriana envuelta en la neblina, los carruajes y los relojes de bolsillo con leontina. Esa incapacidad para imaginar el texto fuera de su contexto sacaba de quicio a ambos creadores. “Se había convertido en una especie de fervor. Algunas de las adaptaciones de Sherlock Holmes lo trataban como si adaptaran a Jane Austen, de forma muy aburrida y lenta. Y Sherlock Holmes no es eso. Es algo que un niño disfrutaría”, añadía vehemente Moffat en la misma entrevista.

Su versión no sería ni la mitad de lo que es sin los intérpretes. La regla de la televisión serializada dice que uno convierte a actores desconocidos en famosos, y no al revés. Con Sherlock se rompió la norma. Benedict Cumberbatch y Martin Freeman ya eran sobradamente conocidos antes de afrontarla. Durante la emisión, creció su fama, tanto por la serie como por otras muchas cosas, como el villano de Cumberbatch en Star Trek. La ira de Kahn o el Bilbo Bolsón de Freeman en El hobbit.

Cuando Moffat recuerda cómo ficharon a Cumberbatch, solo puede decir: “¡Míralo! Hay muy poca gente que pueda interpretar y parecer Sherlock Holmes en una generación”. Freeman apareció como su pareja perfecta. “Simplemente, hicieron clic juntos”, resume el guionista. Aunque estuvo a punto de no pasar. Freeman perdió la cartera justo antes de su primera audición. Tenía tal cabreo en la prueba que los productores pensaron que no le interesaba el papel. A la segunda intentona, el actor y su billetera estaban en paz.

La actitud sociópata del Sherlock de Cumberbatch se ganó el corazón del público tanto en la comedia como en el drama. Quería encarnar exactamente así al personaje, porque lo entendía en todas sus múltiples facetas: “Tiene una relación compleja con el mundo. Necesita ser así para brillar pero, al mismo tiempo, la forma en la que se relaciona lo hace ciego a lo más obvio. No es inhumano; es humano y es falible”, explicó durante la promoción de la BBC, cadena productora del programa. Uno de esos momentos en los que Sherlock muestra una sorprendente humanidad es su improvisado, hilarante y finalmente conmovedor discurso durante la boda de Watson, en el segundo episodio de la tercera entrega, El signo de los tres.

El objetivo final de toda serie son sus seguidores. Los locos que llenan las enciclopedias digitales. Los que queman los foros con mil y una teorías disparatadas. De ellos, Gatiss recuerda una: “Lo más conmovedor que me ocurrió fue recibir la carta de una mujer. Padecía una dislexia tan profunda que no había leído un libro en su vida. Ahora, ha leído todos los de Conan Doyle”.

Dos frases para la historia de la serie

“Siempre he sido capaz de distanciarme. De divorciarme de los sentimientos. Pero mira, ¿lo ves? Mi cuerpo me traiciona. Interesante, sí. Emociones. La mota en la lente, la mosca en la sopa”.

“Londres: esa gran cloaca donde todos los holgazanes y vagos acaban”.

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