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Columna
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Vísperas

Este año la gran incógnita del Premio Planeta, que se otorga este domingo, no es quién ganará sino qué autoridades estatales y autonómicas van a a acudir a la ceremonia entrega

Ilustración del libro 'Las sesenta y nueve estaciones del Kisokaido'.
Ilustración del libro 'Las sesenta y nueve estaciones del Kisokaido'.TASCHEN

1. Incógnitas

Pido disculpas a los improbables lectores de este Sillón, por no librarles tampoco esta semana de las referencias a nuestro particular It, que podemos traducir por el pronombre castellano Eso o por el catalán Allò. A estas alturas de la inacabable zozobra aún no sé si voy a disponer de uno o dos pasaportes, y si la espiral de mentiras, rencores más o menos seculares, culposas torpezas políticas y desencuentros suicidas nos han arrojado al abismo. Pero, como aquí se trata de libros y de quienes los hacen, constato que Planeta, una de las dos más grandes compañías editoriales españolas (y latinoamericanas), ha cumplido su promesa de trasladar su sede de Barcelona —la capital mundial del libro en español— a otra ciudad más, digamos, estable (que ha resultado ser Madrid). Ahora, unos días antes de que se proclame el ganador/a del Premio Planeta, la única incógnita que cuenta en los mentideros del libro ya no es la identidad del agraciado/a (el patrón Creuheras impuso el fin de las filtraciones), sino qué autoridades estatales y autonómicas (o, quizás ya republicanas; y, si se repite la historia como farsa, el año que viene incluso cantonales) van a acudir a la célebre noche planetaria de entrega de premios. Desde esta tribuna he criticado a menudo el hecho de que a un festejo editorial privado, por importante que sea, acudan, como enjambre de moscas al pà amb tomàquet, políticos de toda laya (muchos de los cuales, por cierto, publican en el grupo). Y mucho más, si se trata de las llamadas (chén, tachén) “más altas magistraturas” de la (por ahora) nación. Pero este año la lista de asistentes adquiere morbo añadido. Mientras tanto, la rama española de Penguin Random House, la mayor competencia de Planeta en el mundo hispánico, sigue guardando estentóreo silencio respecto a lo que hará en el caso de que Cataluña consiga matar al padre y seccionar su cordón umbilical con la madre (¿madrastra?). Y esto en unos días en que me llegan rumores (ojo: sin confirmar) acerca de una presunta compra supermillonaria que la compañía que dirige la prudente Nuria Cabutí estaría a punto de cerrar, y que implicaría la incorporación al supergrupo de una saneada editorial independiente de gran tamaño cuyos propietarios estarían deseando retirarse a su Arcadia más o menos ampurdanesa. Solo rumores, por ahora. Pero si ocurriera, que Dios nos coja (aún más) concentrados.

2. Camino

Cada año se adelanta más la campaña de Navidad, convertida hace tiempo en la máxima celebración global del dios Mammón (Mateo, 6: 19-21). En mi mesa de novedades —que he tenido que reforzar con botareles y estribos— se levantan pilas de “libros navideños” en equilibrio inestable. Me llegan desde estupendas agendas (Errata Naturae, Alba) en las que uno puede apuntar, por ejemplo, “cita con el dermatólogo” el mismo día en que Faulkner recibió su Premio Nobel hasta libros “de arte” u otros adornos encuadernados para que las amistades aprecien lo distinguidos que somos mientras depositan su gin-tonic en la mesita baja del salón. El refuerzo de mi mesa tiene que ver con el mayor peso y volumen de las “apuestas” navideñas. La más notable, hasta la fecha, es la increíble edición de Las sesenta y nueve estaciones del Kisokaido, una auténtica obra maestra de la edición industrial que acaba de publicar Taschen. El Kisokaido, también llamado Nakasendo, era una de las cinco grandes rutas del shogunato Tokugawa (1603-1868). A principios del siglo XVII, el gran Tokugawa Ieyasu mandó reformar el camino y construir esas 69 estaciones de descanso para que los viajeros pudieran recorrerlo con comodidad: en sus bordes se construyeron posadas, albergues, lugares de esparcimiento. El maestro Matsuo Basho (1644-1694) fue uno de los que lo recorrieron en su momento, y nos dejó de su paso algún haikú que sigue reverberando en el tiempo. El libro de Taschen reúne la reproducción de las magníficas xilografías que de esas estaciones y de la bulliciosa vida que se desarrollaba a su alrededor realizaron dos de los más grandes grabadores del novecientos japonés: Keisai Eisen y Utagawa Hiroshige, y que reflejan perfectamente el Japón rural anterior a la industrialización. Un libro admirable (45×30 centímetros, 240 páginas), con texto trilingüe, que se presenta cosido según la tradición editorial japonesa y que constituye todo un regalo de lujo. Eso sí: para llevárselo a casa tendrá que apoquinar 99,99 eurillos.

3. Años de plomo

Antes de Patria, la novela de Fernando Aramburu que se ha convertido en uno de los mayores éxitos literarios del último quinquenio, ya hubo otros relatos que, con mayor o menor énfasis, tenían como asunto principal o telón de fondo los años de plomo de Euskadi (a la memoria me llegan en tropel los nombres de Guerra Garrido, Lertxundi, Atxaga y Saizarbitoria, entre otros). Pero Patria ha servido, entre otras cosas, para impulsar otros nuevos. En los últimos meses, y sin pretensiones de exhaustividad, han aparecido, por ejemplo, La línea del frente (Salto de Página), de la bilbaína Aixa de la Cruz, o Mejor la ausencia (Galaxia Gutenberg), de la santurtziarra Edurne Portela. A ellos se suma ahora la arriesgada El refugio de los canallas (Alrevés), del también bilbaíno Juan Bas, cuyas anteriores novelas se movían en el más confortable género de la sátira negra y el esperpento. En su último trabajo, Bas abandona el humor y se sumerge de lleno en el terror: el de ETA y el del GAL. Desgarradoras historias individuales, familiares y colectivas, fragmentadas en el tiempo (entre la posguerra y ayer mismo) y en las que las pulsiones destructoras de hijos y padres se entrecruzan en una imparable espiral de odio y violencia. Una novela-purga sobre un tiempo terrible.

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