Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Al paso de los días

"Yo soy religioso, con mis dudas y mis obras, pero soy religioso. Aunque la mía es una religiosidad muy humana”, me confesó García Baena

El poeta cordobés Pablo García Baena, el 20 de abril de 2017.
El poeta cordobés Pablo García Baena, el 20 de abril de 2017.J.M. García (EFE)

Para iniciar este artículo en su despedida me dispuse a recuperar en el recuerdo imágenes de mis encuentros con Pablo García Baena a lo largo de nuestras vidas. Y escogí, no el primero de ellos, sino un paseo íntimo de los dos por su ciudad de Córdoba hace apenas tres años. Se acababa la luz de la tarde, transcurría nuestro recorrido gozoso y hablábamos de su ciudad, la Córdoba romana que él admira: “La Córdoba árabe – me recordó- la inventan los románticos; la Roma pagana y la católica son Roma y yo lo que soy es romano”. Romano y católico, le dije, mientras íbamos de iglesia en iglesia cordobesas compartiendo nuestra común pasión por la imaginería religiosa. “Yo soy religioso, con mis dudas y mis obras, pero soy religioso. Aunque la mía es una religiosidad muy humana”, me confesó.

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Y, en efecto, lo es. En sus versos transmite la sensualidad pagana de un poeta religioso, la religiosidad heterodoxa de un poeta pagano, la fascinación por los cuerpos de un poeta exultante. Poeta religioso en la acepción natural de la idea de religión, o sea, la descubierta por la sola razón y que funda las relaciones del hombre con la divinidad en la misma naturaleza de las cosas.

“Nosotros teníamos altibajos en lo religioso (se refirió a los poetas de Cántico), íbamos a la iglesia llevados por los padres, como todos los niños de la época, pero luego, ya atraídos por el arte, por el gregoriano, los ritos católicos, la Andalucía barroca de las procesiones, la religión fue para nosotros otra cosa”. Y añadió con ironía: “Lo mismo que para ti”.

Lo cierto es que tan religioso es Pablo García Baena como, cada uno a su manera, lo fueron los poetas de su grupo. Tan heterodoxos, sin embargo, que la Córdoba de los tiempos de Cántico debió de serles hostil.

“Divertirse en Córdoba, en la postguerra, era imposible, pero como teníamos tanta amistad de lo poco se hace mucho. Las tabernas y el hablar y hablar como los jóvenes, que hablan tanto de intimidades y amoríos. Compartíamos secretos hasta la madrugada, confidencias muy personales. Éramos muy cómplices”.

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Quise aquella tarde que me hablara de su obra, de lo que estaba haciendo, y me respondió que en verdad no lo sabía. “Tengo diez o doce poemas y hasta que no vea una armazón de todo esto no me decido. Hay algún poema que me gusta y alguno triste”.

Pero a pesar de que sobre su obra habíamos hablado tantas veces nunca le había preguntado cómo empezó. “A mí no se me pasaba por la cabeza escribir nada –me dijo- y Lorca me abrió la puerta a la poesía. Cuando lo leí en unas cuartillas que me regalaron después de la guerra, sin que se encontrara entonces a Lorca por ningún lado, y leí parte del Romancero Gitano, del libro de las canciones. Con él descubrí la poesía. Yo no me había propuesto en mi vida ser un escritor. Por eso ahora, entre el momento en que me presentan al editor Borrás y le prometo un libro, hasta que le entrego los Campos Elíseos han pasado diez años. Y me pregunto qué es. ¿Tres o cuatro poemas a la Virgen y dos o tres vagamente religiosos? ¿Y ese libro quién lo va a leer?”

Trato yo de poner freno a su coqueto escepticismo y a nuestro poeta le viene a la memoria lo que un día Ricardo Molina le dijo de él a Miguel del Moral: “A Pablo le pasa lo que a Greta Garbo, que no quiere hacer ya cine porque cree que va a ser peor que lo anterior”. “Y eso era un poco verdad”, añade entre risas.

Y de su obra pasamos a la de los otros. Habíamos asistido aquella tarde, antes del paseo, a un recital de jóvenes y excelentes poetas en el marco de un templo desacralizado y renunciamos a apuntarnos a un atractivo sarao que cerraba las jornadas de Cosmopoética para llevar a cabo un buen paseo por nuestra cuenta. Pablo estaba muy satisfecho con la poesía que se nos había ofrecido, sí, pero después de expresar los elogios que merecían los poetas que acabábamos de escuchar dejó que apareciera el socarrón que lleva dentro y se muestra con sorna a cualquier descuido: “Lo triste de alguna nueva poesía –dijo- es que parece muy antigua, lleva mucho tiempo ya. Algunos siguen con lo de Conneticut y New Yersey” –rió-. También con el culturalismo”.

Le comenté que a Cántico no le habían faltado seguidores. Y volvió a reír. “Hubo un momento horrible –comentó- en el que aparecían por doquier verdaderas caricaturas de Cántico. Me daban vergüenza aquellas mascaradas, pero eso ha pasado y ahora la poesía se ha hecho muy seca, muy adusta. No tiene nada que ver con Cántico. Menos mal. Ahora bien –asomó de nuevo la tímida ironía de Pablo-, en la poesía hay cosas que flotan en el aire y hacen coincidir a gente que se conoce o no. No tengo por qué dudar de que cuando Gimferrer escribió Arde el mar, como le dijo a Pepe Hierro, no hubiera leído Antiguo Muchacho.

Que Pablo nombrara a mi querido Pepe Hierro me permitió recordar que fue éste, un poeta de tan distinta estética, el que me contagio su entusiasmo por la poesía de García Baena, abordada ya por mi parte la antología de Cántico que nos ofreciera Guillermo Carnero.

Cuando acabamos nuestro paseo por Córdoba, repasé los muchos encuentros y gratas vivencias que hemos tenido Pablo y yo a lo largo de nuestras vidas, ya fuera en Málaga, en Huelva (un día memorable en el que nos acompañaban nuestros queridos Rafael Pérez Estrada y Ana María Moix), o en Madrid, una noche incluso con Vicente Núñez. Pero recordé especialmente nuestro primer y para mí emocionante encuentro en Torremolinos, donde se me apareció el poeta. No sé si fue en un viaje de holganza veraniega en 1980 o en otro anterior, entre los varios que hice con Luis Antonio de Villena a aquellas playas, tan pendencieros todos, cuando lo conocí para mi fortuna. Y si una posterior lectura ampliada y detenida de su obra me reveló al gran poeta que es, su trato personal fue para mí entonces el descubrimiento de un hombre generoso, cordial y divertido con el que pude compartir en Málaga buenas horas de amistad y hasta de pequeña juerga. Me recordé de nuevo en Torremolinos con él. Isleño yo, hombre de tierra adentro Pablo. Otra mirada al mar. “Creo que lo más grande de la creación es el mar”, me dijo. “El mar me impresionó siempre casi de una manera religiosa”.

Y al mar viniste, le dije.

“Sí. Torremolinos era entonces Nueva York, y además yo, desde muy pequeño, tenía una enorme predilección por Málaga, con sus playas. Me propusieron abrir allí una tienda de antigüedades y no lo pensé mucho, me fui”.

Málaga no te aparta del mundo de la poesía. Todo lo contrario. Vivía Bernabé Fernandez Canivell, y estaban allí Rafael León, Alfonso Canales, María Victoria Atencia, Rafael Pérez Estrada, todos íntimos amigos tuyos. Un mundo de reuniones y tertulias.

“Así es. Fui en Málaga muy feliz”.

Volvimos a rememorar juntos aquel encuentro en otro posterior más reciente en su pequeña y acogedora casa de ahora en la Córdoba a la que ha regresado. Una casa hecha a la medida de Pablo, con sus iconos propios, con su muy personal ambiente. Una casa en la que hablamos con franqueza, en la que habló de todo en una entrevista que le hice con la confianza y la benevolencia del buen amigo.

Para mí, y al paso de los días lo agradezco más, ha sido un regalo extraordinario de la vida el descubrimiento de este poeta que se ha pasado la vida en sus silencios y en sus soledades, asomándose de vez en cuando, con timidez, a un mundo exterior donde le han esperado siempre sus amigos y algunas expectativas del amor. Su obra fue en su día una poesía contra corriente, arrebatada con la palabra suntuosa y rica en tiempos en los que la palabra poética se llenaba de urgencias sociales y de palabras pobres. Poeta del amor, rendido a sus tensiones, sometido a sus pruebas, conocedor de sus exigencias de rendición, de sus devastaciones, de sus reiteraciones diabólicas y al mismo tiempo deseoso de los desórdenes del amor, de sus crueldades; entregado y ofrecido desde la ausencia del amor. Ahí tenemos, muy viva, esa voz que nos acompaña, sí, al paso de sus días, al paso de los nuestros.

Fernando Delgado es escritor y poeta. Su último libro es Mirador de Velintonia (Fundación José Manuel Lara, 2017).

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