Columna
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Cien años

Netflix se mete en un follón importante al pretender hacer una serie con 'Cien años de soledad'

Gabriel García Márquez en 2007 en Santa Marta, Colombia. En vídeo, el tráiler de la serie.Foto: AFP | Vídeo: EPundefined

Hay clásicos de la literatura que me deslumbraron cuando era muy joven y que no guardo con siete llaves en el baúl de los recuerdos, sino que vuelvo a ellos cada cierto tiempo. Sin miedo a la decepción, con renovado gozo, con fascinación intacta en cualquier época de mi vida. Libros como Rojo y negro, Madame Bovary, Moby Dick, La isla del tesoro. Pero hay otros, celebrados hasta el éxtasis por tantos lectores, incluidas personas a las que respeto y admiro, que siempre me resultaron intragables. Intenté despejar mi probable ceguera ante ellos más de una vez. En vano. Me ocurrió con Ulises, de James Joyce; El hombre sin atributos, de Robert Musil; Paradiso, de Lezama Lima. El problema seguro que es mío, pero no me obsesiona.

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No he conocido a nadie que no sienta fascinación absoluta ante Cien años de soledad. Hasta el extremo que acostumbro a cerrar mi impulsiva boca cuando sale el tema para que no me internen en el frenopático. Pero me costó mucho proseguir con su lectura, me fatigó ese realismo mágico del que se enamoró hasta el Espíritu Santo, a ratos me resultó muy dura. Sin embargo, me ha acompañado íntimamente durante toda la vida la sombría frase final: “Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Y, como no, adoro otras novelas y relatos de ese prosista excepcional llamado García Márquez , como Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba o la denostada y escasamente vendida Memoria de mis putas tristes. Cosas menores, aseguran los sabios.

Sospecho que Netflix, esa plataforma que lo compra todo, se mete en un follón importante al pretender hacer una serie con Cien años de soledad. Será mirada con lupa por millones de adictos, dudosos de que su intocable Biblia pueda ser profanada por algo tan vulgar como la televisión, los hijos de García Márquez, que serán los productores ejecutivos.

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