Crítica | Bel canto. La última función
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Academia de secuestros

Es un despropósito de principio a fin, comandado por el (irregular) todoterreno que pretende ser el director Paul Weitz

Ken Watanabe y Julianne Moore, en 'Bel canto. La última función'.
Ken Watanabe y Julianne Moore, en 'Bel canto. La última función'.

La película se inspira en un hecho real, pero ni a Paul Weitz, director de Bel canto. La última función, ni a Ann Patchett, autora de la novela en la que se basa, les interesa una sola migaja de la trascendencia política internacional del secuestro de 72 personas durante 126 días en la residencia del embajador japonés en Lima, entre el 17 de diciembre de 1996 y el 22 de abril de 1997, entre ellas numerosos diplomáticos, militares de alto rango e importantes empresarios. Ambos anteponen la sentimentalidad, la (supuesta) carga emocional, el boato de la afectación interna y externa, y una lírica operística tan simulada como ridícula, gracias al invento de una cantante de ópera estadounidense incluida entre el grupo de reclusos.

BEL CANTO. LA ÚLTIMA FUNCIÓN

Dirección: Paul Weitz.

Intérpretes: Julianne Moore, Ken Watanabe, Sebastian Koch, Ryo Kase.

Género: melodrama. EE UU, 2018.

Duración: 100 minutos.

No se dice en momento alguno que estamos en Perú, aunque salga la bandera. Tampoco se cita al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, reducido a un puñado de hombres y mujeres descritos con una linealidad que sonroja. Y el más alto mandatario del país, al que llega a verse en algunas secuencias, es rebautizado como “presidente Masuda”. Las motivaciones que han llevado a esa nebulosa de “en algún lugar de Sudamérica” y a proteger el nombre del expresidente Alberto Fujimori, actualmente en la cárcel, condenado a 32 años, tras perpetuarse en el cargo ilegalmente y ser declarado culpable intelectual por variadas matanzas y, entre otras penas, por secuestro y apropiación de fondos públicos, aunque aún con gran influencia política en el país andino, casi serían lo de menos si la película fuese buena. Pero es un despropósito de principio a fin, comandado por el (irregular) todoterreno que pretende ser Weitz tras el golpe de efervescencia de American pie, tan capaz de una buena adaptación de Un niño grande como de algo como esto.

Bel canto es el síndrome de Estocolmo elevado a su máxima expresión, expuesto como una fábula melodramática infantil de buenos y malos, donde la conciencia de clase se contagia por ciencia infusa y donde el amor y la amistad reinan por doquier mientras se va formando una especie de academia cultural con tantas disciplinas que hubiera impactado incluso a Platón. Así, durante el transcurso de los días, que no son tantos como en el secuestro real, dos personajes aprenden español; otro más, inglés; un cuarto, uno de los guerrilleros, canto operístico, con clases impartidas por la reputada soprano estadounidense, después de haberse subido aquel a un árbol tras el ridículo de una mala nota en su primera aproximación a la lírica durante el secuestro; un quinto, ajedrez; y un último rol, también de los secuestradores, jardinería. Además, cuatro personajes se enamoran para siempre, entre ellos una guerrillera, y todos juntos juegan un partido de fútbol.

Julianne Moore se debe estar preguntando aún qué pinta en una película semejante, y quizá también por qué no practicó mejor los playbacks de sus arias.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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