Crítica | Las buenas intenciones
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La exageración solidaria

Se acumulan instantes de tosca comedia física y dialogada, y los apuntes de interés quedan devaluados por la trama elegida apara ahondar en su tema principal

Imagen de 'Las buenas intenciones'. En vídeo, un avance de la película.

Una de las claves de la comedia está en los excesos. De cualquier tipo: el físico, lo que lleva al slapstick; el de la conducta o del propio arte, lo que lleva a la burla, a la caricatura y a la parodia; el del ditirambo, lo que da lugar a la sátira. Las buenas intenciones, película francesa dirigida por Gilles Legrand, se adentra en uno de estos excesos, el de la exageración vital hasta rozar el ridículo, y lo hace con un tema muy atrevido: la solidaridad.

¿Se puede ser excesivamente solidario? Es posible que no en el fondo pero quizá sí en las formas, en el método. Y ahí entra Legrand con una comedia interesante en su punto de partida, que, sin embargo, se queda en terreno de nadie. Le falta crueldad, por un extremo, como para llegar a convertirse en una comedia negra. Y carece también de brillo y profundidad, al menos para que los complejísimos temas abordados, la inmigración, la integración, la fraternidad, no se queden en la superficie. Todo ello, en cuanto a la calidad intrínsecamente artística. En lo relativo a la comercialidad, más de lo mismo, pues tiene hechuras formales, fotográficas y de puesta en escena de cine social de autor, pero ciertos contenidos de cine popular vulgar y corriente. Y eso puede que no guste demasiado ni a los unos ni a los otros.

Hasta ahora prototipo de realizador francés academicista, de producción de época de cierto empaque pero sin demasiado fuste narrativo ni dramático, en películas como Malabar princess (2004) y L’odeur de la mandarine (2015), Legrand adopta esta vez perfil de autor con una imagen de tonos ocres y crudos, lejos de esa horrenda claridad televisiva de demasiadas comedias populares francesas. Sin embargo, en su guion también se acumulan instantes de tosca comedia física y dialogada, y los apuntes de interés, tanto en su protagonista como en el retrato del grupo de inmigrantes (magrebíes, orientales, de la Europa del Este, los Balcanes y Oriente Medio), quedan devaluados por la trama elegida para su integración social y las secuencias que se derivan de ella: un examen para el carnet de conducir que solo da pie a situaciones bochornosas.

De modo que únicamente se eleva, y a cuentagotas, con el reconocible dibujo de la activista a machamartillo que interpreta sin la gracia ni el carisma de antaño Agnès Jaoui. Esos momentos de sátira social donde sus buenas intenciones se tornan ridículas a fuerza de exceso y exageración. Cuando sus loables propósitos resultan risibles a causa de sus insólitos métodos. Cuando, más que altruismo, lo que se está desvelando es una peligrosa adicción.

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